Atletismo

Los cuerpos exigidos al límite han de correr más rápido (citius), saltar más alto (altius) o desarrollar más fuerza (fortius) para desplazar un objeto o inmovilizar al rival. Imagen: Thinkstock.

“Aquiles ofreció una crátera de plata labrada,
como premio en honor del difunto amigo,
al que fuese más veloz en
correr con los pies ligeros”
(Homero)

El pasado viernes 12 de Mayo, en una reunión atlética celebrada en Doha (Qatar), el norteamericano Justin Gatlin, 24 años, 1,85 metros de altura y 79 kilos, batió el record del mundo en la prueba reina de los 100 metros lisos: el cronómetro marcó 9,76 segundos, una centésima menos que el tiempo de record mundial marcado en el mes de Junio del 2005 por el jamaicano Asafa Powell.

Algunos cuerpos humanos, reconvertidos en artefactos especializados y disciplinados para competir con otros cuerpos, se exhiben periódicamente en rituales lúdicos en los que sus cuerpos son exigidos hasta más allá del límite de sus posibilidades biológicas (especialmente en su rendimiento muscular) con el objetivo de alcanzar la victoria y el premio (en griego áthlon) correspondiente al juego propuesto, con sus específicas reglas. La alternativa es ganar o perder; el puño al aire, contraído con furia, y la mirada desafiante del ganador, frente al cuerpo exhausto y desconsolado del perdedor que esconde la cabeza entre sus manos (C. Pera, Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela. 2006)

Los cuerpos exigidos al límite han de correr más rápido (citius), saltar más alto (altius) o desarrollar más fuerza (fortius) para desplazar un objeto a mayor distancia o inmovilizar al rival. Los cuerpos al límite por antonomasia, aquellos que luchan por el premio en periódicos y espectaculares rituales lúdicos, son los cuerpos olímpicos, a los que Jaeger, en su famosa Paideia, denominó “cuerpos agonales”, cuerpos preparados para la lucha con otros cuerpos.

En los cuerpos preparados para traspasar el límite establecido, los sistemas orgánicos más exigidos son el cardiovascular, el respiratorio y, de modo especial, el sistema muscusculoesquelético, todo ello necesariamente conjugado con la imprescindible fortaleza mental, para alcanzar el objetivo propuesto, con una motivación capaz de superar el dolor y el sufrimiento de la fatiga generada por el extenuante esfuerzo, ya sea el realizado en un espacio muy corto (como el sprint del ciclista o los 100 metros lisos) o en un espacio relativamente largo (los 10.000 metros en pista, el maratón, o una etapa de montaña en el Tour de Francia).

Las fibras musculares (integradas en unidades motoras) son las estructuras biológicas cuyas contracciones resultan claves en las performances de los cuerpos exigidos al límite, en las que se distinguen, de acuerdo con su velocidad de contracción, fibras de contracción lenta (tipo I) y fibras de contracción rápida (tipo II). Tres son los factores que determinan en un cuerpo exigido al límite el consumo máximo de oxígeno del músculo, como un índice de la aptitud física:
a) el volumen de sangre bombeado por el corazón en 1 minuto;
b) la capacidad de la sangre para transportar el oxígeno, dependiente de la hemoglobina disponible en los glóbulos rojos, y
c) la masa muscular esquelética y su capacidad para utilizar el oxígeno suministrado.

En el cuerpo exigido al límite, especializado en correr distancias muy cortas, como el del nuevo plusmarquista mundial de los 100 metros lisos Justin Gatlin, abundan las fibras musculares del tipo II, capaces de almacenar mayor cantidad de glucógeno, y que cuentan con las enzimas necesarias para quemar dicho combustible en ausencia de oxígeno, en un suspiro: se trata, pues, de una perfomance anaerobia.

Cuando la reconversión de un cuerpo humano en un cuerpo exigido al límite pretende ir más allá de los efectos logrados con el entrenamiento sobre los sistemas orgánicos implicados, y se recurre a una asistencia “química” que potencia el rendimiento del cuerpo, manipulado como un “artefacto”, dicha reconversión deja de ser “natural” ya que se opta, sin más, por la artificialidad de los métodos de dopaje; la franja que separa el diseño “natural” de un cuerpo exigido al límite de su diseño “químico” es estrecha y confusa.

Mientras que en los exuberantes y apasionados rituales lúdicos de un mundo globalizado se mantenga esa fortísima presión comercial, política y mediática (ya ha comenzado en estos días a escenificarse el posible enfrentamiento, en la misma pista, del desposeído Powell con el triunfante Gatlin) que obliga a una expansión incesante de las performances de los cuerpos exigidos al límite, se apuesta objetivamente por un progresivo diseño “artificial” y “oculto” de estos cuerpos, aunque pretenda ocultarse con esporádicos y dramáticos gestos institucionales de oprobio y rechazo.