Genes violencia

Cada año, según la OMS, mueren más de un millón y medio de personas a manos de la violencia humana. Imagen: Thinkstock.

No olvidemos que las palabras acríticas
y meméticas con las que se componen
los discursos dogmáticos son capaces
de transformar a potenciales agresores,
y desde el resentimiento colectivo,
en vociferantes instrumentos
de la violencia más aterradora
“.
C.Pera

La Organización Mundial de la Salud ha definido la violencia (del latín, violentia, de vis, fuerza) como “el uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause, o tenga muchas probabilidades de causar, lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones”. Cada año, según la OMS, mueren más de un millón y medio de personas a manos de la violencia humana; pero no hay que olvidar que por cada persona que muere a causa de la violencia son muchas más las que resultan heridas y con secuelas físicas y psíquicas.

En el mismo instante en el que se produce un encuentro violento entre dos personas, ambos cuerpos asumen sus roles en una dramática representación personal: el cuerpo agresor, del que ha partido la violenta energía cinética, y el cuerpo agredido, transformado inmediatamente en una víctima, en cuya geografía corporal se reparten las lesiones traumáticas (contusiones y/o heridas) producidas por la agresión. (C.Pera, Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela, 2006.)

Aunque las causas sociales, económicas y políticas de la violencia humana han sido bien analizadas, no obstante, el desarrollo y la implementación de medidas preventivas eficaces para controlarla están lejos de conseguir sus objetivos, en un mundo en el que la globalidad de la violencia es hoy una de sus mayores preocupaciones.

Variados son los escenarios en los que se representa la violencia del cuerpo humano sobre los otros cuerpos: hay violencia que se oculta en espacios cerrados en lo que el prepotente “cuerpo/agresor” atemoriza y mantiene en silencio al “cuerpo/víctima”, como la violencia doméstica, la violencia carcelaria y la violencia de la tortura. Un forma específica de la violencia, como penetración forzada en el espacio corporal de otro, y con la misma raíz etimológica, es la violación. Hay violencia, que es espectáculo para los otros cuerpos, en la violencia urbana, en la violencia de las escuelas, en la violencia de los estadios y (como masiva concentración, en el espacio y en el tiempo, de artefactos agresivos) en la violencia del terrorismo y la violencia de la guerra.

Hay violencia interpersonal (que con frecuencia tiene sus raíces en los celos, la frustración, el sadismo o el resentimiento) y hay violencia utilitaria en el robo con asalto o asesinato: la primera es una violencia reactiva, como consecuencia de una extrema impulsividad en el agresor, y la segunda es una violencia predatoria, en la que el cuerpo agredido es una pieza cinegética, cuyo ataque planifica como predador, y no el fruto de un impulso agresivo, instantáneo e incontrolado.

El interés por profundizar en los fundamentos neurobiológicos de la violencia humana, que expliquen las diferencias individuales en cuanto la predisposición a la impulsividad y a la conducta violenta reactiva, ha aumentado en las últimas décadas. Aunque parece improbable que determinados genes codifiquen de manera directa y determinista conductas violentas reactivas, sí es probable que algunas variantes genéticas predispongan a la violencia reactiva, siempre que asienten en individuos que convivan en un ambiente psicosocial y económico degradante.

En un estudio realizado por investigadores del Instituto Nacional de Salud Mental de los EEUU, se ha demostrado que en individuos “normales” desde el punto de vista psicológico, que son portadores de la variante MAOA-L del gen MAOA (que normalmente expresa la enzima monoamino oxidasa, conocida con las siglas MAO, cuya función es la regulación, a nivel cerebral, de los niveles del neurotransmisor serotonina) la expresión de la MAO es escasa, lo que trae como consecuencia que se mantengan en las sinapsis interneuronales niveles elevados de serotonina, asociados éstos con una tendencia a la impulsividad.

En las imágenes de la actividad cerebral obtenidas mediante resonancia nuclear magnética funcional (RNMf) se pudo observar en los portadores de la variante genética MAOA-L que (comparados con los portadores de la variante MAOA-H que, por el contrario, expresa cantidades elevadas de MAO) cuando eran expuestos a expresiones faciales poco gratas o amenazantes, se detectaba una hiperactividad de la amígdala cerebral y, lo que es muy significativo, una disminución de la actividad de las estructuras cerebrales que controlan la excesiva actividad de la amígdala, como son la corteza prefrontal ventro-medial y la corteza orbito-frontal. (Comportamiento violento o compasivo).

Es llamativo, además, que la presencia en un individuo de la variante MAOA-L del gen MAOA condicione, durante el desarrollo cerebral, una reducción del volumen (y como consecuencia de la función) del sistema cerebral (corteza prefrontal ventro-medial y corteza orvito-medial) que regula la actividad de la amígdala, núcleo cerebral relacionado con las reacciones impulsivas.

Ser portador de la variante genética MAOA-L no convierte per se al individuo en violento, aunque sí podría contribuir a elevar el riesgo de una conducta caracterizada por la violencia reactiva, si esta variante se combina con otros factores genéticos, psicosociales y educacionales, que suponen también un riesgo elevado para propiciar la violencia reactiva/impulsiva.

Cuando, por desgracia, se reúnen las condiciones ambientales y psicosociales apropiadas (entre las que cabe incluir el maltrato continuado desde la infancia), la presencia de un factor genético (como la variante MAOA-L del gen MAOA) puede crear la conjunción biopsicosocial propicia para que estalle en un individuo la violencia reactiva.