“La clôture du lieu sadien a une fonction:
elle fonde une autarcie social”
(Roland Barthes, Sade, Fourier,Loyola,
Editions du Seuil, 1971)

La noticia de la inesperada reaparición, al cabo de 8 años de cautiverio, de la joven austriaca de 18 años Natascha Kampusch, secuestrada en 1998, cuando solo tenía 10 años, se ha convertido en un fenómeno mediático y memético.

Los medios de comunicación impresos y digitales, y las cadenas de televisión, en una precipitada aproximación al trasfondo psicológico del extraño caso, calificaron unas frases benevolentes de Natascha sobre su ya suicidado secuestrador, como claro ejemplo del muy impreciso Síndrome de Estocolmo, mientras algunos comenzaron a hurgar en aquellos aspectos de la forzada convivencia entre ambos (secuestrador y secuestrada) que podrían ser más escabrosos, una convivencia asumida, sin más, como una tópica relación entre amo y esclava.

La enorme perplejidad causada por la extraña convivencia de los dos protagonistas, a lo largo de 8 años, y que ha provocado enfáticos y apresurados diagnósticos, lanzados a vuela pluma, por los “expertos” habituales, convocados con urgencia, ha sido sintetizada, con brevedad, distanciamiento y elegancia, por el psiquiatra Juanjo M. Jambrina en su blog TierraLibertad.Blogspot.com: “No sé. No me atrevo a nada. Todo será más simple de lo que se cuenta. Un tipo aburrido y enormemente patológico. Una cotidianeidad uniforme, monótona. Una convivencia basada en el secuestro y el aislamiento. Una niña que se hace mujer a oscuras. ¿Cómo se come?

En principio, lo que sí podría afirmarse es que no hubo tortura, porque lo propio de la tortura es la destrucción del lenguaje (Elaine Scarry, The Body in Pain, Oxford University Press, New York, Oxford, 1985), y Natascha, en su intervención televisiva, demostró estar en posesión de un discurso bien estructurado, impregnado de racionalidad y emoción, y con precisas referencias a ciertos valores éticos.

Lo que hubo fue el enclaustramiento forzado en un mínimo espacio físico, cerrado a cal y canto y aislado del mundo, del breve espacio corporal de una niña de 10 años, a la que le fue negada bruscamente la presencia de muchos “otros” espacios corporales (en su familia, en la escuela, en la calle) presencias sustituidas por la única presencia del secuestrador, un “cuerpo extraño” para ella, que intentaba convertirla en “cuerpo disciplinado” y disponible. En el mínimo espacio cerrado donde fue recluida Natascha, dos cuerpos representaron, durante ocho años, el juego dialéctico del poder y de la sumisión, es posible que incluso con un cierto grado de alternancia. (Pera, C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Editorial Triacastela, 2006).

La remodelación psicobiológica de una adolescencia femenina y, sobre todo, el proceso de su educación (en un mínimo escenario claustrofóbico, con dos actores que formaban una conflictiva sociedad, aislada del mundo circundante y que pretendía ser autárquica) plantea muchas interesantes preguntas, la mayoría sin respuesta, hasta el momento. Éstas son algunas:
- ¿Cómo se ha podido desarrollar, en tan adversas circunstancias, el proceso de construcción de la identidad personal de Natascha?
- ¿Cuáles han sido las fuentes de información y de qué apoyos críticos dispuso para su elaboración como conocimiento? En este sentido, ¿cuál pudo ser la ayuda prestada por el secuestrador?
- ¿Qué periódicos, revistas y libros pudo leer? ¿Cuáles fueron los temas de conversación con su secuestrador?
- ¿Se sintió indispuesta o enferma alguna vez? ¿Cómo se recuperó? ¿Fue atendida en alguna ocasión por un médico?

En último término, como ha señalado muy acertadamente Mikel Agirregabiria (blog.agirregabiria.net) el problema básico que plantea la reaparición pública de una Natascha tan bien educada, es entender cómo fue posible llevar a buen término una educación tan eficiente en circunstancias tan excepcionales, tan alejadas de los métodos educativos habituales. Al mismo tiempo, el buen resultado de este inusual proceso educativo subraya el extraordinario valor que posee la voluntad personal del que aprende en el proceso del aprendizaje.

Parece ser que la bien educada Natascha Kampusch -como la Natacha de Alejandro Casona (Nuestra Natacha, 1935)-, cuya proyecto vital era dedicarse a la reeducación de los jóvenes a los que la vida había maltratado, quiere también implicarse en proyectos educativos que fomenten los valores de la solidaridad y del altruismo.