Mujer en soledad

Parece ser que la soledad no solo provoca un impacto emocional sino también un impacto físico. Imagen: Thinkstock.

“Aquel que no puede vivir en sociedad
o no necesita nada
por su propia suficiencia,
no es miembro de la pólis,
sino una bestia o un dios”
(Aristóteles, Política)

“Cómo llenarte soledad
sino contigo misma…”

(Luis Cernuda,
Soliloquio del farero)

La palabra soledad aparece en dos artículos comentados la pasada semana en Saludlandia.com, en uno de modo explícito y como palabra clave (“la soledad dobla el riesgo de Alzheimer”) y en otro (“Suicidio y cáncer”) como componente de una situación vital en la que domina el aislamiento emocional y social que aboca a la búsqueda personal de la propia muerte.

En el primero de los dos artículos la conclusión es que “la soledad no solo provoca un impacto emocional sino también un impacto físico”, es decir, que quedarse solo, sobre todo en los últimos tramos de la vida, conduce a un deterioro delbienestar, no sólo psicológicosocial, sino también físico, lo que supone, en definitiva, un grave y definitivo derrumbe del estado de salud.

Sin embargo, en lengua castellana soledad (del latín solus), como expresión de estar solo, sin compañía, es una bella aunque equívoca palabra de numerosas resonancias poéticas:“soledad sonora” (San Juan de la Cruz), “soledad amena”(Garcilaso), “soledad confusa” (Góngora), “soledades altivas”(Cernuda)… Ésta es la razón por la que el Diccionario de la RAE la define como “carencia voluntariainvoluntaria de compañía”. Porque una persona puede estar sola (ensoledad) si así lo desea, como retiros intermitentes de la convivencia y la conversación con otros, dedicados a la propia reflexión (“Sólo en la soledad nos encontramos”, escribió Miguel de Unamuno), o bien porque la han dejado sola, una situación que está muy cercana del aislamiento no deseado y de sentirse abandonado.

Este equívoco no se produce en la lengua inglesa ya que, para el primer escenario, dispone de una palabra, “solitude”, mientras que para el segundo (la carencia involuntaria de compañía) ofrece la palabra “loneliness”. Porque lo malo no es estar solo, sino que lo dejen a uno solo, sin desearlo.

Los cuerpos humanos, en los que se encarnan las personas, han de convivir con los otros cuerpos en el seno de sociedades, por lo que se les califica como seres sociales. Vivir en sociedad, vivir en la polis, como estructura clásica y paradigmática de organización social, forma parte de la condición humana. En estos contextos del comportamiento humano, la soledad no deseada (“loneliness”) es “la experiencia negativa y subjetiva de una persona que afecta a sus relaciones sociales”. Una profunda experiencia negativa que atañe, en proporción e intensidad variables, a las emociones derivadas de la convivencia, más o menos íntima, con otro u otros cuerpos (soledad emocional) y también a la convivencia social (soledad social), y que hoy sabemos se comporta como indicador del triple bienestar personal y, en definitiva, de la salud. Una soledad no deseada que suele asociarse con estados de ansiedaddepresión e inclusosuicidio.

La desagradable experiencia de la soledad no deseada crece de manera preocupante en nuestro tiempo (un tiempo en la sociedad post-industrial que ha sido calificado como “The Age of Loneliness”) debido a la prolongación de la esperanza de vida, el progresivo envejecimiento de la población, el predominio de las propuestas hedonistas y la crecientefragmentación del modelo familiar. Una soledad no deseada generadora, en al ámbito social, de innumerables “cuerpos extraños”, condenados a luchar continuamente por un espacio, tanto físico como simbólico, y por una mínima visibilidad social (Pera, C. Pensar desde el cuerpo, Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela, 2006)

Diversos son los espacios en los que un cuerpo humano, como único actor, representa el dramático monólogo de unasoledad no deseada:
- En sus espacios íntimos, más o menos carente de los cuidados físicos exigidos por su progresiva dependencia de los demás, y, sobre todo, desprovisto de las emociones derivadas de una íntima convivencia, ya perdida, malviviendo en plena soledad emocional.
- En los espacios públicos, en los que aunque se encuentre entre otros, se siente solo“perdido entre tanta gente”(Jorge Guillén, en Cántico) sin esperanza, aislado e ignorado: es la soledad en compañía, tan presente en algunas obras del pintor noruego Edvard Munch. Esta sensación de soledadse acentúa cuando el ocasional espacio íntimo es un espacio impersonal dentro de un espacio de uso público, como expresó dramáticamente Edward Hopper en su cuadroHabitación de hotel (Museo de la Fundación Colección Thyssen- Bornemisza, Madrid).

Por el contrario, la soledad deseada (la “solitude”) es una experiencia positiva, placentera, silenciosa, en la que la suspensión temporal de la convivencia y de la conversación con los otros, es tiempo ganado para uno mismo, que permite encontrarse a solas con los libros, la música, o la naturaleza. Es la soledad que, cuando es realmente deseada, enriquece los trabajos y los días de la madurez y de la vejez, y de la que Montaigne dejó escrito: “Paréceme que la soledad tiene más base y razón de ser para aquellos que dieron al mundo su edad más activa y floreciente. Ya hemos vivido bastante para los demás, vivamos al menos para nosotros este retazo de vida.”

La soledad deseada es el ámbito de una situación poética (es decir, creativa) que tiene su máxima expresión en quienes la convierten en aspiración predominante, e incluso extremada, y en un programa estricto de vida solitaria, casi enclaustrada, dedicada a la creación filosófica (como en el caso de Soren Kierkegaard, el filósofo del sufrimiento existencial) o de la silenciosa y oculta creación poética de la norteamericana Emily Dickinson:

“Hay una soledad del espacio
una soledad del mar
una soledad de la muerte,
pero éstas sociedad serán comparadas
con ese más profundo sitio
con ese polar aislamiento
un alma que admite a ella misma
delimitada infinidad.”
(Emily Dickinson, Poemas, Traducción de Silvina Ocampo, Prólogo de Jorge-Luis Borges, Tusquets, 1988)

Pero si bien la soledad deseada puede estimular la creatividad, no olvidemos que la soledad no deseada, la que comporta realmente un sentimiento de abandono, es, sin duda, en las apresuradas y egocéntricas sociedades, adictas al estilo de vida occidental, una experiencia negativa casi epidémica por su número, muy destructiva para el bienestar físico, mental y social, es decir para la salud de quien, sobre todo en el último tramo de su vida, la sufre.