Persona mayor triste

Los niveles de testosterona bajos en ancianos son un factor de riesgo ante la depresión. Imagen: Thinkstock.

“A veces viene la tristeza”
(José Ángel Valente.
El Fulgor,
Galaxia Gutenberg, 1998)

“Estoy viejo y cansado.
Nada tiene sentido.
¿Por qué este tormento?”

(Ingmar Bergman.
La Linterna mágica.
Ed. Tusquets, 1995)

En un artículo publicado en los Archives of General Psychiatry del mes de Marzo de 2008, miembros de dos universidades australianas se proponen averiguar si en los hombres ancianos, entre 71 y 80 años, la conocida asociación entre las concentraciones en sangre de la testosterona libre y el estado de ánimo es independiente de las enfermedades asociadas con esas edades. La conclusión es que mientras más bajas son las concentraciones en sangre de la testosterona libre mayor es la frecuencia de la depresión, una asociación que no puede ser explicada adecuadamente por la presencia de enfermedades en la vejez.

No es este el primer estudio en el que se relacionan calidad de vida en la vejez y los niveles en sangre de la hormona masculina. En un artículo del Journal of the American Medical Association del 2 de Enero del 2008, miembros del Departamento de Medicina Geriátrica del University Medical Center (Utrecht, Holanda), se propusieron investigar el efecto de la administración de suplementos de testosterona sobre la movilidad funcional, la función cognitiva, la densidad mineral ósea, la composición corporal, los lípidos del plasma y la calidad de vida en hombres entre 60 y 80 años con niveles normales, aunque bajos, de testosterona.

La conclusión fue que en los ancianos con niveles de testosterona bajos, aunque dentro de la normalidad, los suplementos de testosterona administrados durante 6 meses no mejoran el estado funcional ni la capacidad cognitiva, aunque aumentan la masa muscular (Blog Testosterona, envejecimiento y capacidad cognitiva).

Asumiendo la muy probable participación de la testosterona en las bases bioquímicas del estado de ánimo, es evidente que este profundo sentimiento, que tanto afecta a los seres humanos en su diario vivir, tiene raíces mucho más complejas, por lo que sería un error poner un excesivo acento en este factor hormonal.

El Diccionario de la Real Academia Española define el estado de ánimo como “la disposición en que se encuentra alguien, causada por la alegría, la tristeza, el abatimiento, etc”. A su vez, el ánimo (del latín animus y éste del griego anemos, soplo) es definido en su 1ª acepción como “alma o espíritu en cuanto es principio de la actividad humana”, y en la 2ª como “valor, esfuerzo, energía”.

El estado de ánimo es una situación transitoria (que “A veces viene. Viene o está” -J.A. Valente-) sin causas específicas evidentes, como sucede en la reacción emocional desencadenada por un suceso concreto que interrumpe bruscamente el tranquilo fluir de “los trabajos y los días”, que nos llega de pronto, sin saber como, y que, tanto si es negativo como positivo, influye decisivamente en el vivir de cada día. Un estado de ánimo individual, que se hace patente tanto en el trabajo cotidiano como en las obras de creación estética (poesía, pintura, escultura, etc.), y que también afecta, metafóricamente, a las colectividades y a los pueblos.

El ánimo es una fuerza interior, un aliento o hálito vital, que a veces es invocado por quienes nos son más próximos cuando son testigos de que nuestro cuerpo (y la persona en él encarnada) parece ceder o abatirse ante una situación adversa, mediante expresiones que se han convertido en meméticas: ¡ánimo, mucho ánimo!, ¡hay que animarse! En la cultura popular suele relacionarse la presencia activa de la testosterona en el cuerpo masculino con la agresividad y la energía vital, por lo que las invocaciones al ánimo se concretan en explícitas referencias anatómicas a las glándulas productoras de dicha hormona.

El estado de ánimo, entendido como “uno de los sucesivos modos de ser o estar” de ánimo, es el sentimiento final resultante, sea positivo o negativo, optimista o pesimista, de una compleja conjunción de factores biológicos, psicológicos y sociales. Es un estado también muy relacionado con las variaciones de nuestro entorno, tanto el natural como el artificial, y que cuando se excede, en uno u otro sentido, entra en el ámbito de los llamados trastornos del estado de ánimo o de la afectividad (depresión grave, estado de ánimo crónico bajo, deprimido o irritable [distimia], y alternancia de la depresión con la manía [síndrome maníaco-depresivo o trastorno bipolar]).

Lo que sucede específicamente en la vejez es que su estado de ánimo está muy lastrado por la conciencia del progresivo deterioro del cuerpo, de su mayor vulnerabilidad y, desde luego, de la cercanía de su caducidad. Es un estado de ánimo propicio a la nostalgia, la melancolía, la tristeza, la pesadumbre y la desesperanza.

El cuerpo que, una vez retirado del espacio que venía ocupando en la sociedad, vive sumido totalmente en su vejez, sin haber podido o sabido reaccionar a tiempo y buscar espacios alternativos para su nueva situación social (entre otras razones porque el llamado estado del bienestar no se los ofrece) queda fuera de los circuitos de la actividad corporal y entra en el difuso y oscuro territorio de los sujetos pasivos, desde donde puede llegar a ser confinado en espacios donde compartirá otros envejecimientos, y cuya precariedad de estímulos vitales condiciona un estado de ánimo que conduce al desaliento, la desesperanza y la depresión.

Frente a una visión totalmente negativa del envejecimiento, y desde la asunción de la vulnerabilidad, el progresivo deterioro biológico y la intrínseca caducidad del cuerpo humano, quizá la postura más razonable sea la de propiciar en el estilo de vida seguido el mantenimiento del mayor grado de bienestar (físico, mental y social), dadas las circunstancias, que haga posible vivir una vejez en la que domine un estado de ánimo sereno (aunque, como aconsejó Cicerón en su De senectute, “con el espíritu en tensión como un arco”) que, desde la natural decadencia, permita vivir, con curiosidad y dignidad, sin demasiado ruido (Cristóbal Pera, Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela, 2006). Al fin y al cabo (como escribió con ironía Jaime Gil de Biedma en el primer verso de uno de sus poemas Antes de ser maduros. Las pasiones del verbo, Ed. Mondadori, 2001) “envejecer tiene su gracia”, ya que nos procura “una segunda naturaleza”.