Soldadito de plomo

El lenguaje bélico se asocia con frecuencia al cáncer. Imagen: Thinkstock.

“Y además, pobre loco,
¿quién ha establecido
los límites de tu vida?
Te basas en los cuentos
de los médicos…
Ni los hombres ni sus vidas
se miden con la vara”.
(Montaigne, Ensayos completos,
Cátedra, 2003)

A pesar de las resistencias, tanto de Susan Sontag (La enfermedad y sus metáforas, Muchnik editores, 1980) como de Nora García (o sea Margo Glantz, en Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador, Anagrama, 2005), a admitir el uso del lenguaje bélico cuando se habla de un cuerpo humano en el que se ha diagnosticado la existencia de un cáncer, definido como “toda masa anormal de tejido que crece de modo excesivo e incoordinado con el resto del organismo, persistiendo en su crecimiento aún después que cesa de actuar el estímulo inductor” (Willis, 1960) este lenguaje es el que permite la mejor interpretación de los hechos.

Es el lenguaje que permite describir, con la mayor aproximación posible, un proceso que se inicia en un núcleo primario de células que han sido inducidas a transformarse y multiplicarse rápidamente de manera insolidaria con la economía del organismo (metáfora social), células calificadas de malignas (metáfora moral) por su agresividad invasiva (metáfora bélica), sea local o, también, a distancia, y cuya expansión en el espacio corporal acorta significativamente la esperanza de vida y, en consecuencia, la supervivencia del individuo afectado.

La metáfora del tratamiento oncológico como una estrategia bélica, cuyo objetivo es la eliminación/destrucción, de manera implacable y progresiva, de las células neoplásicas invasoras, allí donde se encuentren, con medios quirúrgicos (cirugía oncológica) y no quirúrgicos (quimioterapia, radioterapia, inmunoterapia, etc), conlleva la aceptación de penosos efectos colaterales sobre la población celular normal, y sobre la calidad de vida del individuo, en su conjunto (Cristóbal Pera, “El cuerpo herido. Un diccionario filosófico de la Cirugía”, Acantilado, 2003).

Desde esa perspectiva, un artículo publicado el 14 de Diciembre en el New England Journal of Medicine, en el que se comparan y se analizan los efectos conseguidos en la supervivencia global de pacientes con determinados tipos de cáncer de pulmón, todos ellos en fase avanzada de su extensión por el espacio corporal, o bien recidivantes, con la adición, a la pauta quimioterápica estándar (Paclitaxel + Carboplatino), de un anticuerpo monoclonal, el Bevacizumab, que inhibe el llamado factor del crecimiento del endotelio vascular (VEGF), implicado la formación de nuevos vasos sanguíneos (angiogénesis), ha suscitado la reflexión y la escritura del blog de esta semana.

Porque el caso es que la fría conclusión estadística de este estudio, metodológicamente impecable, causa una cierta perplejidad: la adición del Bevaizumab a la quimioterapia estándar (paclitaxel + carboplatino) en el tratamiento de pacientes seleccionados, con un determinado tipo celular de cáncer de pulmón, incrementa la supervivencia media en 2 meses, cuando se compara con la supervivencia de un grupo tratado tan solo con la pauta quimioterápica estándar; si lo que se valora es la supervivencia del individuo sin que el cáncer progrese, el incremento es también de 2 meses. Ambos mínimos incrementos estadísticos de la supervivencia, han sido logrados a costa de un fuerte incremento de los efectos tóxicos del tratamiento (“efectos colaterales”), y de las muertes provocadas por estos efectos a causa, sobre todo, de hemorragias pulmonares. Lo que se mide en este estudio es la proporción de supervivientes en los grupos tratados con y sin la adición del anticuerpo monoclonal, durante un determinado periodo de tiempo.

Cabe recordar, una vez más, que el cuerpo humano (vulnerable, deteriorable y caducable) mientras espera racionalmente la inevitable muerte, abriga emocionalmente la esperanza de vivir el mayor tiempo posible, y en las condiciones más saludables, es decir, con la mejor calidad de vida, una exigencia de calidad que varía, sin duda, en cada persona. Otra cosa es que esta emocional esperanza de prolongar los años de vida (M. de Montaigne escribía en De cómo filosofar es aprender a morir: “quiero que obremos y prolonguemos las tareas de la vida tanto como sea posible”) se exprese estadísticamente en una medida epidemiológica, la esperanza de vida, una abstracción estadística, una medida hipotética, definida como ” la media del número de años que un individuo (en el momento de nacer y a edad determinada) es de esperar que viva, si se mantienen las tendencias actuales de mortalidad en una población dada” (Last, J.M. A dictionary of Epidemiology, second edition, Oxford University Press, 1988)

Al fin y al cabo, sobrevivir, según el Diccionario de la RAE, es “vivir después de un determinado proceso (ha sobrevivido a un cáncer), o de la muerte de otros” (ha sobrevivido a un accidente de aviación), aunque también es “vivir con escasos medios o en condiciones adversas”. Con la diferencia de que el superviviente de un cáncer diagnosticado precozmente y dado por curado, o de un grave accidente, si no tiene secuelas incapacitantes, puede recuperar una vida de calidad, mientras que los supervivientes de este ensayo clínico tan solo han prolongado estadísticamente su vida 2 meses, en un malvivir (un “vivir en condiciones adversas”), sometidos a los graves riesgos de los efectos tóxicos de la combinación terapéutica en la que se ha incluido el anticuerpo monoclonal.

Aunque, para terminar con el admirable Michel de Montaigne, no hay que olvidar que “la utilidad del vivir no está en la duración sino en su uso: alguno ha vivido largo tiempo y ha vivido poco: aplicaos a ella mientras podáis. De vuestra voluntad depende, y no del número de años, el vivir bastante”.