Carro con basura

Los afectados por este síndrome acumulan objetos de forma compulsiva. Imagen: Thinkstock.

“Aristóteles desayuna
cuando le place al rey;
Diógenes,
cuando le place a Diógenes”
(Atribuido a Diógenes)

¿Adonde va, en esta fría mañana del viernes santo, por la desierta ciudad, ese hombre con melena y barba canosas, en extremo descuidadas, tocado con una arrugada gorra de amplia visera y vestido con desaliño, que arrastra por la acera, encorvado y con sus rodillas flexionadas por el gran esfuerzo, un extraño carro de fortuna cargado de cachivaches y de periódicos amontonados, aunque todo geométricamente estibado y asegurado con tensas cuerdas, hasta formar una especie de contenedor, que le supera en altura, recubierto, en parte, por trozos de una vieja lona verde?

Este hombre es un viejo conocido; lo tengo visto en lugares muy distantes en la ciudad, siempre arrastrando su carro, siempre cargado al máximo de objetos desechados por inútiles. En ocasiones, he visto su carro, con sus pobres pertenencias, aparcado junto a una fuente pública, o a cubierto de la lluvia bajo el amplio saliente de un edificio. Parece huraño, no habla con nadie, no pide limosna e ignora a todos los que se cruzan en su camino.

Por lo bien ordenado de la gran carga que arrastra, da la impresión de que no acarrea los desechos que ha recogido en su diario recorrido por los contenedores de basura de la ciudad para acumularlos más tarde en los espacios de la casa en la que viva, sino que no tiene techo bajo el que cobijarse y que lo que arrastra es su “casa” ambulante, con todo lo que posee. A esa extraña conducta de compulsivo coleccionista de desechos se le ha dado un nombre: síndrome de Diógenes.

En el año 1975, la revista The Lancet publicó un artículo firmado por los psiquiatras británicos Clark AN, Mankikar GD y Gray I bajo el título “Diógenes síndrome. A study of gross neglect in old age” (Síndrome de Diógenes. Un estudio acerca del gran abandono personal en la vejez ). Desde entonces el síndrome de Diógenes está presente con relativa frecuencia en la sección de sucesos de los medios de comunicación.

El síndrome de Diógenes ha sido descrito como un trastorno de la conducta que se presenta básicamente en ancianos, y que se caracteriza por los siguientes hechos:
a) El descuido más extremado de la higiene y del cuidado de su cuerpo, así como de la limpieza y ordenación de la casa en la que vive;
b) Acumulación progresiva de basura y de objetos inútiles en el espacio en el que vive, hasta el punto de que resulta casi imposible utilizarlo como tal;
c) Un aislamiento social total, con gran resistencia a los intentos de otras personas, o de los servicios sociales, por mejorar su abandono personal y el de su casa;
d) Pérdida del sentido del ridículo y del sentimiento de vergüenza por su situación de abandono y miseria.
e) Esta penosa situación se mantiene aunque el anciano afecto no tuviera graves problemas económicos para mantener un mejor nivel de vida.

La denominación de síndrome de Diógenes dada a este grave trastorno del comportamiento por Clark AN, Mankikar GD y Gray I, en el año 1975, ya firmemente asentada en la literatura médica y no médica, pesar de algunas propuestas alternativas, que hace alusión a la conducta extravagante y desvergonzada del filósofo Diógenes, respecto a las convenciones de la sociedad de su tiempo, es poco apropiada. Diógenes de Sínope (412-323 a.C.) que fue, junto con su maestro Antisthenes (un discípulo de Sócrates), el fundador de la secta de los cínicos (literalmente “como los perros”, ya que éstos eran considerados como símbolo de la desvergüenza), enseñó que la vida debía de ser vivida desde la auto-suficiencia, de la manera más simple, con las mínimas necesidades materiales, así como que las funciones naturales del cuerpo eran, por sí mismas, decentes, por lo que podían ser cumplidas en público, sin vergüenza alguna, con ignorancia de las convenciones sociales.

Por el contrario, los comportamientos de las personas afectas del síndrome de Diógenes son la muestra más extremada del rechazo y el desdeño generado desde un cuerpo humano hacia los “otros cuerpos”, con el consiguiente aislamiento social. Para conseguirlo, el nuevo Diógenes descrito en el siglo XX (1975) se rodea progresivamente, comenzando por la desidia ante la higiene de su propio cuerpo, de una barrera casi inexpugnable de acumulada suciedad (para la antropóloga Mary Douglas, “nuestra idea de lo sucio se compone de dos cosas, la atención a la higiene y el respeto a las convenciones”), coleccionando cachivaches y basura (“silogomanía”), una barrera caótica, putrefacta, maloliente y repugnante, que muchas veces termina oprimiendo hasta la muerte al propio constructor, recluido su cuerpo emaciado en un espacio físico progresivamente reducido y malsano.

Una situación de este Diógenes de nuestro tiempo bastante alejada de la imagen mítica del Diógenes de Sinope, quien, con el rostro huraño, y sentado a duras penas al borde del tumbado tonel que le servía de vivienda, indica con su mano derecha al poderoso Alejandro Magno que se aparte, ya que le oculta la luz del sol.