Ilustración

La asociación entre niveles hormonales y alejamiento de la juventud, en el camino hacia la vejez, no quiere decir necesariamente relación de causalidad. Imagen: Thinkstock.

“La juventud es la única cosa deseable”

“¡Si cambiáramos; Si fuese yo el que tuviese
que permanecer siempre joven, y si esta
pintura envejeciera…!

(Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray)

La desesperada petición del anciano Fausto (en la versión de Goethe) no ha podido ser cumplida una vez más, según parece, ya en pleno siglo XXI, mediante la administración de suplementos de las hormonas sexuales biológicamente decaídas durante el proceso de envejecimiento, concretamente la dehidroepiandrosterona (DHEA) y la testosterona, cuyas copias sintéticas han sido incluidas en numerosos productos promocionados contra las huellas corporales consiguientes al paso de los años (“anti-aging“), con tentadoras ofertas que han invadido el espacio mediático, tanto el convencional como el digital.

Ante este nuevo fracaso en la búsqueda compulsiva del Santo Grial de una juventud sin límites, de una juventud eterna, mediante el freno del proceso natural del envejecimiento, de ese proceso de progresivo deterioro que conduce al cumplimiento de la ineludible caducidad biológica del ser humano, resuena la auto-recriminación del Doctor Fausto (según la versión de Marlowe) quien, menos exigente en cuanto al tiempo, “ha decidido entregarle el alma (a Mefistófeles) a cambio de una tregua de veinticuatro años en que pueda vivir voluptuosamente” (Christopher Marlowe, La trágica historia de la vida y muerte del doctor Fausto, edición bilingüe de Julián Hernández, Abadá Ediciones, 2006):

Si tú pudieras dar al hombre vida eterna
O hacer de nuevo alzarse al muerto hacia la vida,
Tu profesión entonces sería digna de estima.
Ve con Dios, Medicina…”

Es evidente la asociación entre el envejecimiento y los niveles orgánicos de las hormonas sexuales: la concentración de la dehidroepiandrosterona (DHEA), una hormona esteroide producida en las glándulas suprarrenales, declina a partir de los 30 años y, después de cumplidos los 60 años, sus niveles orgánicos no llegan a la mitad de los que alcanza en plena juventud. Pero la asociación entre niveles hormonales y alejamiento de la juventud, en el camino hacia la vejez, no quiere decir necesariamente relación de causalidad. Lo que los investigadores de la Clínica Mayo analizan son los efectos de la administración de la DHEA, y también de la testosterona, sobre hechos concretos que distinguen el cuerpo joven del cuerpo anciano: capacidad de realizar una serie de actividades físicas (“perfomance”), composición de la masa corporal, fuerza muscular, resistencia ósea y, sobre todo, calidad de vida.

La conclusión es que la administración, a lo largo de un seguimiento de 2 años, de DHEA y de testosterona, a pesar de que consigue elevar sus progresivamente declinantes concentraciones orgánicas, no logra efectos fisiológicos beneficiosos que sean relevantes para que el cuerpo cargado de años se comporte, y se sienta, como un cuerpo joven.

En el espejo en el que nos miramos cada mañana comprobamos la cambiante apariencia de nuestra imagen, de nuestro rostro, de las cicatrices que la vida va dejando como huellas de deterioro biológico y de sufrimiento: es la memoria de la vida vivida. La búsqueda incesante, cada día más compulsiva, de una perfectibilidad memética del cuerpo, convertido en el icono cultural por excelencia de nuestro tiempo –en la que se pretende incluir como sustrato preferencial la juventud, o la apariencia de juventud- ha abierto paso a la irrupción de cuerpos retocados, reformados o restaurados, a veces con patética insistencia y con patéticos resultados, todos ellos inmersos en la presionante cultura de la modificación corporal (Pera, C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela, 2006).

La búsqueda de la eterna juventud continuará sin duda, mucho más allá de la modificación quirúrgica de la apariencia, con la pretensión de frenar el proceso natural de envejecimiento, aunque ahora ya sabemos que la dudosa estrategia de sustituir unas hormonas cuyos niveles han disminuido con la edad, no es la respuesta a ese utópico deseo de la condición humana, por lo que no “su uso no debe ser recomendado”.

Frente a la visión sistemáticamente negativa del envejecimiento del cuerpo, que conduce a la búsqueda compulsiva de una presunta juventud aparencial, cabe apostar por crear las condiciones más propicias para mantener, a pesar de los años acumulados, un suficiente bienestar físico, mental y social, como consecuencia de haber optado, a su tiempo, por el estilo de vida más apropiado para hacer más lento el ineludible deterioro. Para vivir una vejez que, asumiendo la natural decadencia, procure ser vivida sin demasiado ruido y, siempre que sea posible, con curiosidad y dignidad.