Violencia de género

La unidad de imitación puede estar detrás de la violencia machista. Imagen: Thinkstock.

“Desdémona: Adiós.
El Señor me ampare,
y haga que el maltrato
de mi marido
produzca en mí
virtudes, y no vicios

(Otelo,
Acto IV, Escena III)

El martes 26 del pasado Febrero de 2008, y en tan sólo veinticuatro horas, la llamada violencia de género, en realidad una violencia machista, alcanzó en España cotas dramáticas al producirse, en cuatro puntos distintos de nuestra geografía, cuatro asesinatos de mujeres a manos de sus antiguas parejas masculinas. “En lo que va de año han muerto ya 17 mujeres, cuatro más que el año pasado por estas fechas, lo que indica que, aunque la Ley Integral contra la Violencia de Género del 2004 ha ayudado a que el problema salga a la luz, es necesario revisar su funcionamiento y adoptar nuevas medidas” (Diario El País).

La mayoría de estos asesinatos no han ocurrido en los íntimos espacios dedicados, en principio, a la convivencia de una pareja, por lo que no son, en sentido estricto, violencia doméstica, aunque sí violencia engendrada en este ámbito, porque el prepotente agresor masculino está ya separado físicamente de su pareja, la víctima, incluso bajo alejamiento judicial, cuando la aborda por sorpresa, y la asesina.

¿Qué grave desvarío arrastra al potencial asesino a centrar compulsivamente toda su diario malvivir en la búsqueda del momento propicio para destruir dramáticamente la vida de su ex pareja?

Variadas pueden ser las causas de este desvarío: ¿Por despecho (“Malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de los deseos o en los empeños de la vanidad”), por celos (“Sospecha, inquietud y recelo de que la persona amada haya mudado o mude su cariño, poniéndolo en otra”), por venganza (“Satisfacción que se toma del agravio o daño recibidos”) o bien por resentimiento? Todos estos estados emocionales se resumen en una siniestra alquimia de sentimientos anormales (Carlos Castilla del Pino, Teoría de los Sentimientos, Tusquets, 2000) que buscan la destrucción del sujeto odiado, presunto causante del menosprecio que cree ha recibido, sentimientos en los que las emociones malsanas ahogan todo el discurso razonable, aunque, en mi opinión, con un fuerte predominio del resentimiento.

Porque frente a la generosidad extrema del amor, el resentimiento es un sentimiento nada generoso, de ira contenida, de indignación soterrada, una y otra vez evocado, que acaba siendo una pasión incubada y clavada en el alma de aquel que la padece, quien se considera víctima de un acontecimiento que percibe como injusto, por lo que se siente “herido”, humillado y ofendido por otro o por otros y, al mismo tiempo, impotente para descargar, por el momento, su frustración y su latente hostilidad contra el presunto ofensor. Con el paso del tiempo, el resentimiento, revivido repetidamente, en lugar de atenuarse se incrementa. Cuando el resentimiento no es controlado a tiempo, el resentido, espoleado por esta pasión, cuando encuentra por fin, tras un aplazamiento más o menos largo, la ocasión propicia para actuar, lo hace mediante una reacción violenta, como ocurre con el asesinato machista dentro de la violencia de género (Cristóbal Pera. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed.Triacastela, 2006).

¿Cómo se explica que, a pesar de algunas predicciones emitidas en el año 2005, tras la aprobación de la citada Ley orgánica, apoyadas estadísticamente en un leve descenso del índice epidémico de mortalidad y de las denuncias de violencia de género desde el año 2004, se asista a este llamativo y dramático incremento de los asesinatos de claro trasfondo machista?

¿No será que estamos ante una invasión de esos hipotéticos memes, de esas “unidades de imitación” que encuentran un terreno muy apropiado para su masiva replicación en el universo mediático, antes de invadir, como virus de la mente, el cerebro humano?

Desde que Richard Dawkins, en su libro El Gen egoísta (The Selfish Gen), acuñara en 1976 el término meme definido como “unidad de imitación”, análoga, funcional y fonéticamente al gen (entendido éste como la unidad genética de la evolución biológica), el interés por este concepto cultural no dejó de incrementarse y propagarse, auque en los últimos tiempos haya decrecido.

Desde el punto de vista de su contenido cultural, el meme ha sido concebido como “unidad de transmisión cultural” (D. Dennett), mientras que el Oxford English Dictionary lo define como “elemento de una cultura cualquiera digno de ser transmitido por procedimientos no genéticos, sobre todo por imitación”. Esta última palabra (imitación) puede ser palabra clave en el problema de la violencia machista que asesina.

La expansión de los “memes” (afincados, no se sabe cómo, en el cerebro y, operativamente, en el lenguaje hablado, escrito y figurativo) ha determinado que la tesis que concibe al cuerpo humano como una “construcción ideológica”, diera paso a la teoría de su “construcción memética” por el mecanismo de la imitación.

Sea como sea, los modelos resultantes de la “construcción ideológica / memética” del cuerpo humano en el seno de la sociedad en la que vive y convive, y de la persona allí encarnada como sujeto de ideologías diversas, son muy variados y se pueden clasificar desde muy diferentes perspectivas:
- El cuerpo icónico según el canon de belleza dominante;
- el cuerpo vestido y adornado (la moda en el vestir como representación memética dominante y la moda del cuerpo adornado con tatuaje y “piercing”);
- el cuerpo modificado (objeto tanto de la cirugía cosmética como de la ablación ritual);
- el cuerpo en movimiento (la danza y el deporte);
- el cuerpo patriótico (que pretende “representar” paradigmáticamente una identidad nacional);
- el cuerpo consagrado a una instancia superior (dios, etnia o partido) hasta llegar incluso al martirio;
- el cuerpo enfermo;
- el cuerpo en venta;
- y, desde luego, el cuerpo sumiso de la mujer, que tiene sus raíces en milenarias culturas machistas, aún presentes, por desgracia, en nuestro tiempo. En pleno siglo XXI, la patética sumisión de millones de cuerpos femeninos, mutilados íntimamente y con su personal apariencia físicamente velada, como cuerpos enclaustrados y marginados socialmente, presupone el férreo dominio ideológico de una versión enfebrecida de la cultura islámica.

La metáfora de la invasión de los virus biológicos para describir la propagación epidémica de los memes, cabe admitir que cuando éstos alcanzan un “punto de inflexión”, sus consecuencias pasan, rápida e inopinadamente, desde una situación en la que éstas son hechos aislados, apropiados para las páginas de “sucesos”, a otra por la que puede calificarse, por la amplitud de su propagación, de una verdadera epidemia . Esto lo que está sucediendo probablemente con la epidemia de asesinatos a manos de la violencia machista.

Estamos, sin duda, ante una nueva emergencia, en una sociedad democrática que propugna la igualdad de géneros, de la milenaria e injusta concepción del predominio masculino en las relaciones de poder, de la posesión y sumisión, entre ambos sexos y géneros, cuya deconstrucción, como paso previo a una situación más justa, no es nada fácil.

En la escena III del Acto IV de Otelo, la paradigmática tragedia de Shakespeare, en la que los personajes son Emilia, la mujer de Yago, y Desdémona, la esposa de Otelo, las rebeldes reflexiones de Emilia (“Pero la culpa es de los maridos”… “cierto que somos benignas de condición, pero capaces de ira …conforme nos traten así seremos”) contrastan con la actitud, resignada y sumisa, de Desdémona.

En los dos versos que cierran la famosa escena, lo que más le importa a Desdémona, mientras aguarda con resignación que regrese Otelo para cumplir su amenaza de muerte, tras invocar el amparo del Cielo (“Good night. Good night. Heaven me such uses send”) es que “el maltrato de su marido produzca, al menos, virtudes y no vicios”.

Una resignación de raíz cultural, en su más amplio sentido, que parece estar presente todavía en muchos comportamientos sociales al comprobar que, en pleno siglo XXI, un 70% de las mujeres que habían reconocido estar sometidas al maltrato de su pareja no denunciaron al agresor.