Hombre Vitruvio

El Hombre de Vitruvio, de Leonardo da Vinci. Imagen: Thinkstock.

“Un paciente siempre sospecha
que no le están diciendo la verdad…
que hay algo que le ocultan.
Por eso hurgan tan desesperadamente
en cualquier lugar,
incluso en el lenguaje”
(Barrera, A. La enfermedad, Anagrama, 2006)

El análisis del lenguaje utilizado por el personaje principal, el doctor Andrés Miranda, en el libro de Alberto Barrera La Enfermedad, Premio Herralde de Novela 2006 (Bloglandia, Blog de salud, 4 Diciembre, 2006) para describir al cuerpo enfermo de su padre, Javier Miranda, invadido por un cáncer de pulmón, un cuerpo que, en momentos finales del relato, define como “la biografía del deterioro”, me incita a releer y repensar (debido a coincidencias en el punto de vista) las reflexiones sobre los cuerpos enfermos recogidas en mi libro Pensar desde cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana (Editorial Triacastela, 2006), en el contexto de la narración de Alberto Barrera.

Dos puntos de vista que coinciden en que la mirada que describe al cuerpo es como la mirada de un arquitecto dirigida a una muy compleja estructura biológica con un yo incorporado, analizada ésta como si fuera un cuerpo/edificio humano. Cabe recordar, en este sentido, que las metáforas del cuerpo humano como edificio, y de los edificios como cuerpos, han sido exploradas en el campo de la arquitectura, desde la clásica aportación del arquitecto e ingeniero romano Vitrubio (Ramirez, J.A. Edificios-cuerpo, Siruela, 2003) hasta la brillante visión postmoderna del cuerpo como un espacio arquitectónico, un ámbito en el que tienen lugar métodos de defensa y cruentas tácticas de ataque (J.J. Parra Bañón, Tratados de poliorcética. Editorial El Desembarco, 2003). Desde estas perspectivas, el cuerpo enfermo puede ser evocado como un espacio biológico en posición vertical, un cuerpo-edificio en el que su estructura ha perdido la firmeza necesaria para sostenerse enhiesta, cuando se mueve entre los otros cuerpos, mientras sufre un deterioro progresivo que anuncia el peligroso e inquietante desplome que precede a la ruina final.

Y es que, si al pensar el cuerpo enfermo buscamos su raíz etimológica en lengua castellana, nos encontramos con que el cuerpo enfermo es un cuerpo humano que ha perdido su firmeza (del latín in-firmus), que está débil y que, además, según el discurso médico dominante, padece una enfermedad (del latín in-firmitas) que lo transforma en un objeto/sujeto paciente.

En el cuerpo enfermo, la conciencia del sujeto que en él se asienta le dice que “no se encuentra bien”, que “se siente mal”, por lo que, preocupado por su extraño estado, narra a otros cuerpos su malestar e incluso exhibe ante ellos las huellas del padecimiento que le aleja del perdido y añorado bienestar.

Desde el punto de vista teórico, el cuerpo crónicamente enfermo es un espacio biológico deteriorado, no tan sólo por el uso más o menos prolongado en el tiempo vital, sino por una continua y progresiva agresión al equilibrio orgánico necesario para un vivir con bienestar, ese equilibrio que, en su conciencia, ese cuerpo entiende como su personal estado de “normalidad”: su estado de salud ha dejado de ser “la vida en el silencio de los órganos”. Javier Miranda “se siente habitando una estructura dañada… que vive para si misma, para su propia destrucción.” Además, si el hecho de estar enfermo ocurre en un cuerpo ya deteriorado por la vejez , y cercano a la caducidad biológica, el efecto acumulativo de ambos acelera el derrumbamiento final. José Angel Valente ha utilizado la metáfora del derrumbamiento para evocar la imagen del cuerpo que se hace viejo:

El cuerpo se derrumba
desde encima
de sí
como ciudad roída
corroída
muerta

La debilidad del cuerpo/edificio enfermo puede llegar a afectar a su verticalidad, lo que le obliga a recurrir, más de la cuenta, a la posición horizontal: los cuerpos enfermos, cuando son dominados por la fuerza de la gravedad, tienden a permanecer acostados más tiempo de lo habitual. A partir de ese momento, el cuerpo crónicamente enfermo (cansado, debilitado, dolorido, preocupado, desanimado e, incluso, desesperanzado) se convierte en un objeto para la mirada médica, y también para las miradas, entre curiosas y aprensivas, de otros cuerpos. Javier Miranda (en La enfermedad de Alberto Barrera) se da cuenta, cuando el final se aproxima, de que ya “los doctores y las enfermeras no le hablan a él, conversan con su cuerpo… que apenas puede mantenerse en pie, que muy pronto se derrumbará definitivamente

Todo cuerpo enfermo se convierte en territorio dentro de cuyos límites se desarrolla una nueva experiencia vital: “estar enfermo” de manera crónica es verse obligado al duro aprendizaje de vivir de otra forma. Los cuerpos enfermos se han ido transformando históricamente, en el contexto de cada sociedad, y mediante el abundante uso de metáforas, en construcciones culturales muy diversas, siempre a partir de una definición ideológica de “lo normal” frente a “lo patológico”, desde la cual se despliega y se contrapone la retórica de la salud a la retórica de la enfermedad.

Lejos ya del tiempo de “La montaña mágica” de Thomas Mann, el mundo globalizado se encuentra hoy trágicamente dividido, por una profunda brecha, en el mundo de la riqueza frente al mundo de la pobreza: en el primero conviven, innumerables, los cuerpos enfermos que luchan contra el cáncer con los cuerpos enfermos que hacen frente al SIDA, mientras que en el segundo, en el mundo de la pobreza, la mezcla es caótica, ya que a la rampante e incontrolada epidemia de cuerpos enfermos de SIDA, se añaden los innumerables cuerpos enfermos por infecciones que podrían y deberían haber sido erradicadas, así como las infecciones emergentes, agravadas por el estado de marasmo de una inmensa población sometida al hambre crónica.

A pesar de todo, es necesario imaginar un mundo globalizado y solidario, en el que se apueste realmente por reducir, mediante estilos de vida que prevengan la enfermedad, el número de cuerpos crónicamente enfermos. Un mundo en el que, una vez asentada la enfermedad en el cuerpo, el “estar enfermo” sea asumido personalmente como un reto a la creatividad, para procurarse una vida que aún valga la pena vivir, ya que “estar enfermo permite ver las cosas de otra manera” (Said, E. El humanismo como resistencia, Babelia [El País], 2003, 613). Un mundo en el que domine la compasiva y sincera convivencia entre los presuntos cuerpos sanos y los cuerpos enfermos, porque ha entendido bien que todos los cuerpos humanos somos radicalmente deteriorables, vulnerables y caducables.