Rosa

La mínima herida que se hizo Rilke al clavarse la espina de una rosa fue la puerta de entrada de una infección que, en pocos días, provocó su muerte. Imagen: Thinkstock.

“Rosa, oh pura contradicción,
la alegría de ser sueño de nadie
bajo tantos párpados”

(R.M. Rilke)

Fue, según parece, en el mes de octubre de 1926 cuando ocurrió el ya mítico episodio de la rosa en la vida de Rainer María Rilke: el fatigado poeta salió al jardín de la solitaria y precaria Torre del castillo de Muzot, cerca de Sierre, en el suizo cantón de Valais, con la intención de cortar algunas rosas con las que obsequiar a la egipcia Nimet Elui, en su esperada visita, y al hacerlo se pinchó en la mano izquierda con una espina. La mínima herida fue la puerta de entrada de una infección invasora que puso dramática y tardíamente de manifiesto (“Ahora sí que empieza todo”) que el deplorable estado de salud que venía arrastrando Rilke en los últimos años era debido a una leucemia que, en pocos días, provocó su muerte el día 29 de diciembre del mismo año.