Joven hipotecada

Para los jóvenes la realidad es una mezcla de esperanzas y desventuras. Imagen: Thinkstock.

“Entre la medianoche y la aurora,
cuando el pasado es todo decepción,
el futuro infuturible antes
de que la mañana esté alerta…”
T.S. Eliot

En un artículo publicado el pasado 2 de Junio de 2006 en la página de Opinión del diario El País, Manuel Cruz, catedrático de Filosofía contemporánea de la Universidad de Barcelona, aplica su pensamiento crítico a un lúcido análisis (muy alejado de los habituales e interesados discursos apologéticos) sobre lo que se entiende, en nuestro tiempo, por ser joven y por su abstracción, la juventud.

A partir de una anécdota romana (un colega de 30 años es presentado por el moderador como una joven promesa de la filosofía) llega a la primaria conclusión de que ser joven depende del punto de vista de la sociedad en la que se vive, y de que la juventud, como abstracción, es una construcción cultural.

En las edades de la vida humana (siempre vulnerable, deteriorable y caducable) la juventud aparece como un espacio vital intermedio entre la adolescencia y la madurez, cuya delimitación cronológica no es muy precisa: las Naciones Unidas acotan el espacio de la juventud entre los 15 y los 24 años.

El Oxford Dictionnary describe el hecho de ser joven mediante negaciones y afirmaciones: “no muy avanzado en la vida, en el crecimiento o en el desarrollo, no viejo todavía, aún vigoroso, inmaduro y sin experiencia”. El Diccionario de la Real Academia Española define a la juventud como “la edad que se sitúa entre la infancia y la edad adulta”, eludiendo la adolescencia.

Si contraponemos las cuatro razones que (según Cicerón en su famoso Diálogo sobre la vejez) aducen los que encuentran a la vejez miserable (debilita el cuerpo, lo aparta de los negocios, lo priva de los placeres y lo acerca a la muerte), el cuerpo joven se nos presenta, teóricamente, como lleno de vigor, con capacidad para dedicarse plenamente al negocio y al ocio, abierto a los placeres, y con toda la vida por delante.

El cuerpo joven se ha convertido en nuestro tiempo en el icono cultural por excelencia, omnipresente, predominante e incluso socialmente discriminante, debido a las acuciantes exigencias formales para los cuerpos ya no jóvenes, no siempre razonables ni éticas. La iconicidad del cuerpo joven se ha impuesto mediáticamente como representación de la energía, la osadía, el vigor y la frescura.

Pero la realidad para los jóvenes de nuestro tiempo es desgraciadamente otra, una mezcla agridulce de “esperanzas y desventuras”, obligados a realizarse (según la memética expresión) dentro de un “territorio conceptual”, en gran parte, imaginario y falaz. Para Manuel Cruz, el gran problema estriba en el abismo creado entre el mundo de las experiencias (una vida doblemente “hipotecada” para muchos jóvenes en su difícil búsqueda de un espacio habitable, asociada con una “volatización de su futuro”) y el mundo de las expectativas.

Los jóvenes y su abstracción, la juventud, son objetivo prioritario de las mirada políticas, las que tratan de imponer su hegemonía ideológica, la que los convierten a su conveniencia, en masas dinámicas en las que se potencia la agresividad juvenil, adoctrinadas, fascinadas, encuadradas y disciplinadas para llevar a cabo aquellas acciones paralelas, “políticamente incorrectas”, que no convienen al discurso oficial, y concentradas y agitadas, en su momento, por quienes se consideran depositarios de ideologías transformadoras de la sociedad, o de construcciones culturales e imaginarios colectivos con penetrante capacidad memética (Pera. C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela, 2006.).

La mirada política sobre los jóvenes, que es ahora urgentemente necesaria, en este mundo digital y globalizado, “debe ser capaz de generar nuevos y verosímiles horizontes de expectativas, con la determinación de batallar por un mundo más habitable” (M. Cruz); batalla en la que se ha incluir, prioritariamente, la lucha por la salud entendida como triple bienestar del cuerpo (físico, mental y social) a lo largo de todo su recorrido vital, con especial atención a ese tramo decisivo para el futuro de una persona, como es el de la breve e inquieta juventud. Un tramo vital muy vulnerable a la extrema violencia de nuestro tiempo y al deterioro autoinfligido por estilos de vida nada saludables.