Hombre maduro pensando

"La búsqueda de la eterna juventud continuará, pero la estrategia dirigida a la sustitución de las hormonas no es la respuesta adecuada a este deseo". Imagen: Thinkstock.

El descenso gradual de los niveles
en la sangre de la testosterona,
que
se produce,
con variaciones individuales,
a partir de los 40 años,
¿es un fenómeno natural
o un problema de salud?
¡Ésta es la cuestión¡

En un artículo publicado en la revista Journal of the American Medical Association del 2 de Enero del 2008 se presentan los resultados de una investigación sobre el efecto de la administración de suplementos de testosterona sobre la movilidad funcional, la función cognitiva, la densidad mineral ósea, la composición corporal, los lípidos del plasma y la calidad de vida en hombres sanos entre 60 y 80 años con niveles normales, aunque bajos, de testosterona. Los participantes fueron asignados de manera aleatoria para recibir 80 miligramos de testosterona o bien un placebo, 2 veces al día, durante 6 meses.

La conclusión es que en los hombres ancianos con niveles de testosterona bajos pero dentro de los límites de la normalidad, la administración de suplementos de testosterona durante 6 meses, no afecta al estado funcional, a la cognición o capacidad de conocer, y a su calidad de vida, aunque aumenta la masa muscular.

Estas conclusiones confirman los resultados de otro artículo publicado en el New England Journal of Medicine en octubre del 2006 en el que se analizaron los beneficios, a largo plazo, de las hormonas andrógenas, dehidroepiandrosterona y testosterona, ampliamente promocionadas en el mercado como suplementos contra el envejecimiento (“antiaging”): ninguna de las dos, administradas a dosis bajas en personas ancianas, producen efectos beneficiosos relevantes sobre la composición corporal, la capacidad física, la sensibilidad a la insulina y la calidad de vida.

Es bien sabido que el natural deterioro biológico del cuerpo humano masculino, que se acentúa cuando se alcanza la fase del envejecimiento más aparente, se asocia con un declive progresivo aunque lento de niveles plasmáticos de la hormona masculina, la testosterona.

La historia de la testosterona comienza con la obtención, en el año 1929, por el norteamericano Fred Conrad Koch, de extractos de los testículos del toro y purificados en el año 1935 por el holandés Ernst Laqueur, hasta ser sintetizada en el año 1936 una hormona esteroide, a partir del colesterol que fue denominada testosterona, por Leopold Ruzicka y por Adolf Butenandt, trabajando por separado; ambos fueron galardonados con el Premio Nobel de Química del año 1939.

Antes del descubrimiento de la testosterona, los trasplantes de rodajas de testículos de primates a los testículos de seres humanos, realizados con técnicas muy primitivas, con la pretensión de detener el envejecimiento y de retornar a la juventud, se convirtieron en Europa y en los Estados Unidos en una pintoresca y efímera industria, muy cercana a la impostura, de la que fue su protagonista más mediático un tal Serge Voronoff (1866-1951), como era de esperar, dados sus planteamientos y su técnica, sin resultados positivos.

En contraste con lo que sucede en la menopausia, periodo biológico durante el cual en todas las mujeres ocurre una casi total desaparición de la secreción de estrógenos por sus ovarios, en los hombres la secreción de andrógenos por sus testículos desciende de manera gradual y progresiva a partir de los 40 años de edad, con una disminución media aproximada del 1,5% por año.

En la cultura popular suele relacionarse la presencia activa de la testosterona en el cuerpo masculino con la juventud, la agresividad y la energía vital. Desde este punto de vista, la idea de administrar en la vejez suplementos de testosterona, como terapéutica anti-envejecimiento (“anti-aging”), con la finalidad de aumentar la masa muscular y la energía vital (la testosterona como hormona anabolizante), agudizar la memoria y la capacidad cognitiva, estimular la libido (la testosterona como hormona sexual) es, en principio, muy atractiva.

En Noviembre del 2003, un Comité nombrado al efecto por el Institute of Medicine of the National Academies, una institución oficial de los EEUU, hizo publico un comunicado en el que, considerando que, a pesar de la ausencia de evidencia científica de su eficacia, la administración de suplementos de testosterona en hombres sanos se había popularizado progresivamente, hasta alcanzar los 2,4 millones de prescripciones anuales, daba a conocer una serie de recomendaciones que debían cumplirse en los ensayos clínicos diseñados para comprobar los controvertidos beneficios y los riesgos de la testosterona administrada como terapéutica contra el envejecimiento.

Del artículo comentado en primer lugar destaca la ineficacia de los suplementos de testosterona cuando su objetivo es mejorar la capacidad cognitiva (es decir, la relativa al conocimiento) en los ancianos con cifras bajas pero normales de esa hormona en su plasma sanguíneo. Todo ello, a pesar de que la testosterona, sintetizada en los testículos y en la corteza suprarrenal a partir del colesterol, además de sus efectos fisiológicos sobre el sistema muscular y sobre el sistema reproductor, está presente, como un agente modulador, en regiones de la corteza cerebral muy importantes para el proceso cognitivo, como el hipocampo, la corteza prefrontal y la amígdala, sobre todo para el aprendizaje y la memoria, áreas cerebrales en las que existen abundantes neuronas con receptores para dicha hormona.

Los resultados de estudios previos en los que se intentaba comprobar los efectos de los suplementos de testosterona sobre la capacidad cognitiva de ancianos con niveles bajos de testosterona en sangre han sido discordantes y poco significativos. Jeri S. Janowsky en una revisión titulada Pensando con vuestras gónadas: testosterona y proceso cognitivo (“Thinking with your gonadas: testosterona and cognition”) publicada en TRENDS in Cognitive Science, en Febrero del 2006, llegaba a la conclusión de que “los efectos de la testosterona sobre la capacidad cognitiva en la vejez no son tan importantes como la propaganda de estos productos sugiere.. aunque tampoco sean insignificantes”.

Visto lo visto, es evidente que queda mucho trabajo por hacer en esta compleja cuestión aunque, de momento, la conclusión de Paul M. Stewart en un editorial en The New England Journal of Medicine del 19 de Octubre del 2006, titulado Envejecimiento y hormonas como fuente de juventud (“Aging and Fountain-of-Youth Hormones”) nos parece sensata y realista:

La búsqueda de la eterna juventud continuará, pero la estrategia dirigida a la sustitución de las hormonas, cuyas secreciones han disminuido con la edad, no es la respuesta adecuada a este deseo, por lo que no debe ser recomendada. En consecuencia, los preparados de testosterona no deben ser aceptados como suplementos dietéticos y deben ser regulados como fármacos.”

Una búsqueda con un objetivo utópico (la eterna juventud) para un cuerpo abocado biológicamente al deterioro y a la caducidad , aunque siempre necesaria para seguir avanzando en su mejor conocimiento, si hacemos caso al consejo de San Agustín (De Trinitati Dei. IX): “Así pues, busquemos como quienes han de encontrar; y encontremos como quienes han de seguir buscando, porque cuando el hombre ha encontrado algo, entonces es cuando empieza