Enfermera y hombre maduro

La dependencia es definida como el "estado permanente de las personas que precisan de la atención de otra u otras personas o ayudas para realizar las actividades básicas de la vida diaria". Imagen: Thinkstock.

Dependencia: Situación de una persona
que no puede valerse por sí misma”
(Diccionario de la Lengua Española)

“J´ai pris a nouveau conscience de
l´irreversible degradation de la vieillesse”
(Simone de Beauvoir)

El recién aprobado Proyecto de Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a Personas en Situación de Dependencia, en un Pleno del Congreso (5 Oct. 06), reconoce el derecho de las personas que no se pueden valer por sí mismas a ser atendidas por el Estado y para ello se regulan una serie de prestaciones configuradas en el Sistema de Autonomía y Atención a la Dependencia (SAAD). En este Proyecto de Ley la dependencia es definida como el “estado permanente de las personas que precisan de la atención de otra u otras personas o ayudas para realizar las actividades básicas de la vida diaria“.

Entre las diversas causas de situaciones de dependencia, las relacionadas con el envejecimiento corporal ocupan lugar predominante por su número (la mayoría de las personas dependientes en España tienen más de 65 años) en una sociedad que se hace vieja progresivamente, debido al alargamiento de la esperanza de vida en los países desarrollados, aunque, en no pocas personas, con unos añadidos años de vida que son “vividos” con una vida de calidad ínfima, que para muchos no vale la pena vivir.

La dependencia de un cuerpo envejecido atañe a todas las actividades cotidianas relacionadas con el básico funcionamiento y mantenimiento de ese cuerpo, ya muy deteriorado por su prolongado uso, el cual, desde su debilidad, intenta esforzadamente recorrer los últimos tramos de su peripecia vital, marcada ineludiblemente por su radical caducidad: levantarse de la cama o de la silla, sostenerse en pie, caminar unos pasos sin tropezar y caer, sentarse, realizar aunque sea cansinamente su higiene corporal y manejar instrumentos de uso cotidiano para su alimentación y su entretenimiento. Una dependencia que suele ser progresiva, desde la moderada y la grave (grados I y II del Proyecto de Ley) hasta la dependencia total (Grado III), mucho más difícil de manejar por quienes le asisten, ya que a la pérdida de la autonomía física se añade la dependencia ligada a la pérdida de la capacidad cognitiva, hasta llegar a la demencia senil, ” cuando la mirada, ausente, ya no reconoce a los suyos” (Bloglandia. Blog de salud, 15 Febrero).

En el cuerpo que se va haciendo viejo, la mayoría de sus estructuras anatómicas pierden tensión interna, se distienden, se convierten en redundantes y se arrugan, mientras que algunas, dada su posición en el espacio corporal, muestran mayor tendencia a caer. Todo lo que en tiempos no muy lejanos se mostraba firme y erecto ahora cuelga fláccido, e incluso la dura fábrica del cuerpo (cuello, espalda) se encorva poco a poco hacia la tierra y casi se derrumba, dolorida. La persona que asienta en un cuerpo viejo, secos los ojos, duros los oídos y arrugada y reseca la piel, se enfrenta a un progresivo acortamiento de la amplitud del horizonte de su mirada, del perímetro de su placer, cada día más ensimismada en su soledad y en su silencio (De la vejez del cuerpo, en Pera, C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela, 2006)

En una vejez compartida, en la que una pareja de cuerpos ancianos procura aunar sus escasas fuerzas para mantenerse ambos en pie y sobrevivir, el drama surge cuando la brusca aparición de una enfermedad grave en uno de los dos, obliga a su hospitalización y condena al otro a la soledad inerme y sin esperanza (Bloglandia, Blog de Salud, 21 Febrero, 2006). Si llegado el caso, la soledad se convierte en definitiva, la trágica dependencia se acentúa aún más si ese cuerpo solitario y gravoso, para él y para los suyos, se comporta como si acogiera un “cerebro seco en una estación seca”; mientras que en otros, si la conciencia de su yo todavía permanece lúcida, la persona encarnada en el cuerpo viejo y dependiente se soporta dolorosamente como si viviera en “una casa echada a perder”. El cuerpo envejecido y dependiente, cuando ha perdido totalmente su autonomía como persona, queda fuera de los circuitos de cualquier actividad corporal y permanece arrinconado en el difuso y oscuro territorio de la pasividad física y mental, confinado en espacios mínimos, perdida la vista de todo posible horizonte. Es un cuerpo sin autonomía, un cuerpo totalmente dependiente, que necesita continua ayuda.

A pesar de todos los pesares, en pleno siglo XXI, es necesario apostar con firmeza por una política que permita a los ancianos que han penetrado en el ámbito de la dependencia, vivir, en su ámbito familiar, una vejez lo más saludable y activa posible, una vejez en la que, con todas sus limitaciones, la ayuda de su familia (complementada con la asistencia que le debe la sociedad) se procure potenciar al máximo e integrar, compasiva y dignamente, los restos de su bienestar físico, mental y social.