Portada de "El cuerpo herido".

Portada de 'El cuerpo herido'. Editorial El Acantilado.

“Toma el acero el cirujano herido
Y escudriña con él la enferma parte,
Bajo las manos sangrientas sentimos,
La compasión cortante de su arte”….
(T.S. Eliot,
East Coker IV, Cuatro Cuartetos)

Al Hospital del Mar, con mi agradecimiento
por su eficiencia compasiva.

Como cirujano, había reflexionado y escrito sobre el mito del sabio cirujano Quirón (hijo de Cronos y de la ninfa Filira) el “centauro herido”, para siempre, por una flecha envenenada lanzada por Hércules; el mismo que fuera maestro de Macaon y Podalirio, hijos de Asclepio, que participaron como cirujanos en la guerra de Troya. También se había interesado por la interpretación psicoanalítica del mito, esbozada por Glin Bennett (1987), según la cual la “herida” sufrida por el cirujano sería una asumida experiencia de sufrimiento personal, y una conciencia de vulnerabilidad, que abriría el camino hacia una mayor empatía con su paciente, al saber “ponerse en su lugar”. Sin embargo, nunca había sido “herido para ser curado” (Pera.C. El cuerpo herido. Un diccionario filosófico de la cirugía. Ed. El Acantilado, 2003).

De manera inesperada, una muy profusa hemorragia externa procedente de aquel conocido nudo varicoso se hizo incontrolable para sus empíricas maniobras, otras veces eficaces. El cirujano supo enseguida que había llegado el momento de “ponerse en las manos” de “otro cirujano”, por vez primera y con la máxima urgencia. Tomó la decisión con nocturnidad… y se hizo conducir al servicio de urgencias del alejado hospital, donde ya le esperaba ese cirujano. A partir de ese momento entendió que debía seguir disciplinadamente el circuito que tantas veces había practicado, diseñado, rediseñado, y enseñado como cirujano, por lo que entregó confiadamente su cuerpo sangrante al procedimiento establecido: box del área de urgencias, cuerpo desnudo (Pera., C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela, 2006), uniforme camisa hospitalaria… búsqueda afanosa por una enfermera de una vía de acceso en sus escurridizas venas… extracción de sangre para análisis preoperatorios, medida de su presión arterial, transitoriamente alterada por el estrés, y medicación preanestésica. Ha llegado el momento de que un camillero, tras escueto pero cálido saludo, inicie su rápido recorrido por los pasillos del hospital, un circuito trafagoso, con un “aparcamiento” momentáneo junto a otras camillas, y una rápida estación bajo un tubo de rayos X, camino del área en la que se disponen, en una tensa espera, modulada por los apropiados “fármacos”, los que van a ser operados, un espacio panóptico, a modo de rotonda, para facilitar la labor de “los que vigilan” a los que “han de ser vigilados”. En tanto llega ese momento, comprueban si la actividad eléctrica del corazón del “cirujano” que ha de ser “herido”, es capaz de resistir la “agresión”.

Ha llegado el momento de decidir el método más apropiado para controlar el dolor de la agresión quirúrgica. La doctora encargada de la anestesia (que expresa con su talante competencia y cordialidad) presenta dos opciones: una anestesia limitada a la región corporal en la que asienta el “campo operatorio”, o bien una anestesia general, con el consiguiente “espacio en blanco” de la consciencia. Dado que, tras la intervención quirúrgica, se cuenta, en principio, con que el paciente esté en condiciones de marchar a su casa, superado un breve periodo de control, sin pernoctar en el hospital (cirugía en régimen de “hospital de día”), tras un brevísimo intercambio de impresiones con el paciente, se decide que lo más apropiado es la anestesia general. De nuevo la camilla en movimiento, esta vez directa hacia el cercano quirófano, la sala del espectáculo quirúrgico, en la que la tamizada iluminación se concentra sobre la mesa de operaciones: junto a ella aparca la camilla, y desde ésta el cuerpo del cirujano, protegido con apropiadas coberturas del artificial frío ambiente, es ayudado a izarse hasta la articulada ara sobre la que se consumará el ritual de la sanadora agresión. La anestesia general va a comenzar (le anuncian) y con ella el “espacio en blanco” de su consciencia, su “anonadamiento”. A partir de ese momento, el cirujano/paciente “pierde de vista” a su cirujano/agresor/sanador, por lo que queda a su merced.

Súbitamente, el “cirujano herido” recupera su consciencia al despertar plácidamente sobre una camilla; comprueba que se encuentra situado en otro amplio espacio vigilado, con una leve mascarilla de oxígeno en su rostro, mientras que por las vías de acceso a sus venas gotean parsimoniosamente líquidos contenidos en dos frascos elevados. Algunas voces familiares y amigas se acercan, le animan, y se congratulan.

Aunque tardíamente, es ya un “cirujano herido” y, según el mito, como tal “sanador herido”, capaz de entender con mayor profundidad el significado del ritual de la agresión quirúrgica. Un veterano oficiante de esta específica y sanadora agresión ha sido reconvertido, por manos filiales, en objeto del acto quirúrgico.