“Los cuerpos humanos, además de caducables y
deteriorables, son vulnerables, y por ello sufren
heridas, y se transforman en cuerpos heridos“.
(Cristóbal Pera,
El cuerpo herido. Un diccionario
filosófico de la Cirugía”,
Acantilado, 2003)

“¿Ablación de mama?, pronuncio en voz alta las
palabras, me queman los labios, resplandor y puñal,
¿Tendré que sufrir una mutilación ? ¿No significa
eso la palabra ablación?”
(Margo Glantz, Historia de una mujer que caminó
por la vida con zapatos de diseñador
, Anagrama , 2005)

“Jamás sintió una especial fascinación ante la
posibilidad de invadir materialmente otro cuerpo…
prefirió el saber de los libros al saber de las manos”
(Alberto Barrera, La enfermedad, Anagrama, 2006)

Nora García (o sea Margo Glantz, Premio Nacional de Literatura de México), mientras espera a solas, con ansiedad y preocupación, el resultado de la mamografía que acaban de practicarle, porque “tiene un nódulo en el seno izquierdo”, se interroga en voz alta, durante un largo monólogo: ¿ablación de mama? ¿tendré que sufrir una mutilación?

Ante esas dudas, Nora recurre de inmediato a consultar El cuerpo herido (con la ayuda de Margo Glantz, sin duda). Busca la entrada Ablación y, a renglón seguido, intercala, sin más, en su monólogo la extensa explicación de su autor (o sea, Cristóbal Pera) y que se inicia así: “Por ablación se entiende la extirpación de una parte de la totalidad de espacio corporal. Es un término procedente del latín… que ha estado prácticamente arrrumbado del lenguaje quirúrgico del siglo XX”. Cuando en el diccionario se continúa diciendo “…esta palabra ha sido reintroducida en los últimos años para aplicarla a discretas exéresis de tejidos orgánicos realizadas con procedimientos de cirugía mínimamente invasiva”, Nora se irrita, malentendiendo que el texto se refería a la extirpación de la mama, e interpela al autor del diccionario: “…me indigna, ¿cómo que mínimamente?, ¿le parece una operación menor la mutilación de uno o de los dos senos?”.

El espléndido monólogo interior de Nora García es una lucha por “definir con palabras los sentimientos y los afectos” suscitadas desde que “el otro día mientras me bañaba sentí un bulto en el pecho izquierdo; la doctora me dijo tiene que hacerse cuanto antes el examen (mamográfico) y aquí estoy haciéndolo y contándoselo a ustedes”. Porque, para Nora García, que mientras es explorada se siente “un objeto con pechos”, las palabras quirúrgicas (como mastectomía, amputación, ablación) “chillan”… son estridentes, ásperas…”.

Apura Nora hasta el final el texto de la entrada ablación en el diccionario filosófico de la cirugía (“La palabra ablación es una palabra dura y oportuna en este instante preciso de mi vida y de mi cuerpo”) y lo intercala en su dolorido monólogo: “He aquí una prueba más de cómo las palabras pueden significar también aquello que los que dominan o mandan deciden que signifiquen , según la apodíctica sentencia de Humpty Dumpty, criatura de Lewis Carrol“. “Deduzco entonces (continúa Nora) que en España la palabra ablación no se aplica cuando se procede a amputar los senos… ¿Por qué en México se usa en cambio esta palabra cuando se extirpan las glándulas mamarias? ¿Será porque las palabras chillan como dice el poeta y además son putas?”

Andrés Miranda (o sea Alberto Barrera, Premio Herralde de Novela 2006), médico, también espera unos resultados, los de un estudio radiográfico realizado a su padre, aunque presiente que tiene un cáncer de pulmón. Su problema es que la relación transparente, que siempre ha defendido, entre el médico y su paciente, se quiebra cuando el enfermo es su padre, y se pregunta: “¿vale en realidad la pena que su padre sepa la verdad? ¿Qué ventaja le puede dar ese saber? “Andrés no sabía cómo su padre reaccionaría al enterarse de la verdad; debía hablar con su padre, pero no en ese momento, siempre después”. Al cabo de semanas Andrés “se veía enredado en un circo de infinitas postergaciones”. Hasta que un día, los dos a solas, a la pregunta inquieta de su padre (“¿Todo bien? ¿Qué pasa?”) Andrés le dice de pronto, “Tienes cáncer, papá. En voz baja”.

Pasado el duro trance, Andrés Miranda, en una nostálgica reconstrucción personal de las motivaciones que le llevaron a ser médico, recordó que “apenas comenzó a estudiar medicina entendió que su vocación no era pura”. “Muchos años más tarde, leyendo El cuerpo herido, un imprescindible diccionario escrito por Cristóbal Pera, Andrés encontró por fin las palabras que tanto buscaba en aquellos primeros años de la universidad”: “Según el lenguaje bélico, tan frecuentemente utilizado como metáfora global de la cirugía, la operación quirúrgica cruenta sería un acto de violencia, en el que se hace uso de la fuerza física para penetrar en el espacio anatómico del paciente, someter al “enemigo” (la enfermedad concretada en la lesión), desarmarlo y destruirlo“.

“Esta definición retrataba perfectamente un espíritu, una actitud interior que Andrés no tenía, que nunca tuvo… Su vocación médica parecía estar siempre en otro lado, movida por otros impulsos. Vuelve Andrés a la lectura del diccionario filosófico de la cirugía: La violencia quirúrgica ha generado la imagen del poder del cirujano sobre el paciente y de la entrega de éste en un ritual de sumisión“.

El autor de El cuerpo herido (o sea, el autor de este blog) había escrito al final de la Introducción: “El objetivo de este Diccionario filosófico de la Cirugía es, en suma, que tanto los cirujanos, como los que no lo son, pero que en cualquier momento de su vida pueden ser sometidos a una acción quirúrgica, sean conscientes de lo que se trata“. Esta mi pretensión, como autor, no había sospechado que podrían estar entre sus lectores personajes de ficción. Gracias, pues, sean dadas a Nora García (o sea Margo Glantz) y a Andrés Miranda (o sea Alberto Barrera) por haber confiado no tan sólo en mis reflexiones sobre el cuerpo herido , sino (como escribió Emilio Lledó en su bello prólogo) en “las palabras que lo representan y lo describen”.