Estilo de vida

La dieta alimenticia es uno de los pilares del estilo de vida. Imagen: Thinkstock.

“La elección de un estilo de vida
no es un tema marginal
sino que
se encuentra
en el corazón de un
nuevo despertar”
(Reich, Charles,
The Greening of America,
Random House, New York 1970).

El muy frecuente uso de la locución estilo de vida en los modernos textos que se ocupan de la salud, sobre todo cuando se hace desde la perspectiva de la Medicina Preventiva, la ha convertido en un activo meme con una exponencial replicación en casi todos los ámbitos del vivir humano, porque a casi todos afecta, individual y/o colectivamente, el modo de vivir, sea por elección, imposición o acomodo a las circunstancias, en el seno de un complejísimo contexto social, entretejido por la interacción de múltiples factores: étnicos, sociales, económicos, culturales, contraculturales, profesionales, religiosos y políticos.

En las noticias más relevantes sobre la salud y el bienestar del cuerpo seleccionadas por Saludlandia.com durante la última semana, al menos en tres de ellas se hace referencia explícita o implícita a la importancia de asumir un estilo de vida saludable (en el que se combinan la actividad física, la dieta mediterránea, el uso moderado del alcohol y no fumar), que es aquel que mejor contribuye a mantener la salud y el bienestar del cuerpo, reduciendo su vulnerabilidad y su deterioro biológico y alargando su esperanza de una vida de calidad.

¿Cuál es el origen de esta locución (estilo de vida, style of life o lifestyle) lo suficientemente ambigua como para facilitar su amplia introducción en campos del conocimiento tan diversos como la Psicología, la Sociología, la Medicina y la Mercadotecnia?

En la sociedad de consumo de nuestro tiempo han sido los profesionales de la mercadotecnia (marketing) los que iniciaron la investigación sistemática de los modos de vivir de diversos segmentos de la población potencialmente consumidora (programas para vivir la vida de cada día que fueron calificados como estilos de vida) lo que les permitió distinguir y separar grupos de presuntos consumidores según hábitos, gustos y costumbres. De este modo se ha pasado del consumo masificado al consumo personalizado, según los estilos de vida, basados en consideraciones primariamente estéticas, magnificadas por la omnipresencia del cuerpo en la cultura dominante en nuestros días, repleta de imágenes y sensaciones.

No obstante, fue el psicólogo vienés Alfred Adler (1870-1937) el que comenzó a utilizar la expresión estilo de vida (“Lebensstil”) para distinguir a los individuos según su visión del mundo y los objetivos que se imponían, así como en función del modo de organizar su vida cotidiana, en un contexto social, distanciándose de la tesis básica de su maestro Sigmund Freud, que puso el acento en la definición del ego y de la personalidad.

La investigación sociológica del estilo de vida de la población y sus implicaciones en todas las manifestaciones de la cultura del consumo, de acuerdo con los recursos disponibles, se ha realizado en muy diversas áreas temáticas que atañen a la vida en sociedad: salud, educación, elecciones, turismo, tiempo de ocio, economía familiar, entre otras muchas. Para los sociólogos, el estilo de vida trata de conseguir dos cosas: afirmar la identidad personal y diferenciar unos individuos de otros (Bauman, Zygmunt, Modernidad líquida, Fondo de Cultura económica, 2002).

Si, aceptando la gran amplitud y la consiguiente ambigüedad del concepto estilo de vida, lo limitamos al ámbito de sus relaciones con la salud individual y colectiva, el estilo de vida puede definirse como “el conjunto de hábitos y costumbres que es influenciado, modificado, potenciado o restringido por el proceso de socialización al que un individuo es sometido a lo largo de su vida. Estos hábitos y costumbres, que incluyen la dieta alimenticia, la actividad física, el consumo de sustancias tales como el alcohol, el tabaco y las drogas, tiene importantes implicaciones sobre la salud y, a menudo, son objeto de investigación epidemiológica en una población”. Aquellos hábitos y costumbres que la experiencia científica ha demostrado que son beneficiosos para mantener el estado de salud y prevenir la enfermedad se recomiendan como estilos de vida saludables, mientras que los dañinos se desaconsejan por ser estilos de vida no saludables.

En la moderna Medicina, con una fuerte apuesta por la prevención de la enfermedad, la modificación de los estilos de vida insaludables para convertirlos en estilos de vida saludables es uno de sus grandes retos, tanto a nivel individual como colectivo.

Ante el creciente número de recomendaciones, emanadas de las instituciones con responsabilidad en la salud pública, sobre la necesidad de modificar los estilos de vida no saludables para convertirlos en estilos de vida saludables cabe preguntarse: ¿Es fácil cambiar un estilo de vida? ¿Es suficiente, para que se produzca este cambio, la decisión positiva del propio individuo (dejar de fumar), desde su autonomía personal y su responsabilidad consigo mismo, o son necesarias acciones restrictivas impuestas desde el poder político, como prohibir fumar en lugares públicos y de trabajo?

La moderna sociología, muy interesada por la investigación de los estilos de vida ha recuperado el concepto desarrollado por Michel Foucault (1926-1984), bajo el término francés “gouvernementalité” (gubernamentalidad), en uno de sus famosos cursos en el Colegio de Francia (1978), entendido como una nueva forma de “racionalidad política”, como un modo específico de ejercer el poder, mediante un “conjunto difuso de estrategias y de tácticas”, para justificar la necesidad de que los estilos de vida elegidos por los individuos de una comunidad, y que no son los más apropiados para su propio bienestar, y el de sus conciudadanos, puedan ser modificados por las instituciones democráticas del poder político, apoyado en el saber de los expertos, mediante iniciativas que compelen a los ciudadanos a hacer, en su propio beneficio y en el de los demás miembros de la sociedad, aquello que se resisten a hacer. En último término, aplicando esta idea de Michel Foucault a la salud individual y pública, de lo que se trata es de “gobernar” la salud de los individuos, hasta convencerles de la importancia de que ellos mismos aprendan a “autogobernar” la salud de sus cuerpos, y a integrarse en una apuesta social por la cultura de la salud.

Todo ello sin olvidar que el objetivo más razonable (aprender a vivir los años de vida con el mayor bienestar posible, tanto físico, mental como social) ha de cumplirse necesariamente en cuerpos que son intrínsecamente vulnerables, deteriorables y perecederos.