Mujer alta

Los comportamientos binarios entre cuerpo masculino/cuerpo femenino han sido construidos social y culturalmente, en gran parte, teniendo en cuenta el dismorfismo de ambos cuerpos. Imagen: Thinkstock.

“He aquí, pues, detalles exactos.
Tiene la Bien Plantada un metro
ochenta y cinco centímetros
de altura.”
(Eugeni D´Ors, La Bien Plantada
Muntaner y Simon, 1941)

Si aplicamos a la que pueda ser conceptualmente la altura normal del cuerpo humano las significaciones que se encuentran en un diccionario de epidemiología, hallamos tres opciones definitorias de dicha normalidad:
1. La altura que se encuentra dentro de los limites usuales de variación en una población dada.
2. La altura que se encuentra dentro de una curva de distribución normal, con su forma determinada por la media y la desviación estándar.
3. Toda altura que se corresponda con un buen estado de salud.
Los cuerpos femeninos llamativamente altos son visualmente aquellos que sobresalen, de manera excesiva, sobre el horizonte en el que se despliega una homogénea mayoría de mujeres, en un contexto social y cultural determinado.

La altura de un cuerpo humano, ligada a la evolución y a su progresivo desarrollo biológico como especie, se ha calificado históricamente (baja, mediana, alta, muy alta) en relación con determinados contextos raciales y socioculturales y, de modo muy especial, según el sexo del cuerpo. En este sentido, la altura del cuerpo femenino, durante siglos, y salvo raras excepciones, ha cumplido, y aún sigue cumpliendo, un papel secundario en comparación con la altura del cuerpo masculino, el habitual poseedor de la altura dominante.

Los comportamientos binarios entre cuerpo masculino/cuerpo femenino han sido construidos social y culturalmente, en gran parte, teniendo en cuenta el dismorfismo de ambos cuerpos y la dominancia de la altura del cuerpo masculino, y de la mirada que soporta, sobre el cuerpo femenino, “como muestra de la existencia de una compleja relación entre lo biológico y lo social” (Pera, C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela, 2006). Por estas razones, cuando el predominio de la altura del cuerpo masculino se enfrenta, circunstancialmente, con el inesperado predominio de la altura del cuerpo femenino, la tradicional performance entre los dos cuerpos (miradas, gestos de aproximación, encuentros y desencuentros entre ambos espacios corporales ) debe reestructurarse, física y psicológicamente, si pretende persistir. El punto de vista masculino pretende acomodar la altura del cuerpo femenino a su conveniencia (su mayor deseo es enfrentarse a la geografía del cuerpo femenino extendido) y ha llegado a comparar despectivamente en la lengua castellana, a la mujer llamativamente alta y delgada a una “espingarda”, porque sobrepasa y no se acomoda su altura.

¿Qué significa en la sociedad actual ser una mujer alta? ¿Cuando una mujer alta es demasiado alta? se preguntan Joyce M. Lee y Joel D. Howell de la Universidad de Michigan, Ann Arbor, en un interesante artículo (Tall Girls. The Social Shaping of a Medical Therapy, Arch. Pediatr. Adolesc Med /vol. 160, Oct 2006) en el que, a propósito de la controvertida utilización de los estrógenos para inhibir el crecimiento corporal , provocando el cierre de las epífisis de aquellas adolescentes en las que la altura que han alcanzado predice una mujer llamativamente alta, reflexionan sobre la influencia que un contexto social particular ejerce sobre la creación y aplicación del conocimiento científico. La respuesta más habitualmente dada a la antedicha pregunta en los Estados Unidos ha sido 173 cm en la mitad de los años 60, 178 al final de esta década y 183 en la década de los 70. Dejando aparte las alturas de cuerpos femeninos dedicados profesionalmente a deportes específicos, en los que esta altura es buscada por ser muy determinante de su eficacia (baloncesto, voleibol) es evidente que son ya numerosas las figuras icónicas en el tenis y en el cine, de mujeres llamativamente altas: María Sharapova (188) y Sigourney Weaver (180), como ejemplos.

Ya en el año 1956, Goldzieher publicó el primer estudio clínico sobre el uso de los estrógenos para el tratamiento en niñas de la altura excesiva calificada como constitucional (no relacionada con enfermedades, como la acromegalia): catorce niñas, entre 9 y 16 años, fueron tratadas con estrógenos por vía oral o inyectable, y los criterios para la indicación de este tratamiento modificador del cuerpo (por motivos estrictamente psicológicos y socioculturales) fueron una altura de 168 cm, con las epífisis aún abiertas, o una altura menor de 168 cm pero con un altura predecible de 10 cm superior a la media.

Aunque el creciente valor social de la altura corporal para las mujeres, así como la preocupación por los efectos adversos de la administración de estrógenos para cortar el crecimiento en las niñas predeciblemente muy altas, ha potenciado el declive, aunque no el abandono total, del acortamiento corporal femenino con estrógenos, el uso de la hormona del crecimiento (GH) en los niños de corta estatura ha sustituido a los estrógenos como un medio para prevenir lo que pudiera ser considerado como más ofensivo: la unión de una mujer llamativamente alta con un hombre bajito. En esencia, concluyen Joyce M. Lee y Joel D. Howell su artículo, el tratamiento de los niños de corta estatura con hormona del crecimiento puede ser considerado, en el siglo XXI, como la contrapartida del tratamiento con estrógenos de las chicas llamativamente altas. Todo sea por la armonía física y psíquica de los cuerpos enamorados: el novio de Teresa, la Bien Plantada, que medía 185 centímetros, era, según aseguraba Eugeni D´Ors, “un joven alto como ella”.