Pareja en el cine

Un consumo excesivo de bebidas azucaradas favorece la aparición de este trastorno. Imagen: Thinkstock.

La gota confería dignidad,
porque como
señor de las enfermedades
y enfermedad de señores,
indicaba pedigrí
y buena cuna
y era reconocida
como el precio a pagar por
un estilo de vida superior

(Roy Porter)

Un grupo de investigadores canadienses y estadounidenses ha llegado a la conclusión, tras el largo seguimiento de una población de algo más de 45.000 hombres, todos ellos profesionales de la salud, que el consumo abundante de bebidas refrescantes edulcoradas con abundante fructosa (CocaCola, PepsiCola y otras), así como de frutas frescas y zumos de frutas ricos en fructosa, se asocia, de manera significativa, con el comprobado incremento de la enfermedad de la gota en los hombres.

Previamente había sido demostrado que la fructosa aportada en la dieta aumenta de modo inmediato la concentración de ácido úrico en el plasma sanguíneo (hiperuricemia) al utilizar en el hígado el ATP (adenosintrifosfato) para su propio metabolismo; en este proceso metabólico de la fructosa el ATP se convierte en AMP (adenosinmonofosfato), que es ya un precursor químico del ácido úrico.

A la hora de aplicar estos hallazgos epidemiológicos en el contexto europeo, conviene subrayar, como hace el British Medical Journal, que en los Estados Unidos las bebidas refrescantes no alcohólicas (soft drinks) suelen ser son edulcoradas con un sirope de maíz manipulado químicamente para alcanzar un elevado contenido en fructosa (un 55% frente al 45% de glucosa), sirope conocido en Europa como isoglucosa. En el resto del mundo son edulcoradas con sucrosa, un disacárido de fructosa y glucosa.

La gota es, históricamente, una vieja enfermedad, conocida ya en la Medicina griega, al menos desde el punto de su apariencia clínica, como podagra (literalmente “agarrar el pie”), según parece descrita por el propio Hipócrates en el siglo V a.C., e incluida por el erudito romano Celso, que vivió en el siglo I de la era cristiana, en los libros II y XVIII de su enciclopédica De Medicina, con ese mismo nombre latinizado.

En la Europa que “transitaba tumultuosamente de la Edad Media a la Edad Moderna, la gota era una enfermedad que incapacitaba físicamente a muchos personajes relevantes de la época”, desde el sabio humanista Erasmo de Rótterdam (1446-1536) al emperador Carlos V de Alemania y I de España (1516-1556) quien, según se dice, “comía con insaciable apetito” y, un siglo más tarde, a Thomas Sydenham (1624-1689), el gran médico inglés autor de un clásico Tratado sobre la Gota, en el que describe con maestría la intensa crisis dolorosa en el pie (podagra) que estalla inopinadamente durante el sueño nocturno.

La gota (“gout”) era, en la Inglaterra georgiana de los siglos XVIII y XIX, una enfermedad considerada socialmente como “buena”, frente a la locura maníaca (“madness”) como ejemplo de “mala enfermedad”. Una enfermedad frecuente en personas de muchos posibles, consumidores compulsivos de carnes rojas y de bebidas alcohólicas, con un estilo de vida muy sedentario -desde reyes y príncipes hasta patricios y humanistas- calificada como la enfermedad de los señores (“disease of lords”) -como ha escrito Roy Porter, profesor de Historia social de la Medicina en el University College de Londres- al describir su prevalencia social en aquella época, motivo, también, de interpretaciones cómicas y caricaturescas de médicos y de enfermos, representados los gotosos como rubicundos comilones repantigados en un sillón mientras beben vino con el dolorido pie en alto, cubierto por un aparatoso vendaje.

La relación entre gota y el ácido úrico y el papel nocivo de la ingestión excesiva de proteínas animales (carnes rojas y vísceras), asociada al inmoderado consumo de alcohol, era ya conocida en el siglo XIX, pero no fue hasta mediados del pasado siglo cuando se desentrañaron las varias secuencias bioquímicas que conducían a la presencia del ácido úrico en la sangre circulante como producto final del metabolismo de las purinas (adenina, guanina, hipoxantina y xantina) y al mantenimiento de su concentración en la sangre (uricemia) en niveles saludables, cuando se produce su acompasada eliminación por la orina.

Cuando aumenta la concentración en la sangre del ácido úrico (hiperuricemia) las sales de éste, conocidas como uratos, cristalizan en unas formas puntiagudas que se depositan en los tejidos que rodean a las articulaciones, con preferencia por las del primer dedo o dedo gordo del pie, provocando la artritis gotosa, una inflamación articular extremadamente dolorosa.

Ahora, en pleno siglo XXI, la enfermedad de la gota ha cambiado de estereotipo médico y social con respecto al paciente que la sufre y a su estilo de vida. Ya no es la combinación de abundante carne roja, alcohol y vida sedentaria la que conduce a un incremento excesivo del ácido úrico en la sangre y a su deposición en las articulaciones, sobre todo del dedo gordo del pie, sino que bastaría el excesivo aporte de un azúcar, la fructosa, a través de bebidas refrescantes ampliamente consumidas por la población, para poner en marcha el trastorno metabólico que hace posible que la vieja “enfermedad los señores” sea ahora una “enfermedad del pueblo llano”.