Sexo y género

El género de un cuerpo (su identidad de género) puede definirse como la representación, más o menos convincente, que hace un cuerpo de uno de los dos roles sociales: masculinidad o feminidad. Imagen: Thinkstock.

“El género es un concepto desarrollado
como contestación a la naturalización
de las diferencias sexuales”.
(Donna Haraway, 1992)

El sexo de un cuerpo humano (su identidad sexual) entendido como la diferencia que los otros cuerpos perciben en él desde un punto de vista anatómico y biológico, es un status social basado en la apariencia genital; incluso el sexo del feto se anuncia a los padres mediante el examen de esta apariencia en la imagen ecográfica. Para definir hoy esta identidad sexual son utilizados, según las circunstancias, datos procedentes de otros niveles biológicos: cromosomas, gónadas, genitales internos y externos, secreciones hormonales y mamas. Los cuerpos humanos, según estos datos biológicos y anatómicos, pueden ser varones o hembras y, en raros casos, intersexuales o hermafroditas.

En los cuerpos humanos totalmente desnudos, disciplinadamente colocados, muy juntos, en posición de plegaria mahometana, que muestra la cámara de Spencer Tunick, no es posible observar diferencias significativas en la multitud de las geografías corporales exhibidas: no son cuerpos humanos identificables por su sexo. No obstante, cuando esta masa de cuerpos desnudos es fotografiada de frente, son evidentes las diferencias: los cuerpos femeninos avanzan con su “oleaje de caderas, cabellos y pechos” (José Hierro), y los cuerpos masculinos con el torpe balanceo de su diferencia genital.

En un reciente artículo de la revista The New England Journal of Medicine, Daniel E. Federman, de la Harvard Medical School, en Boston, revisa los fundamentos biológicos de las diferencias sexuales humanas y los ordena en tres apartados:

a) Las diferencias genéticas ligadas a la presencia de los cariotipos, 46 XX en el sexo femenino y 46 XY en el masculino. La diferencia es llamativa entre un cromosoma Y masculino, desparejado, mínimo y evolutivamente decadente, comparado con el cromosoma X: en contraste con los aproximadamente 1090 genes del cromosoma X, el cromosoma Y contiene tan solo unos 80 genes, entre los que se encuentran los determinantes de la diferenciación de las gónadas como testículos.

b) Las diferencias hormonales entre los dos sexos, que determinan los caracteres sexuales secundarios, debidos a las acciones de los andrógenos (con la testosterona como hormona representativa) en el sexo masculino, y los estrógenos (representados por el estradiol) en el sexo femenino, con la llamativa circunstancia de que todos los estrógenos son obligatoriamente sintetizados a partir de los andrógenos, en un reacción de dirección irreversible. El hecho de que ambos sexos puedan fabricar las mismas hormonas significa que las diferencias entre los dos sexos en cuanto a las hormonas sexuales son simplemente cuantitativas, es decir, la cantidad de andrógenos que son sintetizados y la proporción de éstos que son transformados en estrógenos en cada sexo: los testículos producen aproximadamente 7000 microgramos de testosterona al día, de los que convierten en estradiol 1/4 del 1%, mientras que los ovarios producen tan solo 300 microgramos de testosterona al día, de la que casi la mitad es convertida en estradiol. En suma, los hombres producen 20 veces más andrógenos que las mujeres, mientras que el porcentaje de andrógenos que las mujeres convierten en estrógenos es 200 veces superior al que convierten los hombres.

Estas diferencias hormonales se reflejan en el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios: los efectos de la testosterona sobre el fenotipo masculino se manifiestan en la masa muscular, la profundidad de la voz, el crecimiento de la barba y de la próstata, el crecimiento del pene, la espermatogénesis, la tendencia sexual y la función eréctil. Los efectos de los estrógenos en el fenotipo femenino son responsables del brote de crecimiento en la pubertad, del desarrollo de las mamas y la menstruación. Sin embargo, al contrario de los efectos de la testosterona en los hombres, los estrógenos no son responsables de la tendencia, la excitación y la satisfacción sexuales, cuya base hormonal es desconocida en la mujer, aunque pueda ser parcialmente debida a la acción de la testosterona.

c) Las diferencias en cuanto a la fertilidad entre los dos sexos son evidentes, ya que mientras en los hombres se mantiene, por lo general, constante, a lo largo de la vida, en la mujer la fase fértil es una estrecha ventana que se abre cíclicamente unas 12 horas al mes.

El género de un cuerpo (su identidad de género) puede definirse como la representación, más o menos convincente, que hace un cuerpo de uno de los dos roles sociales: masculinidad o feminidad. La representación, masculina o femenina, de un cuerpo ante los otros cuerpos (a veces sin relación con la presunta identidad sexual) le confiere esta nueva identidad de género, no tan sólida como la identidad sexual. Los cuerpos humanos (en opinión de Judith Butler) no tienen género, sino que lo interpretan; el concepto de género se ha convertido en nuestro tiempo en una superestructura ideológica y, además, en una expresión memética de gran impacto mediático.

En plena cultura de la modificación del cuerpo, éste, desde su primaria y biológica identidad sexual, no sólo puede escoger una representación en la sociedad que exprese una identidad de género, distinta a la que le correspondería por su trasfondo biológico, sino que también puede optar por lo transformación de su anatomía, transitando desde la masculinidad a la feminidad o viceversa, mediante supresiones o adiciones quirúrgicas y la “incorporación” de hormonas sexuales en la cuantía suficiente para que hagan surgir “otros” caracteres sexuales secundarios, aunque en el fondo persista, inmodificable, su identidad cromosómica femenina (XX) o masculina (XY).

Y es que el cuerpo humano ha dejado de ser materia inmodificable, desde su originaria identidad sexual, tanto biológica como anatómica, por lo que, en ocasiones, trata de parecerse lo más posible a la imagen del “otro” sexo y del “otro” género, por cuya representación social opta.

En este fragmentado mundo postmoderno, en el que se extienden meméticamente las ambigüedades, al menos cabe apostar porque en los frecuentes tránsitos tecnológicos entre sexos y géneros, se mantenga lo más posible la coherencia ética y estética de cada historia personal, para que la nueva representación escogida, como construcción cultural, con la consiguiente modificación del cuerpo, no se exprese con la semiología ambivalente, excesiva y zafia de lo definitivamente grotesco. (Pera, C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, capítulo “De los sexos y géneros del cuerpo” Ed. Triacastela, 2006)