Calidad de vida longeva

Adoptar un estilo de vida saludable se asocia con una vida más larga y plena. Imagen: Thinkstock

El cuerpo
-cada día más pegado a la tierra
a cuestas con el
“peso creciente de los años-
arrastra su pesantez a duras penas,
cansino e inestable
…”
(Cristóbal Pera,
Pensar desde el cuerpo)

En dos artículos publicados por sendas revistas norteamericanas, en este mes de febrero, sobre el proceso del envejecimiento, en una época en la que la esperanza de vida en los países desarrollados se incrementa, las palabras y los conceptos claves utilizados son longevidad, calidad de vida y fragilidad.

En el primero de estos artículos, publicado en los Annals of Internal Medicine, se analizan los factores que se asocian en los hombres con una longevidad de 90 años o más, y con la calidad de la vida vivida en esos años finales. La conclusión es que la adopción de un estilo de vida saludable en los años previos a la ancianidad se asocia no solamente con una vida longeva en la que la supervivencia alcanza al menos los 90 años, sino también con una aceptable calidad de vida durante esta excepcional longevidad.

En el segundo artículo, publicado en el Journal of American Medical Association se revisa la definición de lo que se viene denominando en las últimas décadas el síndrome de la fragilidad asociado al proceso del envejecimiento, y se sugiere que todas aquellas acciones e intervenciones, incluidas en un estilo de vida saludable, que aminoren y retrasen el comienzo de los hechos que delatan a la fragilidad del cuerpo anciano (un estado de mayor vulnerabilidad que precede al inicio de una progresiva incapacidad) incrementan la esperanza de vivir una vida activa y de calidad, en el caso de que se alcance la longevidad.

El término y el concepto de fragilidad (“frailty” en inglés) aparece en la literatura médica allá por el año 1991 y, desde entonces, el número de trabajos publicados sobre este problema geriátrico crece exponencialmente. ¿Qué se entiende hoy por fragilidad o por el síndrome de fragilidad asociado con el proceso fisiológico del envejecimiento?

La fragilidad de un cuerpo anciano se hace aparente al verle caminar con lentitud, con paso cansino y arrastrado, casi “a duras penas”, y con algunas dificultades para mantener su equilibrio corporal. Esta primera impresión de fragilidad en el cuerpo del anciano en movimiento se completa con otros síntomas y signos de deterioro anatómico y funcional: no tiene apetito y su imagen de cuerpo desnutrido se acentúa al comprobarse una pérdida manifiesta de su masa muscular (sarcopenia) asociada, como demuestra la exploración pertinente, con una importante disminución de la densidad mineral ósea (osteopenia /osteoporosis). En suma, el anciano frágil se encuentra en un estado de intensa penuria anatómica y fisiológica, que le convierte en persona muy dependiente de la ayuda de otros.

¿Es esta fragilidad relacionada con el proceso fisiológico del envejecimiento un síndrome biológico (entendido como un conjunto de signos y síntomas) como sostienen algunos, o bien un déficit complejo, funcional y anatómico, relacionado con la avanzada edad, que incrementa la vulnerabilidad del anciano, el cual debe ser interpretado como un mal presagio sobre la calidad y de la esperanza de vida que le queda por vivir?

Para los que aceptan el concepto de la fragilidad del anciano como síndrome, éste se diagnosticaría ante la presencia de, al menos, tres de los siguientes cinco componentes, que se potencian entre sí: pérdida de peso no intencionada, paso lento, agotamiento, escasa energía y debilidad. Las consecuencias de esta fragilidad son las caídas frecuentes, los traumatismos variados y múltiples, el uso excesivo de medicamentos (polifarmacia), los repetidos ingresos hospitalarios y, como final del proceso de deterioro, las infecciones repetidas, una incapacidad creciente para realizar por sí solo las actividades del diario vivir, y la muerte.

Aunque una distinción precisa entre fragilidad del anciano y envejecimiento es casi imposible, dada la íntima asociación entre ambos procesos, no obstante, mantener el concepto de fragilidad puede ayudarnos a entender mejor la complejidad de los factores responsables del progresivo deterioro corporal que se asocia con el envejecimiento cronológico, aunque con un ritmo diferente de unos individuos a otros. Porque es bien cierto que la edad cronológica es solo una primaria e imprecisa aproximación a la evaluación de la vulnerabilidad de una persona anciana ante circunstancias adversas, ya que mientras algunas personas se nos presentan como cuerpos frágiles apenas cumplidos los 70 años, otras no muestran signos y síntomas de fragilidad incluso una vez alcanzados los 90 años.

La característica fundamental del síndrome de fragilidad, que permite distinguirlo del envejecimiento en sentido estricto, es la posibilidad de que muchos de sus deterioros anatómicos y funcionales, con sus negativas consecuencias para el vivir cotidiano, pueden ser prevenidos, tratados y aliviados: por ejemplo, procurando la mejora del estado nutritivo del individuo y recuperando su capacidad física, mediante ejercicios destinados a potenciar la resistencia muscular.

Viejo pero no frágil: un asunto de corazón y cabeza (“Old but no Frail: A Matter of Heart and Head”) era el expresivo titulo de un artículo firmado por Gina Kolata sobre la fragilidad publicado en el New York Times del 5 de Octubre del año 2006, en el que se hace hincapié en la necesidad de distinguir entre el ineludible deterioro biológico del envejecimiento y la, hasta cierto punto, prevenible fragilidad del cuerpo que anula la posibilidad de vivir una vida longeva que valga la pena ser vivida, mediante la adopción, a lo largo del ciclo vital y en las primeras etapas de la ancianidad, de estilos de vida saludables.