Lazo rojo

El lazo rojo, símbolo de la lucha contra el SIDA. Imagen: Thinkstock.

“Desde luego, no es posible pensar
sin metáforas…
Todo pensamiento es interpretación”

(Susan Sontag, 1988)

“La que más me gustaría ver archivada
-y más que nunca desde la aparición del SIDA-
es la metáfora militar”
(Susan Sontag, 1988)

El día 1 de Diciembre de cada año, la OMS promueve la celebración del Día Mundial del SIDA. Las primeras frases del mensaje institucional del Director General en funciones, Dr. Anders Nordoström, son tajantes y preocupantes: “La epidemia del SIDA (Sindrome de la Inmunodeficiencia Adquirida) continúa creciendo. Alrededor de 40 millones de personas (2,6 millones más que en el año 2004), sus familias y sus comunidades, viven con el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH).”

En el año 1987, en la página, casi en blanco, que precede al texto de su libro “El Sida y sus metáforas” (Muchnik editores, 1989) Susan Sontag escribió: “Releyendo hoy “La enfermedad y sus metáforas” (1977) he pensado.”

La enfermedad y sus metáforas(Muchnik editores, 1980), una obra seminal en la lúcida y extensa producción de Susan Sontag, escrita desde el padecimiento personal y la curación de un cáncer de mama, es una sincera y creativa reflexión sobre la enfermedad -”el lado nocturno de la vida”– y sobre los “factores punitivos o sentimentales que se imaginan sobre el estar enfermo“, cuyo objetivo es “demostrar que la enfermedad no es una metáfora, por lo que debe ser encarada por el enfermo de frente, resistiéndose a aceptar el pensamiento metafórico“. Dos son las enfermedades, la tuberculosis y el cáncer, en las que Susan Sontag examina, desde esta perspectiva personal, las metáforas con las que se han intentado interpretarlas, para dejar constancia, al final de su análisis, de su animadversión por las “metáforas militares”.

Este radicalismo pacifista le lleva a eludir la clave de la cuestión: la predominancia del lenguaje bélico en la interpretación, no tan sólo del proceso biológico agresivo/defensivo que ocurre en el espacio corporal -y que conduce a “perder la salud” y “estar enfermo“- sino también de los métodos terapéuticos aplicados sobre el cuerpo enfermo, sobre todo de los procedimientos quirúrgicos (Cristóbal Pera, El cuerpo herido. Un diccionario filosófico de la cirugía. Acantilado, 2003), tiene su fundamento en la vulnerabilidad (palabra bélica que expresa insuficiencia defensiva, local o generalizada) del cuerpo humano a las agresiones de todo tipo y condición.

El mensaje final de Susan Sontag en “La enfermedad y sus metáforas” era muy positivo: “Haz que los médicos te digan la verdad, y consigue un buen tratamiento”.

Releyendo hoy El SIDA y sus metáforas –un texto más bien epigónico del texto fundamental que es “La enfermedad y sus metáforas“- se pone en evidencia la preocupación casi obsesiva de Susan Sontag por el hecho de que “la llegada de esta aterradora nueva enfermedad, al menos en su forma epidémica, haya desencadenado una metaforización a gran escala”. En opinión de Susan Sontag, la génesis de las metáforas que intentan interpretar el SIDA es doble: “por una parte, en tanto que microproceso se le describe, igual que al cáncer, como una invasión; por otra, cuando se evoca su forma de transmisión, de cuerpo a cuerpo, se usa, como en la sífilis, una metáfora más antigua: la polución, a través de fluidos sexuales y sanguíneos de los individuos infectados por el virus.”

Con la salvedad de que en el SIDA la metáfora de la invasión no sólo sirve –como en el cáncer- para interpretar el proceso de ocupación por el virus de “centros sensibles de la defensa”, que ocurre en el interior del espacio corporal, sino la agresión/invasión ejecutada por un virus que “viene de fuera”. Este virus, el VIH –un parásito intracelular obligado- toma por asalto el sistema inmunitario defensivo, transforma a algunas de sus células –los macrófagos- en reservorios de sus replicaciones, mientras que se dirige a los linfocitos T4 como objetivo preferente, a los que elimina de manera sistemática y, rebajando sus recuentos sin cesar, deja inerme al cuerpo invadido frente a la potencial invasión de otros microorganismos (otros virus, bacterias, hongos) que aprovechan la oportunidad que les brinda la extremada indefensión y vulnerabilidad de ese cuerpo para provocar infecciones (oportunistas) y determinados tumores malignos, como el sarcoma de Kaposi.

En el caso del SIDA, siguiendo de nuevo el análisis de Susan Sontag, “la vergüenza va asociada a una imputación de culpa” y, al mismo tiempo, “apadrinado por la enfermedad, el miedo a la sexualidad es el nuevo registro del universo del miedo en que vivimos todos”. A pesar de que ante la epidemia del SIDA “una apocalipsis pueda ser vista como formando parte del horizonte normal de posibilidades… es muy deseable -para Susan Sontag- que el SIDA llegue a parecer una enfermedad ordinaria”.

En el último párrafo del breve texto insiste Susan Sontag en que “el cuerpo no es un campo de batalla” y en que “el efecto de la imagenería militar en la manera de pensar las enfermedades y la salud está lejos de ser inocuo… ya que contribuye activamente a estigmatizar a los enfermos.”

Sin embargo, desde la escritura del texto de Susan Sontag, el SIDA se ha convertido en una epidemia global, en la que el problema fundamental no es el lenguaje bélico utilizado para interpretarla, sino la profunda brecha que divide en dos partes al mundo -el mundo de pobreza extrema y el de la riquez –, la que hace que el resultado de la vulnerabilidad del cuerpo humano causada por el virus HIV tenga efectos muy diferentes.

En el mundo de la riqueza y de la civilización tecnológicamente más avanzada, la puesta en escena de la extraordinaria vulnerabilidad y el progresivo deterioro en individuos concretos como consecuencia de la capacidad agresiva e invasora del virus HIV, en el seno de una confiada sociedad, resulta sorprendente, conmovedora y dramática. La utilización, en este mundo, de la aparición inesperada del efecto dramático del SIDA, como enfermedad, se hace patente en la novela de Michael Cunnigham, ganadora del Premio Pulitzer 1999, Las horas (Munichk Editores, 2003), que recrea la clásica obra de Virginia Woolf Mrs. Dalloway, llevada al cine con el mismo título: Clarissa Vaughan, una de las tres mujeres protagonistas, pregunta a su amigo Richard, el recién premiado poeta neoyorquino que agota sus últimas resistencias frente al virus del SIDA, antes de suicidarse: “¿No tienes células T ? ¿No han podido detectar algunas?”

En el mundo de la pobreza extrema (en el Africa subsahariana, la región más afectada del mundo, se acumulan 2/3 de la población mundial infectada por el virus HIV) el dramatismo provocado por la terrible expansión del SIDA es colectivo, y viene a añadirse a la acumulación de toda clase de infortunios en masas innumerables de seres humanos (niños, mujeres y hombres) condenados al hambre, a todo tipo de enfermedades, y a una corta y miserable vida.