Violencia infantil

Según un reciente estudio, el 18,5% de una población de estudiantes de enseñanza secundaria en los Estados Unidos llevaba consigo armas. Imagen: Thinkstock.

“El cuerpo animal
es un sistema
de acciones y reacciones”

(Denis Diderot
Elementos de fisiología)

En dos artículos publicados recientemente en los Archives of Pediatrics & Adolescent Medicine, las palabras claves son violencia y adolescencia, y sus objetivos analizar las posibles relaciones entre los actos violentos sufridos durante la infancia (tales como acoso escolar -bullying-, abuso físico o abuso sexual) y la violencia, como amenaza o como realidad, que irrumpe más tarde durante la adolescencia.

La conclusión del primero de los artículos es que en los niños que hayan sido agresores o víctimas de acoso escolar es mayor el riesgo de desarrollar, al final de su adolescencia, una conducta antisocial, un comportamiento que se asocia, por lo general, con un nivel elevado de síntomas psiquiátricos.

La conclusión del segundo artículo es que en la cuarta parte de las chicas adolescentes que portaban armas (de fuego, blancas o contundentes), el motivo aducido para llevarlas fue haber sufrido abuso sexual en su infancia. En este segundo estudio,

El circulo vicioso de la agresividad humana, en la que las dos palabras claves son acción y reacción –esa pareja verbal tan lúcidamente analizada por Jean Starobinski (“Acción y Reacción. Vida y aventuras de una pareja”, Fondo de Cultura Económica, 2001)- es generada en nuestros días, en parte muy significativa, en la edad infantil y se manifiesta, más tarde, en la adolescencia.

La probable razón de esta secuencia es que el paciente de la violencia infantil (sea abuso físico, psíquico o sexual) queda marcado, desde el punto de vista biopsicobiológico, lo que le lleva a asumir, más tarde, cuando alcanza la adolescencia, el papel de agente agresor, sea real (con objetivos elegidos accidentalmente en la sociedad en la que vive, sobre la que proyecta, con resentimiento, acciones de violencia antisocial) o sólo potencial, al llevar consigo instrumentos prestos para una reacción agresiva, auque su pretensión sea, en principio, defensiva.

Además de una historia de maltrato infantil o de abuso sexual, son numerosos los factores de riesgo para que en la adolescencia se desarrolle una conducta antisocial, violenta e incluso delictiva: el género masculino; el desempleo de los padres y una precaria situación socioeconómica; la vida en un hogar de padres separados; la fácil accesibilidad a armas blancas o de fuego; ser testigos de frecuentes situaciones de violencia entre los padres, en la escuela, en la vecindad o en la comunidad. Sin olvidar la continua representación mediática de la violencia, no sólo en las imágenes sino en las palabras.

Mientras que en la agresividad de los cuerpos animales irracionales, éstos se limitan a cumplir las exigencias de su código biológico y luchan, instintiva y encarnizadamente, por el alimento necesario para sobrevivir, y por la preservación de la especie con una renovada carga genética, los cuerpos humanos, por el contrario, apalean y/o matan a “otros” cuerpos humanos por razones sorprendentemente distintas: por simple desprecio al extraño que penetra en su espacio vital, por entender que han transgredido un código formal estricto, por haber violado la ley o, simplemente, por “pensar” de otra manera (C.Pera. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela, 2006).

Y es que los cuerpos humanos, en los que se encarnan las personas, han de convivir con los “otros” cuerpos humanos en el seno de sociedades, cada día más heterogéneas y conflictivas. Como sujetos de unas complejísimas relaciones sociales, además de cumplir con el código biológico que les permita sobrevivir como personas, han de procurar comportarse de tal modo que su latente violencia animal sea transformada, bajo la presión de los “otros” cuerpos, en un comportamiento en el que predomine una racionalizada apuesta por la convivencia.

Ante la creciente agresividad que, en este mundo globalizado y hendido en dos mitades, invade a las relaciones entre los cuerpos humanos, quizá el valor universal que deba ser recuperado con mayor urgencia en la educación de los niños y adolescentes sea la solidaridad convivencial, asentada en la libertad y la dignidad humanas. Una solidaridad (como escribió el recientemente fallecido filósofo Richard Rorty) que no se descubre como un verdadero valor humano por un proceso de reflexión intelectual, sino por una creación personal casi poética; una creación que se logra a través de una creciente sensibilidad ante el cotidiano espectáculo del dolor y de la humillación de los “otros” cuerpos humanos.