Mecedora

La calidad y seguridad de las viviendas debe ser una prioridad de la salud pública. Imagen: Thinkstock.

In memoriam de E. mi anciana vecina:
Cogida a mi mano, se resistía,
llorosa y compungida,
a cambiar su casa
por una residencia.

La casa es nuestro rincón en el mundo
(G. Bachelard,
La poétique de l´espace“,
PUF, 1957)

La casa, (del latín, casa, curiosamente con el significado dechozacabaña) un “edificio para habitar”, un lugar donde se vive y se convive, o sea la vivienda , definida como “espacio cerrado y cubierto, construido para ser habitado por personas” (Diccionario de la RAE), que pretende protegernos de los riesgos del exterior, ejerce, sin duda, de acuerdo con sus condiciones de habitabilidad, efectos positivos ynegativos sobre la salud de los que la habitan, en su triple dimensión, física, mental y social.

Desde la perspectiva de la vertiente física del bienestar, y como uno más de muchos ejemplos posibles, en un trabajo publicado en el British Medical Journal, por investigadores de Nueva Zelanda, se pudo demostrar cómo la mejora en la protección de los riesgos exteriores (derivados de la inclemencia de la intemperie, como el frío y la humedad) de las casas de vieja construcción, mediante la aplicación de técnicas de aislamiento con materiales apropiados, dio como resultado una mejoría significativa del estado de salud de sus habitantes.

Desde la perspectiva del bienestar psicológico e incluso con graves consecuencias sobre el bienestar físico, la casa, como espacio habitado, puede dejar de ser “el no-yo que protege alyo” (Gaston Bachelard) para convertirse en el claustrofóbico escenario donde se dan los mayores riesgos para laconvivencia como sucede en el maltrato.

Que los ciudadanos de un país dispongan de una casa, de unespacio personal para vivir que cumpla las mínimas normas de habitabilidad acorde con la dignidad humana, se ha convertido en una de las prioridades políticas de todo programa de gobierno de una comunidad, con importantes repercusiones en la convivencia ciudadana y, desde luego, en la salud pública. La penuria de las viviendas y las grandes dificultades para acceder a ellas, ha potenciado la aparición de grupos sociales que se sienten marginados, entre los que algunos se instalan en una marginalidad radical, “okupando”, sin más requisitos, casas vacías, más menos abandonadas. Como también debe ser una prioridad de la salud pública la calidad y seguridad de las viviendas, eliminando o corrigiendo las que sean insalubres y/o dañosas para los que las habitan, con grave riesgo de incendios, explosiones, intoxicaciones y traumatismos por caídas en su interior, a los que son muy vulnerables las personas ancianas.

La casa es, o debiera ser, el espacio que alberga la intimidadde la persona o personas que la habitan, y que contiene (en cajones, armarios, cofres y estanterías) los variopintos objetos que son los signos de una historia personal y familiar. En este sentido, como la definiera Gaston Bachelard en su breve y bello libro “La poétique de l´espace”la casa es “nuestro rincón en el mundo”, o sea, nuestro espacio personal.

Cada historia personal, si ha sido afortunada en este aspecto, puede haber recorrido, en su trayectoria vital y espacial, varias casas: casi desaparecida la memoria de la “casa donde se nace”, quedan la casa de la niñez, la casa donde se han vivido las grandes etapas de la vida activa, y, por último, la casa donde se vive o malvive en la vejez. Porque muchas veces, esta casa como espacio personal, se desvanece en la vejez o se convierte en problemática: desde la vida compartida con su pareja, la vida con alguno de los hijos, la vida en soledad no deseada, la vida en soledad deseada y, finalmente, la vida sin “espacio personal”, en una residencia geriátrica.

Es, precisamente, la pérdida de la vieja y última casa, vivida como espacio personal, el espacio del recuerdo que da coherencia a una vida casi cumplida, la dramática situación que más afecta a la salud en la vejez. El anciano que se ve obligado a abandonarla, si mantiene una mínima lucidez mental, suele resistirse, aunque sabe que la suerte está echada, y que el traumático y doloroso desgarro de suespacio personal es ya ineludible.

Por eso, Jaime Gil de Biedma, en su bello poema póstumo “De vita beata“, deseaba para su final:

….en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.
(J. Gil de Biedma, Las personas del verbo, Mondadori, 2001)