Abusos en la infancia

Las consecuencias negativas del abuso sexual son especialmente graves en la adolescencia. Imagen: Thinkstock.

“Toma el lobo la presa,
la fiel cordera grita,
hasta que con su lana
ahoga sus lamentos,
sepultando sus gritos
entre sus dulces labios”.
“¿Matarme?, dice ella,
más esto, ¿no sería sino
contaminar con mi cuerpo mi alma?”

W. Shakespeare, “La violación de Lucrecia”

En un artículo publicado en la revista Archives of Pediatrics and Adolescent Medicine se analizan, en una población de adolescentes urbanos de la ciudad de Nueva York, las relaciones entre la violencia ocurrida en alguna de las citas recientes por motivos amistosos/amorosos, sean heterosexuales o homosexuales (que incluye el abuso físico, emocional y sexual) y, también, entre una historia de abusos sexuales, con los intentos de suicidio en la adolescencia.

La conclusión de los autores es que, en la población de adolescentes estudiada, una reciente cita con el resultado de violencia en las chicas, y una callada historia de agresión sexual en los chicos, se asocian respectivamente, y de forma significativa, con intentos de suicidio.

El “uso” del cuerpo del “otro” como instrumento para el placer sexual, implica la aproximación a ese cuerpo como territorio de pacífica conquista, en el que se pretende recorrer una “geografía del deseo”, al principio mediante la mirada y las manos.

El paso del “uso” al “abuso” implica, por el contrario, sustituir la condescendiente entrega por la agresión y la conquista violenta del “otro” cuerpo, una violencia que se oculta en espacios cerrados en los que el prepotente “cuerpo/agresor” atemoriza y mantiene en silencio el “cuerpo/víctima”, y cuyo ciego objetivo es la violación, penetración forzada en el espacio corporal de otro cuerpo, ambas palabras con la misma raíz etimológica (Pera, C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Editorial Triacastela, 2006).

Las consecuencias negativas del abuso sexual son especialmente graves en los cuerpos adolescentes, cuerpos en crecimiento (del verbo latino “adolesco”, con el significado de crecer), aún no conformados desde el punto de vista biopsicosocial. Desde esta perspectiva integradora, cabe recordar que la fase de engrosamiento de la corteza cerebral que ocurrió en el cerebro de la infancia, durante la cual se crean numerosísimas conexiones entre las neuronas, es completada en la adolescencia por un proceso de adelgazamiento cortical, como consecuencia de una “poda” de las conexiones redundantes, lo que conduce a la maduración cerebral durante la cual se optimizan las complejísimas interrelaciones entre lo emocional y lo racional.

Cuando la agresión del espacio corporal, penetrante o no, permanece oculta para el entorno familiar del adolescente sometido a violencia sexual, sea cual sea su género, y las consecuencias humillantes para su autoestima tienen que ser elaboradas y asumidas en soledad, es frecuente la progresiva conversión de la agredida o el agredido en callada víctima. Esta “victimización” puede elaborar un sentimiento de culpa y un estado de ánimo confuso, ansioso y depresivo, potenciado a veces por el temor a una gestación indeseada o a la contaminación con una enfermedad de transmisión sexual, escenarios propicios a los intentos de autoagresión lenta (alcohol, drogas) o inmediata y terminante (suicidio).

En los Estados Unidos el suicidio es la tercera causa de muerte en la adolescencia, en la mayoría de los casos como consecuencia de una depresión, combinada casi en un 50%, con el consumo de drogas, lo que configura un doloroso camino hacia la autodestrucción, que se acelera cuando el entorno familiar del adolescente es problemático e inestable.

En la mitificada historia de la romana Lucrecia (aunque no una adolescente) dramatizada por W. Shakespeare en un famoso poema (“The rape of Lucrecia”) ocurrida, según parece, durante la breve monarquía que abrió paso a la república de Roma, en la secuencia argumental violación/suicidio, la autodestrucción del “deshonrado cuerpo que le atormenta” con un “piadoso puñal” trata de acabar con su propia deshonra, liberando a su alma de la “asquerosa prisión en que vivía”.

En la sociedad de nuestro tiempo, donde el cuerpo no es menospreciado sino exaltado como icono cultural, la relación entre la violencia de los abusos sexuales en la adolescencia y el suicidio, no ha de pensarse desde el dualismo cartesiano con su menosprecio del cuerpo, “prisión del alma”, sino desde la dignidad de un cuerpo animado que, en plena adolescencia, cuando está en los inicios de una historia personal, ha sido invadido con violencia en su espacio corporal, por lo que se siente sometido, humillado, y sin esperanzas.