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Los virus tienen la capacidad de 'tejer' y 'destejer' genes. Imagen: Thinkstock.

“Los pasos del errante laberinto.
El infinito lienzo de Penélope.
El tiempo circular de los estoicos.”
(
J.L. Borges, Las causas)

“Los virus de las bacterias podrían ser
la materia oscura del universo biológico”.
(
Graham Hatfull)

Los virus no son únicamente mínimas e imperfectas criaturas (en esencia unas cintas de ADN o de ARN con información genética, encerradas dentro de una cápsula proteica) que sólo pueden replicarse cuando han logrado irrumpir y acomodarse en el interior de un ser vivo (un virus no lo es) al que fuerzan a comportarse como un húesped (sea bacteria, planta o animal), algunos dotados con la suficiente capacidad agresiva para inducir graves enfermedades (gripe, sarampión, viruela, herpes, cáncer del cuello uterino, SIDA, gripe aviaria, etc.).

Los virus, sobre todo los que utilizan selectivamente a las bacterias como huéspedes (bacteriofagos o fagos), estarían constantemente “reinventándose a sí mismos”, mediante un proceso aleatorio, pleno de creatividad ciega, que tiene lugar en el interior de las células “ocupadas”; un proceso en el que se combinan fragmentos de genes (que se “cortan” y se “pegan”), procedentes de los diferentes huéspedes que han sido sucesivamente “ocupados”, un proceso durante el cual se generan nuevos genes, nunca vistos en la biosfera.

Al contrario de las células, los virus de las bacterias son capaces de combinar trozos del ADN en los que las secuencias no sean similares, lo que propicia que puedan lograrse nuevos genes entre los que, entre una mayoría sin utilidad y perecederos, sobreviviría un número significativo que estaría involucrado en la evolución biológica.

Esta capacidad de los virus para tejer y destejer genes, de modo especial de aquellos que se alojan en las bacterias (bacteriofagos o “comedores de bacterias”), es considerada por algunos como la fuerza más creativa dentro de la evolución darwiniana. Esta es la tesis de un artículo publicado el 8 de Junio de 2006 en la revista Nature titulado Los tejedores de genes (“Gene weavers”) firmado por Garry Hamilton, un escritor especializado en temas científicos.

La información manejada por Hamilton proviene, en su mayoría, de un trabajo de muy amplia repercusión publicado en la prestigiosa revista Cell el año 2003 (Cell, 113,171-182, 18 Abril, 2003) firmado, entre otros, por Marisa Pedulla y Graham Hatfull, de la Universidad de Pittsburgh, Pensilvania. Los investigadores de esta universidad pusieron en marcha un “safari” de nuevos bacteriófagos en lugares distantes y dispares del planeta, los cuales fueron hallados (como si de una enumeración borgiana se tratase) en el suelo de una clínica para tuberculosos en la India, en la jaula de un mono en el zoo de Nueva York y bajo un rosal, a unos 50 kilómetros al sur de Pittsburgh. Al secuenciar los genomas de los 40 bacteriofagos obtenidos, hallaron que la mitad de cada genoma contenía genes hasta entonces desconocidos.

Por su inconmensurable número (se ha calculado la cuantía de partículas virales en el planeta Tierra en 1031, una cifra astronómica), por su ubicuidad, porque se presume que queda por descubrir la mayoría, porque se presume que la gran parte de la información genética se encuentra en sus genomas, y por su presumible influencia en la evolución de los organismos superiores (no hay que olvidar que ADN procedente de bacteriofagos se encuentra en el genoma humano), los virus y, de modo especial, los bacteriofagos, serían algo así como la materia negra del universo biológico, de la biosfera.