Escultura con una serpiente

Imagen: Thinkstock.

“La Cultura es una abstracción simbólica
del complejísimo y diversificado
artefacto humano”

“Todas las parcelas de
lo que hacen los seres humanos
se denominan hoy
cultura

Cristóbal Pera

La cultura de la salud en una sociedad determinada es una construcción colectiva dirigida hacia la comprensión de todo lo que se encierra tras el bienestar y el malestar del cuerpo, la cual no se deriva, necesariamente, de que dicha sociedad disponga de una amplia, bien dotada y accesible cobertura de asistencia sanitaria, sino que, por el contrario, el buen uso de dicha asistencia depende de que la sociedad haya asumido, individual y colectivamente, una razonable cultura de la salud.

Por esta razón, quienes dan por hecho de que a partir de la disponibilidad de un excelente sistema de asistencia sanitaria universal se desarrolla necesariamente una adecuada cultura de la salud en la sociedad de que se trata, cometen un grave error. La cultura de la salud como proyecto educativo, dentro una sociedad concreta, es un proceso en gran parte independiente de la asistencia sanitaria disponible, que ha de transmitirse sin prisas pero sin pausa, mediante palabras claves y breves discursos, complementados con imágenes.

La cultura de la salud de una sociedad y de sus ciudadanos debe ser el resultado de integrar, con razón y sentimiento, las tres condiciones intrínsecas a la vida del cuerpo humano, y de la persona en él “encarnada”, como son la vulnerabilidad, el deterioro biológico y la caducidad, con los tres componentes fundamentales de lo que se entiende como salud, según la definición de la OMS, es decir, “el bienestar físico, el mental y el social, y no solamente la ausencia de enfermedad”.

Porque, al fin y al cabo, la cultura de la salud es la cultura del cuerpo, construida sobre el conocimiento teórico y la experiencia personal de la realidad biológica del espacio corporal, de su uso apropiado, con sus limitaciones en el tiempo y en el espacio, de las consecuencias negativas derivadas de su largo y continuado uso y de sus abusos, así como de sus relaciones, muchas veces conflictivas, con los otros cuerpos, en variados escenarios y contextos. En este sentido, es evidente que una verdadera cultura de la salud debe ser pensada desde el propio cuerpo.

Todo proyecto (como el de Saludlandia.com) que tenga como principal objetivo estimular el desarrollo de una cultura de la salud, desde la asunción de la caducidad del cuerpo, debe poner el acento en hacer todo lo posible por enlentecer su ineludible deterioro biológico y en disminuir su vulnerabilidad (la que abre el camino a la enfermedad), todo ello mediante acciones de prevención, que se encuadran dentro de la llamada Medicina Preventiva, antes de que sea necesario recurrir a acciones cuyo objetivo es la curación o, en su defecto, la paliación del sufrimiento, que son las incluidas en la Medicina Curativa y/o Paliativa.

Lo que distingue a la cultura de la salud es su preocupación por los otros problemas que afectan negativamente al triple bienestar, el físico, el mental y el social, a la buena salud, y que no son precisamente la enfermedad, pero que pueden condicionarla: vivienda, estilo de vida, actividad física, dieta, entorno ambiental y social, comunidad y relaciones sociales, estrés laboral, nivel económico, educación, maltrato en el hogar, seguridad en el trabajo, violencia, acoso sexual, etc. Por ello, la cultura de la salud (cuyo paradigma de acción se inscribe dentro del modelo de la medicina biopsicosocial) se interesa y se implica en todos aquellas acciones que procuran mejorar las condiciones biológicas, psíquicas y sociales de una población o sociedad.

En una educación para la salud, y en la consiguiente cultura de la salud, debe entenderse que las expectativas de una vida saludable procuradas por un sistema de asistencia sanitaria, para que sean realistas deben partir de dos realidades fundamentales: la conciencia de la caducidad de la vida personal y de su deterioro progresivo y, desde la asunción de ambas, la conciencia de su vulnerabilidad, ya que en cualquier momento una enfermedad o un accidente pueden acelerar el deterioro y acortar la esperanza de vida, sobre todo de una vida con calidad, merecedora de ser vivida.