Mirada médica y tecnología

El desarrollo de las tecnologías diagnósticas que permiten obtener imágenes de la interioridad del cuerpo bajo la piel, sin abrirlo, ha convertido al cuerpo vivo en un espacio físico casi transparente para la mirada médica. Imagen: Thinkstock.

He aquí los titulares (el primero con una carga excesiva de sensacionalismo) de dos noticias aparecidas en las últimas semanas en el diario El País: “Tenía un tumor pero en el hospital creyeron que estaba loco y murió” y “Una mujer, indemnizada por ser tratada por depresión cuando tenía un tumor“.

En ambos relatos la trama había sido similar: en el interior del espacio corporal de cada uno de ambos pacientes (un hombre mayor y una mujer joven) había crecido silenciosamente una masa extraña, un ” tumor benigno (como pudo comprobarse al final de las dos historias) que provocaba, al condicionar un “conflicto de espacio” en la repleta área anatómica donde se expandía lentamente, unos síntomas para los cuales, quienes se ocuparon de realizar la entrevista y la historia clínica, así como las repetidas exploraciones con finalidad diagnóstica, no consiguieron detectar (con las técnicas diagnósticas complementarias que indicaron y se llevaron a cabo) anormalidades orgánicas que pudieron explicarlos.

Ante la aparente ausencia de hallazgos somáticos que justificaran los síntomas, en las varias instituciones hospitalarias donde fueron asistidos los dos pacientes, se optó por desechar el diagnóstico de causas somáticas y sugerir, en ambos casos, presuntos problemas psíquicos, por lo que fueron remitidos a los servicios correspondientes.

Según ambos relatos periodísticos la revelación de la verdadera causa del grave malestar de los pacientes ocurrió de modo distinto:
En el primer caso, desgraciadamente, tras una azarosa peripecia hospitalaria, el paciente, con una creciente debilidad en sus extremidades inferiores, falleció en el hospital, tras una breve estancia en el servicio de Psiquiatría; la autopsia, solicitada por los familiares, descubrió junto al riñón un voluminoso tumor (800 gramos) que, según la sentencia, “podría haberse detectado mediante la práctica de una ecografía“.
En el segundo caso, la joven paciente, que aquejaba un fuerte dolor lumbar y debilidad en las piernas, también tras una peripecia hospitalaria que duró 1 año, durante el cual fue remitida a un servicio de Psiquiatría donde diagnosticaron depresión, al fin la práctica de una resonancia nuclear magnética detectó la existencia de un tumor en la médula espinal, que finalmente fue operado, aunque sin poder evitar la persistencia de determinadas secuelas, según la sentencia.

En ambos casos, los tribunales correspondientes han condenado a las instituciones sanitarias responsables de cada comunidad a indemnizar a los familiares del paciente fallecido y a la paciente que sobrevivió a su odisea.

Ambos casos plantean el papel de las diversas variantes tecnológicas que permiten el diagnóstico mediante imágenes y, sobre todo de su indicación apropiada y en el momento apropiado, lo que exige una correcta historia clínica del paciente, complementada con la exploración física y otras investigaciones complementarias.

En el siglo XX y, sobre todo, en sus últimas décadas, el extraordinario desarrollo de las tecnologías diagnósticas que permiten obtener imágenes de la interioridad del cuerpo bajo la piel, sin abrirlo, ha convertido al cuerpo vivo en un espacio físico casi transparente para la mirada médica. En estas nuevas circunstancias, para la mirada médica tecnológicamente potenciada, la conversión del síntoma en “signo de” suele ser casi inmediata (por ejemplo, el síntoma dolor en el cuadrante inferior derecho del abdomen como signo de apendicitis aguda, al ser detectada sus imágenes características en una ecografía), sin esperar al hallazgo en la intervención quirúrgica o a la autopsia.

Fue a partir del año 1895, con el descubrimiento por W.K. Roentgen de los rayos que llevan su nombre, cuando el cuerpo vivo del paciente, bajo la piel intacta, comienza a hacerse progresivamente transparente a la mirada médica. En las llamadas tecnologías diagnósticas icónicas se incluyen hoy:
a) técnicas que utilizan rayos X, como las radiografías , simples o con contrastes, y la TAC o tomografía axial computorizada;
b) técnicas ecográficas;
c) resonancia nuclear magnética;
d) PET o tomografía con emisión de positrones;
e) SPECT o tomografía con emisión de fotón único;
f) escintigrafías.

Ahora, en pleno sigo XXI, a pesar de las posibilidades diagnósticas de la moderna tecnología icónica, la mirada médica debe ser, en un principio, un mirar el cuerpo sin prisas, con fijeza: debe ser un esfuerzo de entendimiento crítico de lo que sucede en la geografía de su superficie, en su interioridad anatómica y, desde luego, en su comportamiento como persona. Pero la mirada médica es algo más que un “ver” con detenimiento; porque lo que debe entenderse integradamente como mirada médica posee una estructura plurisensorial: es una “mirada” que “escucha” al paciente, que “toca” su cuerpo y que, además “ve” atentamente, sin prejuicios. Es una mirada que, siempre que es necesario, potencia su “mirar” con las enormes posibilidades de las tecnologías que hacen al cuerpo casi transparente (C.Pera. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela, 2006)

Desde esta perspectiva, la mirada médica se contrapone al simple ver el cuerpo del paciente, a una breve ojeada que busca la confirmación de lo que se dice en los textos. La mirada médica observa al paciente que le pide ayuda (un especimen biológico, sin duda, pero con una historia personal “incorporada”) con una mirada que, siempre que sea posible, debe ser orientada, en su despliegue minucioso por la geografía corporal y por sus profundidades, por los datos revelados en la narración del paciente, en su inicial solicitud de ayuda. La mirada médica, que antes sólo se desplegaba sobre mínimos fragmentos de la superficie del cuerpo, en su mayor parte oculto, es ahora una mirada que, ayudada tecnológicamente, fragmenta al cuerpo, lo desmenuza, lo despieza, lo secciona digitalmente en rodajas, hasta convertirlo en un puzzle corporal.

Tras el primer y fundamental encuentro personal entre el paciente y su médico, que debe tener una estructura narrativa bidireccional e interactiva (constituida, por una parte, por la “narración” que el paciente hace de su padecimiento, y, por otra, por la “historia” que escribe el médico, basada en dicha “narración), la complejidad plurisensorial de la mirada médica debe desplegarse por el cuerpo presuntamente enfermo, por su geografía corporal, para proceder a seleccionar aquellos territorios corporales sobre los que deba concentrarse la sospecha diagnóstica y a los que (mediante la apropiada potenciación tecnológica de la mirada) puede convertir en casi transparentes. En todo caso, para que este encuentro interpersonal en el que radica la esencia del acto médico sea beneficioso para el paciente, y éticamente seguro para ambos, se necesita tiempo, un bien hoy desgraciadamente muy escaso en la relación entre paciente/médico, deficiencia de etiología múltiple que es urgente corregir.