Dolor de espalda

El dolor no depende sólo de la cuantía de la lesión de los tejidos, sino que es una experiencia personal, influenciada por la atención que le presta el paciente, la ansiedad que le provoca y las experiencias dolorosas previas. Imagen: Thinkstock.

“Si yo puedo representarme el dolor que siento,
si el otro puede hacerlo, o si decimos que
podemos hacerlo, ¿cómo podemos verificar
si hemos representado correctamente ese dolor
y con qué grado de incertidumbre?”
W.Wittgenstein, Fiches, Gallimard, París, 1970.

En la relación que se establece entre el paciente y su médico, la narración del dolor es, en muchas ocasiones, el motivo fundamental de su solicitud de ayuda. Por esta razón, tanto la descripción del dolor por parte del paciente, como la interpretación de dicho relato que corresponde al médico, ocupan una posición clave en todo proceso diagnóstico y terapéutico. Todo esto determina que en el diálogo inicial entre el paciente y su médico, así como en posteriores encuentros, los relatos que se entrecruzan entre ambos giren, en numerosas entrevistas clínicas, alrededor de un determinado dolor, el cual es sometido a una indagación clínica que permita conseguir su descripción, primero, y su interpretación, después, con la mayor precisión posible.

El problema surge por el hecho de que a pesar de ser el dolor un fenómeno subjetivo, un área de la experiencia personal casi inaccesible al lenguaje, la única forma de llevar a buen término esta indagación ha de basarse en la expresión verbal, y en parte gestual, que de su experiencia dolorosa hace el paciente. Ambos, paciente y médico, se enfrentan a grandes dificultades cuando tratan de encontrar las palabras apropiadas para describirlo el primero (el paciente) y para interpretarlo, el segundo (el médico).

Una definición del dolor ampliamente aceptada (la recomendada por la International Association for the Study of Pain) hace patente su complejidad, al describirlo como una sensación nada placentera y una experiencia emocional que se asocia normalmente con lesión de los tejidos, o bien se describe como si existiera esa lesión”.

Esta definición viene a decir que el dolor no depende simplemente de la cuantía de la lesión de los tejidos, entendida ésta como el estímulo nociceptivo, y de su captación por un receptor dentro de un proceso denominado nocicepción, sino que es una experiencia personal, influenciada por la atención que le presta el paciente, la ansiedad que le provoca, la sugestión, las experiencias dolorosas previas y otras variables psicológicas del que lo sufre, como puede ser el significado de la situación que ha dado lugar al dolor.

El dolor, por lo tanto, es una experiencia subjetiva, un “asunto privado”, que iniciada (aunque no siempre) en una nocicepción (percepción del dolor fisiológico ante una agresión de los tejidos más o menos evidente), puede llegar hasta el sufrimiento.

Quien está sufriendo esta experiencia, o la ha sufrido, sólo puede comunicarla a través de su descripción mediante el lenguaje, a veces ilustrada, de modo complementario aunque insuficiente, con acciones no-verbales (muecas, quejidos, gritos, cojera al caminar, etc.) que se incluyen dentro de las denominadas conductas del dolor; estas conductas han de entenderse como señales de alarma, más o menos llamativas, de su sufrimiento.

Cuando el dolor es asumido como una consecuencia del carácter deteriorable, vulnerable y caducable del cuerpo en el que se encarna cada historia personal, puede afirmar la coherencia y la identidad de ese cuerpo aunque sea a golpes de sufrimiento. Por el contrario, el agonizante dolor de la tortura inflingida desde fuera del espacio corporal destruye la palabra y la identidad del torturado y lo convierte en el humillado y destrozado escenario sobre el que se representa una inhumana ficción de poder.