“En la cirugía en la vejez
la utilidad de una intervención quirúrgica
ha de valorarse teniendo en cuenta
no sólo los años que puedan ser añadidos a su vida,
sino la vida (calidad de vida)
que se consiga añadir a sus años”
(Pera, C. El cuerpo herido,
Un diccionario filosófico de la Cirugía
,
Acantilado, 2003)

El famoso cirujano cardiovascular Michael E. DeBakey sobrevive, con 98 años, a una compleja operación, diseñada por él mismo en los años 50, para tratar el aneurisma disecante de la aorta torácica, y a un largo y azaroso periodo postoperatorio de varios meses. Este es el encabezamiento de una historia, que ha merecido un largo artículo en la primera página del New York Times , en la que el protagonista ha sido el profesor Michael E. DeBakey, uno de los más influyentes y prestigiosos cirujanos cardiovasculares de todos los tiempos, considerado universalmente como un creativo maestro en este campo de la Cirugía.

Ya muy cerca de cumplir el siglo de existencia, y mientras preparaba, a solas en su casa de Houston, una más de sus innumerables conferencias, DeBakey se ve enfrentado a una situación insólita. Un dolor súbito y brutal, insufrible e indecible (ver “ El Lenguaje del dolor ” en Saludlandia.com), localizado en el pecho que se irradió a la espalda y poco después al cuello, cuyas características evolutivas le llevan a pasar del autodiagnóstico inicial decrisis coronaria con infarto de miocardio al diagnóstico de otra gravísima lesión aguda, de cuyo conocimiento anatómico preciso y, sobre todo, de su exitoso y arriesgado y tratamiento quirúrgico fue, en su tiempo, un pionero: un aneurisma disecante de la aorta torácica ascendente.

La peculiaridad de la situación estriba en que el protagonista es, al mismo tiempo, cirujano, no sólo experto sino reconocida autoridad mundial en su campo, y paciente longevo. Los antagonistas en la trama de esta dramática historia son los médicos, cirujanos y anestesiólogos del Hospital Metodista de Houston, y la familia de DeBakey, constituida por su esposa y una hija.

Los escenarios son la casa de la familia DeBakey, en Houston, y el Hospital Metodista.

Los puntos claves de la trama de esta historia son el diagnóstico de un dolor torácico, agonizante por su intensidad, precursor en muchos casos de riesgo vital inmediato, y la discusión de la indicación quiúrgica.

Las discrepancias entre el protagonista (una figura contradictoria de cirujano reverenciado / paciente famoso ) y sus antagonistas , comienzan ya con la confirmación del diagnóstico clínico de aneurisma disecante de la aorta torácica ascendenteDeBakey se resiste a ser trasladado al hospital para ser sometido a exploraciones para confirmar el diagnóstico mediante imágenes, con “la esperanza de que la cosa no parecía tan grave como en un principio había pensado“.

Aunque consciente de que en la lesión que presuntamente padecía la supervivencia es casi nula sin laoperación que él mismo diseñara en los años 50, apostaba, a su muy avanzada edad porque “la naturaleza siguiera su camino“, ya que prefería morir a verse mental y/o físicamente incapacitado. A su debido tiempo, había firmado un documento en el que prohibía ser resucitado en el caso de que sufriera una parada cardíaca .

Confirmado el diagnóstico de aneurisma disecante de la aorta ascendente , tipo II según su clasificación (ver gráfico), y llegado el momento de establecer la indicación terapéutica, la tensión dialéctica entre elprotagonista y sus antagonistas se acentúa, lo que introduce dificultades adicionales en el análisis de la situación. Porque, como hemos escrito en otro lugar, “establecer una indicación quirúrgica debe ser un proceso mediante el cual se trata de llegar a una decisión final ( operar o no operar ) a través de una secuencia lógica, realizada en pasos sucesivos… en la que se desechan o se eligen opciones alternativas hasta llegar a una toma de decisión. En este análisis se introduce el concepto de utilidad, el cual se entiende como el resultado previsible, según la opción terapéutica elegida, así como la valoración que hace el paciente del efecto que este resultado tendría sobre su estado de salud y sobre su calidad de vida.” (Cristóbal Pera. El cuerpo herido. Un diccionario filosófico de la cirugía, Acantilado, 2003)

Durante semanas se impone la resistencia a la intervenciòn quirúrgica del protagonista y, bajo la presión de suautoridad, regresa a casa, en la que el hospital monta un sistema de asistencia casi intensiva, mientras que sucesivas exploraciones realizadas en el hospital demuestran el crecimiento progresivo del aneurisma. Los sucesivos fracasos de los sistemas orgánicos, y sus deplorables condiciones físicas, obligan, finalmente, a su ingreso en el hospital.

Mientras que el paciente/cirujano conserva la consciencia mantiene su resistencia a ser intervenido, pero cuando con el progresivo deterioro dejó de hablar, el cirujano Dr. Noon, su colaborador durante unos 40 años, insistió, con el apoyo de la familia, en que la única opción para salvarle la vida era la operación. No fue ésta la opinión del anestesiólogo del Hospital, temeroso de que el famoso paciente, dado su estado, muriera en el quirófano, sobre la mesa de operaciones, por lo que cuando el Comité de Ética del Hospital Metodista dio el visto bueno a la arriesgada intervención quirúrgica , apoyándose en el papel que la ley del Estado de Texas otorga en estos casos a la familia, hubo que recurrir a la colaboración de un anestesiólogo amigo que trabajaba en otro hospital para la operación realizada felizmente el día 7 de Febrero del 2006; una operación que fue seguida de un curso postoperatorio tormentoso, lleno de complicaciones de todo tipo. Hasta el mes de Junio del 2006 no fue dado de alta.

Al final de esta singular, dramática y muy afortunada historia, el longevo cirujano/paciente (que se había negado, con buenas razones, a ser intervenido a sus 97 años), tras haber alcanzado una completa recuperación mental y una progresiva mejoría de su condición física, se mostraba feliz por haber sido intervenido a pesar de todo, gracias a la aventurada decisión de su familia y de sus amigos cirujanos y médicos, y por “estar de nuevo en condiciones de ocuparse de sus cosas” y no, por cierto, inmerso en “las ruinas de su inteligencia” (Gil de Biedma).