Baco

Los ritos de iniciación al alcohol y las drogas suelen darse en la adolescencia. Imagen: Thinkstock.

“Mirad la noche del adolescente,
atrás quedaron las solicitudes
del día, su familia de temores…”

Jaime Gil de Biedma,
Ayer, Las afueras, VII,
Mondadori, Poesía, 2001

La adolescencia ha sido definida como “esa época que sigue a la infancia y que se extiende desde los primeros signos de la pubertad hasta que el individuo ha adquirido toda su madurez psicofísica” (Diccionario de Psiquiatría, Masson, 1996). Su etimología nos conduce al verbo latino adolesco, adolescere, con el significado de crecer.

La adolescencia (que se solapa en el tiempo con la madurez sexual -pubertad- aunque son hechos biológicos distintos) es un período de rápido crecimiento, sin límites estrictos en el tiempo, en el que a nivel cerebral tiene lugar un proceso de remodelación. Durante este periodo, en el cerebro de la niñez, muy frondoso en neuronas y en potenciales sinapsis, de modo especial en los lóbulos frontales, y mediante un proceso de poda de lo redundante, quedan establecidos los circuitos cerebrales que deben modular la conducta, al moderar los impulsos excesivos y facilitar la toma de decisiones; todo ello como respuesta a los estímulos externos suscitados por el inicio de una vida independiente.

Mientras que esta remodelación cerebral va aconteciendo, la adolescencia es vivida como tiempo de transición, dominado por la confusión, las emociones intensas, las dudas y los temores, tiempo en el que fluyen continuamente, casi con atropello, las ideas atrevidas, inconformistas y transgresoras; tiempo que tiende más al caos que al inmovilismo, durante el cual el individuo adolescente desarrolla las habilidades más precisas para sobrevivir de manera independiente (largando amarras familiares) en el medio agresivo, competitivo y arriesgado que le ha tocado vivir, hasta “descubrir una manera de vida o de arte, en la cual su alma pueda expresarse a sí misma con ilimitada libertad” (Joyce, James, Retrato del artista adolescente, traducción de Dámaso Alonso, México, Lumen, 1979).

La adolescencia es, además, un tiempo de extraordinaria vulnerabilidad del individuo frente a los memes que pululan en los espacios sociales en los que el adolescente inicia su andadura vital, y en los que trata de encontrar un lugar al sol, memes que dejan fácil huella en su conducta, entre los que se encuentran desgraciadamente los ritos de iniciación al uso y abuso de las drogas y del alcohol, muy frecuentes en nuestro tiempo, escenificados en tumultuosas ceremonias colectivas, remedos freakies de las fiestas báquicas.

En un artículo publicado en la revista Archives of Pediatrics & Adolescent Medicine del mes de Julio de 2006, miembros del Youth Prevention Alcohol Center, de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Boston, Mass. EEUU se propusieron investigar si comenzar a beber a una edad temprana se asocia con el desarrollo de adicción al alcohol a edades más jóvenes y a una dependencia crónica recurrente, una vez controlados otros factores como circunstancias demográficas, tabaco y drogas, conducta infantil antisocial, depresión e historia familiar de alcoholismo.
Los resultados (en una población de 43.093 adultos revisados entre 2001-2002) han sido los siguientes: Con respecto a aquellos que comenzaron a beber alcohol a los 21 años o más tarde, los que se iniciaron en la bebida antes de la edad de 14 años tenían más probabilidad de experimentar una dependencia alcohólica en cualquier momento de su vida o dentro de los 10 años siguientes a su introducción en la bebida. Los que comenzaron a beber antes de los 14 años también experimentaron múltiples episodios recurrentes de dependencia del alcohol.

La conclusión de los autores es que resulta necesario interrogar sistemáticamente a los adolescentes en lo que se refiere al uso del alcohol, aconsejarles sobre sus riesgos e implementar políticas y programas sociales que eviten o retrasen, al menos, el abuso del alcohol.