Líneas de la mano.

La clase social influye también en el envejecimiento del individuo. Imagen: Thinkstock.

“Aunque el desarrollo biológico es
fundamentalmente multiplicativo,
los sistemas biológicos pierden progresivamente
el poder de multiplicarse a sí mismos
al ritmo que fueron formados”
(Peter Medawar)

A la Línea de la Vida, ese pliegue longitudinal en la palma de la mano que para la Quiromancia indica ” la conciencia que el individuo tiene de su aliento vital, y no la duración de su vida” (B. Hutchinson, La Main reflet du destin, Colección Aux Confins de la Science, Payot, Paris, 1971) se contrapone en las últimas décadas (desde el campo de la Ciencia) la longitud de los telómeros cromosómicos, medida en la ancianidad, cuando la acumulación del progresivo deterioro vital, aproxima al individuo a la fecha de su caducidad. Una senescencia entendida como un proceso natural que cierra el proceso del desarrollo del cuerpo humano, y no como un proceso patológico .

Los telómeros (del griego telos, final, y meros, componente, término acuñado por Hermann J. Müller, Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1946) son protecciones de los extremos de los cromosomas, semejantes a los cortos capullones de metal o plástico que protegen los extremos de los cordones de los zapatos para que no se deshilachen, constituidas por unas breves y repetidas secuencias de ADN (TTAGGG). Los telómeros, como “capullones biológicos”, preservan la integridad de los genes más cercanos durante el repetitivo proceso mediante el cual, en cada mitosis celular, se produce la replicación del ADN.

En el momento de nacer, la longitud de los telómeros de los cromosomas de las células somáticas (las que no son células germinales, como el óvulo y el espermatozoide) varía de una persona a otra; pero cada vez que una célula se replica, la célula hija obtiene unos telómeros algo más cortos que los que poseía la célula progenitora.

En los individuos sanos los telómeros no se acortan de manera significativa hasta la ancianidad, gracias a la presencia de una enzima, la telomerasa, que asegura la renovación del protector telómero mediante la síntesis de nuevas secuencias del ADN que lo conforman.

Un fallo precoz en la renovación del telómero es lo que sucede en los individuos que padecen la enfermedad de la piel, hereditaria como autosómica y dominante, conocida como disqueratosis congénita: estos pacientes sufren mutaciones en el gen que codifica el ARN componente de la telomerasa, lo que hace que los telómeros no se regeneren y se acorten, con la consiguiente aceleración del envejecimiento y muerte prematura.

Un grupo de investigadores del estado de Utah, EEUU estudió una población de residentes, con edades comprendidas entre 60 y los 97 años, que habían donado sangre entre los años 1982 y 1986. En esta población se investigó si las diferencias en la longitud de los telómeros de sus células sanguíneas se asociaba o no con diferencias en la supervivencia: En los individuos con telómeros más cortos la tasa de mortalidad casi doblaba a la de los individuos con los telómeros más largos. La pérdida media en supervivencia había sido de 4,8 años para las mujeres y de 4,0 años para los hombres. La conclusión de esta investigación fue que la longitud del telómero era un significativo factor de predicción de la mortalidad para los individuos entre 60 y los 74 años, y tan sólo un moderado factor de predicción de la mortalidad para los individuos que tenían 75 o más años.

El deterioro biológico de los individuos con los telómeros más cortos se hacía patente porque su tasa de mortalidad, a causa de enfermedades infecciosas, era 8 veces más elevada, cuando se comparaba con la tasa de mortalidad de aquellos individuos con los telómeros más largos. En el mismo sentido, en los individuos con los telómeros más cortos la mortalidad por enfermedades cardíacas era 3 veces superior a la de los individuos con los telómeros más largos. Por el contrario, la tasa de mortalidad por accidente vascular cerebral y por cáncer, no fue significativamente más elevada en los individuos con telómeros más cortos.

Los investigadores de Utah concluyen que el acortamiento del telómero puede no afectar directamente a la mortalidad, aunque puede ser la demostración de un proceso de senescencia acelerado que incrementa las tasas de mortalidad debidas a otros mecanismos. Y es que la longitud de los telómeros en los individuos, agrupados por edades, puede ser afectada por muchos factores, en los que se incluyen la actividad reconstructora de la telomerasa, el ritmo de la división celular y la cuantía del estrés oxidativo, circunstancias que, por otra parte, pueden ser determinadas por factores genéticos y ambientales.

Un segundo grupo de investigadores ha estudiado la longitud de los telómeros en las células sanguíneas de una población de 1.552 gemelas caucásicas, que incluía 749 parejas dizigóticas (gemelos no-idénticos, que comparten alrededor de la mitad de sus genes) y 27 monozigóticas (gemelos idénticos, que comparten todos los genes). Una muestra de la sangre extraída a cada gemela permitió extraer el ADN de los leucocitos para medir la longitud de sus telómeros y la correlación de la longitud con la edad biológica.

El objetivo de la investigación era comparar la clase social de las participantes con la longitud media de sus telómeros. El resultado ha sido que en las mujeres con una edad media de 46 años, la diferencia entre la longitud de los telómeros de las mujeres clasificadas como trabajadoras manuales y las no-manuales (la clase social más alta) equivalía a 7 años biológicos a favor de la clase social más alta.

Para confirmar la hipótesis de que esta diferencia entre la longitud de los telómeros no era debida a factores genéticos, los investigadores analizaron 17 parejas de gemelas monozigóticas (idénticas) que habían comenzado su vida dentro de la misma clase socioeconómica, pero que evolucionaron socialmente hacia clases distintas a lo largo de su vida: el resultado fue que los telómeros de las gemelas en la clase social más alta eran significativamente más largos que los telómeros de las gemelas que habían terminado su vida en la clase social más baja, con una diferencia de longitud comparable a 9 años biológicos.

La conclusión de los investigadores británicos y norteamericanos es que la clase socioeconómica no sólo influye en el estado de salud del individuo, sino también en el proceso del envejecimiento.