Piercings

Hacerse un piercing no deja de ser un 'procedimiento quirúrgico'. Imagen: Thinkstock.

“La Generalitat hará un nuevo decreto
(el anterior fue elaborado y publicado en el año 2001)
sobre tatuajes y piercings e incluirá la necesidad del
consentimiento informado del usuario”
(La Vanguardia , 1 Febrero,2006)

El cuerpo humano se ha convertido en el mundo occidental en el omnipresente icono cultural. Como objeto semiótico, cargado de signos propios, el cuerpo posee además en su superficie un amplio espacio disponible para el lenguaje visual (el cuerpo como lienzo y el cuerpo como escultura animada) y desde allí puede emitir muy variados mensajes, con los que intenta reafirmarse ante sí mismo y, simultáneamente, marcar la distinción personal y sociocultural con “los otros”.

En el contexto cultural de la modificación del cuerpo, una técnica muy peculiar se ha extendido rápidamente en la sociedad occidental durante las dos últimas décadas, junto con el tatuaje, hasta convertirse en un fenómeno social y cultural que ha adquirido una relevancia preocupante que incita a la reflexión: es la voluntaria perforación del cuerpo (“body piercing”) seguida de la inmediata inserción en el trayecto labrado con una aguja, de una pieza habitualmente de metal, diseñada con pretensiones artísticas, de modo que (sea anilla colgante o barra más menos larga con extremo abotonado) sirva, entre otras cosas, como decoración corporal, tanto en la mujer como en el hombre. Como quiera que las perforaciones corporales asociadas a una muy variada ornamentación (conocida como joyería del “body piercing”) tienen una muy larga historia en las culturas primitivas, el resurgimiento de estas voluntarias modificaciones corporales a finales del siglo XX ha sido interpretado como un regreso al primitivismo tribal, como un “primitivismo moderno” y a sus practicantes, en su mayoría miembros en un principio de culturas marginales, se les ha calificado de “modernos primitivos”, según la expresión acuñada por un tal Fakir Musafat.

La perforación del cuerpo, un procedimiento que a pesar de su aparente trivialidad no deja de ser quirúrgico y cruento, realizado sobre partes blandas o cartilaginosas de la superficie corporal (orejas, nariz, tabique nasal, cejas, mejillas, labios, lengua, pezones, ombligo, clítoris, labios mayores y menores, pene y escroto), se practica fuera de la profesión quirúrgica, en unas denominadas “clínicas” para el “body piercing”. Conviene subrayar que estos procedimientos “quirúrgicos” marginales no están exentos de complicaciones, variables según la localización anatómica del “piercing”: unas inmediatas, como la hemorragia (de modo especial en el “piercing” de la lengua) y otras más tardías como la infección crónica de la herida (una variedad preocupante es la infección, causada por la Pseudomona aeruginosa, del cartílago de la oreja con la consiguiente deformación), el fracaso o significativo retraso de la cicatrización, la intolerancia al material implantado en el trayecto labrado e, incluso, la transmisión de una enfermedad vírica.

La Asociación Médica Británica ya había propiciado, a finales del año 1999, en la páginas de su revista (el British Medical Journal) un debate sobre estas complicaciones, abierto precisamente con una revisión del “body piercing” encargada a Henry Ferguson, editor de la revista Body Art, y él mismo objeto de estas “perforaciones decoradas”.

Las motivaciones por las que un individuo decide someter su cuerpo a la colocación de un “piercing” son diversas y, en último término, estas “perforaciones decoradas” pretenden funcionar como un sistema de signos que encierran variados mensajes:

a) Como una experiencia personal que afirma su propia individualidad y que pretende ser, al mismo tiempo, declaración formal de oposición al sistema establecido, emitida contra la sociedad en la que vive y de la que, al menos ornamentalmente, intenta separarse de forma llamativa con un gesto transgresor que sugiere, subliminalmente, la impresión emocional de la autoagresión dolorosa. De todos modos, la reconocida capacidad fagocitaria de la sociedad de consumo frente a los “cuerpos extraños” se hace evidente en la oculta y tácita complicidad entre la creciente industria y mercado del “body piercing” (producción de una extensa gama de modelos de joyería para el “piercing”, de revistas y de “clínicas” especializadas) y los detractores de la sociedad.

b) Como un medio para conseguir, e incluso compartir, según su localización anatómica, una estimulación o gratificación sexual, o bien lanzar un mensaje erótico al otro componente (potencial o estable) de la pareja.

c) Como un “rito de iniciación” exigido en determinados grupos marginales de organización tribal o sectaria, mediante el cual el que lo acepta trata de reconstruir su difuminada personalidad.

d) Como un método para conseguir ritualmente cierto tipo de placer a través del dolor aceptado.

e) Como un modo de decorar el cuerpo iniciando o siguiendo tendencias avanzadas de la moda, en las que se procura incorporar lo “exótico”. La capacidad del sistema de la moda y de su mercado para asimilar la transgresión, suavizando la pretendida agresividad del mensaje original, se pone de manifiesto hoy en el momento en el que modelos de alta costura desfilan por las pasarelas con el mensaje, convenientemente sofisticado, de un delicado “piercing” en sus ombligos.

Los grupos subculturales que buscan la transgresión como diferencia radical con la sociedad de consumo en la que viven, han de esforzarse continuamente por compensar la lenta pero imparable manipulación de sus mensajes llevada a cabo por el sistema de la moda (su conversión en mercancías), mediante la acentuación progresiva de la radicalidad de la transgresión propuesta y su carácter subversivo. [Pera, C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Editorial Triacastela, 2006).