“Aquiles ofreció una crátera de plata
labrada, como premio en honor del
difunto amigo, al que fuese más veloz
en correr con los pies ligeros”

(Ilíada, Canto XXIII)

Algunos cuerpos humanos, reconvertidos en artefactosespecializados y disciplinados para competir con otros cuerpos, se exhiben en rituales lúdicos celebrados en espacios donde se aglomeran ruidosas “masas festivas” que, con relativa frecuencia, se transforman en intimidantes y agresivas.

En estos rituales, los cuerpos que compiten son exigidos hasta más allá del límite de sus posibilidades (especialmente en su rendimiento muscular) con el objetivo de alcanzar lavictoria y el premio (áthlon) correspondiente al juego propuesto. La alternativa es ganar o perder: el puño al aire, contraído con furia, y la mirada desafiante del ganador, frente al cuerpo exhausto y desconsolado del perdedor que esconde la cabeza entre las manos (Pera, C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela, Madrid, 2006).

A los cuerpos al límite se les exige correr más rápido (citius), saltar más alto (altius) o desarrollar más fuerza (fortius) para desplazar un objeto a mayor distancia o inmovilizar al rival. Los cuerpos al límite por antonomasia, aquellos que luchan por el premio (atletas) en espectaculares rituales lúdicos, son los cuerpos olímpicos, a los que Jaeger (Jaeger, W. Paideia, Fondo de Cultura Económica, México, 1962) denominó cuerpos agonales.

No hace muchos días, un joven atleta corría veloz por la banda de un estadio de fútbol persiguiendo a un contrincante que penetraba, aún más rápido, con el balón en sus pies, en el terreno que debía defender. No pudo frenarlo, como casi siempre hacía, y cuando el lance de juego terminó sin resultado negativo para su equipo, el joven atleta se detuvo, se colocó en cuclillas y, bruscamente, se desplomó, porque las fibras musculares de su corazón, de manera súbita, en lugar de contraerse rítmicamente para bombear la sangre que le llegaba, temblaban, caóticas e ineficaces.

La inmediata actuación de compañeros y asistencias consiguió que se recuperara de la “parada cardiorrespiratoria”, por lo que, con sus propios pies, pero con el semblante desencajado, se retiraba con ayuda al vestuario, tras esta muerte súbita abortada. Lo que sucedió después es bien conocido.

La muerte el día 28 de Agosto del joven atleta, de nombre Antonio Puerta, jugador del Sevilla Club de Fútbol, como consecuencia de un fracaso multiorgánico, con graves lesiones cerebrales , a los tres días de haber sufrido en el terreno de juego, en un partido retransmitido por televisión, una parada cardiorrespiratoria, repetida varias veces hasta ser controlada en el hospital, mediante respiración asistida y un estado inducido de coma, ha traído al primer plano mediático la posibilidad y el dramatismo de la muerte súbita en los jóvenes atletas .

Una muerte que ha desencadenado, desde el epicentro donde tuvo lugar, en un estadio de fútbol, ondas de emociones colectivas en casi todos los niveles de la sociedad, e invadido los espacios mediáticos, un fenómeno poco habitual que contrasta con la aparente frialdad con la que aquella asume las muertes de cada día. ¿Cómo se explican estas intensas y extensas emociones colectivas frente a la casi indiferencia social y mediática ante otras muertes, casi simultáneas, de personas, en principio, más relevantes por su historia personal?

Aunque no sea, de entrada, una explicación, lo cierto es que la mitificación de la muerte súbita de un joven atleta, de los cuerpos entrenados para ser exigidos al límite, tiene una larga historia. Cuando en el año 2003, en un número de la prestigiosa revista médica The New England Journal of Medicine se revisaba, de manera precisa y exhaustiva, el problema de la muerte súbita en los jóvenes atletas (“Sudden death in young atletes”), el editorial que comentaba dicha recomendable revisión mencionaba al inicio, y como paradigma de estas muertes súbitas, a la mítica historia del atleta y guerrero ateniense que, tras correr algo más de 42 kilómetros, murió súbitamente una vez transmitió, con voz queda, la buena nueva de la derrota de los Persas, en labatalla de Maratón, y, en consecuencia, de la salvación de Atenas.

Una historia relatada por el poeta inglés Robert Browning en su poema Pheidippides, que, según parece, era el nombre del que fuera el primer corredor maratoniano: lograda la victoria (nos evoca Browning en sus versos) se desprendió de su escudo y recorrió veloz la distancia entre el “fennel-field” (“campo de hinojos”) donde tuvo lugar la batalla, y Atenas. Browning usa en el poema para nombrar metafóricamente a la famosa ciudad de Maratón la etimología de esta palabra griega, porque maratón (“marazón” en griego) significa hinojo(Emilio Lledó me lo confirma).

¿Qué elementos y circunstancias son las que coinciden en lamuerte súbita de un joven atleta en el estadio, en plena competición, para convocar grandes emociones colectivas, y no se dan en las otras muertes de cada día?

La muerte del atleta joven es una muerte radicalmente inesperadasorprendente, porque ocurre en un cuerpo en plena juventud, especialmente entrenado para funcionar al límite, en el que se supone, por sus pocos años, que la fecha de su ineludible caducidad como ser vivo aún está lejana, y el deterioro biológico por el uso es mínimo. No ocurre así cuando la muerte se escenifica en un cuerpo que viene padeciendo el deterioro de la enfermedad, delenvejecimiento, o de ambos procesos. Basta comparar las imágenes mediáticas del joven atleta, poco antes de su súbita muerte, en plena demostración de sus capacidades físicas, con la imágenes de otras personas fallecidas por los mismos días, mostrando su grave deterioro como signo de una “muerte anunciada”.

La aparición inesperada del drama de la muerte ocurre en uncuerpo joven y atlético, paradigma de lo saludable, un cuerpo humano “con toda la vida por delante”. El casi instantáneo paso de cuerpo animado, que salta y corre veloz por el estadio, que choca con violencia con otros cuerpos, a cuerpo muertoinanimado, desplomado en el césped del estadio, es una escena radicalmente emotiva, es una muerte espectacular, porque se escenifica en el ámbito de un espectáculo lúdico en el que el atleta compite con otros cuerpos, también exigidos al límite en sus posibilidades biológicas y psíquicas.

Además, la muerte súbita de este joven atleta surge desde el espacio de su propio cuerpo, por el fracaso instantáneo y absoluto de su corazón, un fracaso sin signos premonitorios evidentes, en un músculo cardíaco del ventrículo derecho progresivamente entreverado de tejido graso, por causas probablemente genéticas. Si la muerte instantánea de un cuerpo muy joven, provocada por violencia externa (un tiro en la frente) produce horror, al contemplar como “una corta historia personal se ha esfumado súbitamente” (Pera, C.Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, pag. 148, Ed. Triacastela, Madrid, 2006), la muerte súbita de un joven atleta, con un cuerpo entrenado para ser exigido al límite, debida al fallo brusco propiciada por una lesión oculta de su propio corazón, en pleno espectáculo lúdico, produce una gran conmoción social que procura contrarrestarse de inmediato con la puesta en marcha de la reconversión mediática de su trágica figura de joven perdedor ante la muerte en la icónica figura de un héroe.

No obstante, no cabe olvidar la transitoriedad de las ondas que extienden las emociones colectivas, como ocurre con las ondas sísmicas. Alfred Edward Housman (1859-1936), uno de los grandes poetas menores de la literatura inglesa, así lo recordaba en su poema titulado precisamente “A un joven atleta muerto”:

“El día en que ganaste la carrera en tu pueblo
todos te paseamos por la plaza.
Hombres y niños corearon tu nombre
y a hombros te llevamos a tu casa.

Hoy todos los atletas recorremos la senda
y a hombros te traemos a tu casa.
En el umbral te depositaremos,
ciudadano de la ciudad más sosegada.

Muchacho astuto, te marchaste pronto
allá donde la gloria carece de importancia.
Sabías que el laurel que crece rápido
mucho antes que la rosa marchitaba.

Cerrados ya tus ojos por la Noche
no podrás ver a quien tu record bata.”

(A.E. Housman. 50 Poemas. Traducción de Juan Bonilla. Renacimiento, 2006)