Violencia racista.

Imagen: Thinkstock.

“Un joven inmigrante,
un extraño en el territorio,
es apaleado y pateado
con extrema violencia
en la oscuridad de la noche
por un grupo de presuntos
vigilantes de una discoteca,
hasta que su cuerpo inerme
es arrojado
a las sucias aguas del puerto”

(Pera. C.
Pensar desde el cuerpo
Triacastela, 2006)

Dos noticias, una publicada en prestigiosa revista médica y otra en casi todos los medios de comunicación, se conjugan, en el blog de esta semana, para estimular una reflexión acerca de la violencia en jóvenes urbanos procedentes defamilias rotas y de la insistente exhibición mediática del agresor.

La primera procede de un artículo publicado en la revistaPediatrics en el que se concluye que, tras una ruptura familiar, sus graves consecuencias psicológicas y sociales en los adolescentes, deben ser aliviadas mediante la redefinición del papel de los padres separados en la nueva situación creada y con medidas de apoyo social. Estas consecuencias incluyen trastornos psicológicos interiorizados (estrés psicológico, ansiedad, depresión, agresividad reactiva y trastornos cognitivos), trastornos psicológicos exteriorizados (actitudes desafiantes, agresividad física, daños en la propiedad privada y urbana, robos y crueldad con los animales) más consumo de drogas y de alcohol.

La segunda noticia, que ocupa todavía lugar muy preferente en todos los medios de comunicación, se refiere a “un joven de 21 años inmaduro, violento, extremadamente influenciable” (El País), hijo de una familia rota, sin oficio ni beneficio, autor de una vejatoria agresión racista a una chica ecuatoriana menor de edad, que ocasionalmente fue grabada por la cámara de seguridad de un vagón de ferrocarril casi desierto, en presencia, al menos, de un testigo que, paralizado por el miedo ante la violencia del agresor, mira hacia otro lado. Mientras que el video de la agresión ha sido reproducido una y otra vez en el espacio digital, el desalmado agresor, en libertad por decisión judicial, es perseguido por periodistas y cámaras de televisión, se deja ver en bares, y se dice que concede, o va a conceder, declaraciones exclusivas. Todo hace suponer que pronto seráexhibido en algunos de los programas de televisión especialmente diseñados para estos espectáculos.

Al fin y al cabo, la palabra monstruo contiene implícita en su etimología (del latín monstrum, que se deriva de la misma raíz latina, el verbo moneo, que significa mostrar odemostrar) una de las respuestas que se han dado históricamente a la pregunta que suelen hacerse las personas que se consideran “normales” cuando se encuentran inesperadamente con otra de apariencia monstruosa. Y ahora ¿qué hacemos con él?

En la historia universal de los monstruos, una de las más frecuentes respuestas a esa pregunta ha sido (y, por lo que se ve, lo sigue siendo en este mundo digital y mediático)mostrarlosexhibirlos ante los otros cuerpos humanos no monstruosos, ansiosos por contemplarlos, dada la extrema y morbosa curiosidad que despierta su presencia, y de este modo obtener un beneficio económico de la rareza.

La expansión semántica de la palabra monstruo se ha extendido, desde el ámbito corporal, hasta el de loscomportamientos humanos, al dominio de la ética. Fue a finales del siglo XIX y principios del XX cuando lamonstruosidad entró en el campo de la conducta humana, y a los hombres y a las mujeres de los que se pensaba que habían acumulado en su comportamiento con los demás un grado elevado de maldad se les aplicaba, como metáfora, el calificativo de monstruos morales. (Foucault, M. Les Anormaux, Gallimard Le Seuil, 1999).

Del mismo modo que los cuerpos humanos con distinto grado de monstruosidad corporal eran comprados, convertidos en mercancías, para ser exhibidos en circos y otros locales de entretenimiento, como parte delshowbusiness, ahora son monstruos corporales menores, como personajes grotescosfreaks, y pequeños monstruos morales, los que son exhibidos casi a diario, y en exclusiva si es posible, en el espacio digital.

Ante la cobarde y gratuita agresión grabada en el solitario vagón de ferrocarril, de claro tinte racista, colmada de menosprecio verbal y físico para con la “otra” persona, por el hecho de ser una inmigrante indefensa, cabe repetir lo ya escrito en otro lugar: “mientras los cuerpos animales se limitan a cumplir las exigencias de su código biológico y luchan, instintiva y encarnizadamente, por el alimento necesario para sobrevivir y por la preservación de la especie con una renovada carga genética, los cuerpos humanos, por el contrario, apalean y/o matan a otros cuerpos humanospor razones sorprendentemente distintas: por simple desprecio al extraño que penetra en su espacio vital, por entender que han transgredido un código formal estricto, por haber violado la ley o, simplemente, por pensar de otra manera. En el globalizado espacio virtual de la sociedad de la información se asiste a la expansión de una tendencia alretorno del cuerpo humano al estado salvaje, totalmente libre de inhibiciones y potenciada su recobrada bestialidadpor la moderna tecnología.

Los cuerpos humanos, en los que se encarnan las personas, han convivir con los otros cuerpos humanos en el seno de sociedades cada día más heterogéneas y conflictivas. Como sujetos de unas complejísimas relaciones sociales, además de cumplir con el código biológico que les permite sobrevivir como personas, han de procurar comportarse de tal modo que su latente violencia animal sea transformada, bajo la presión de los otros cuerpos, en un comportamiento en el que predomine una racionalizada apuesta por la convivencia” (Pera.C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela, 2006).