William Shakespeare

William Shakespeare. Imagen: Thinkstock.

“Todos los sabios son calvos.
La calvicie es el signo
de la razón y
la sabiduría”.
(Sinésio de Cirene,
Elogio de la calvicie“)

El hombre no puede recuperar el cabello,
que por naturaleza pierde.
Porque es una bendición que se ha
concedido a las bestias:
y lo que no le ha otorgado
al hombre en pelo
se lo ha dado en entendimiento
“.
(W. Shakespeare,
La Comedia de los Errores,
Acto II, Escena 2)

Dado que la calvicie puede ser una medida de la actividad de la hormona sexual masculina, la testosterona, y de su metabolito activo, la dihidrotestosterona, una actividad hormonal conocida como androgénica, y que ésta es posiblemente un factor determinante de la formación de las placas de ateroma que obstruyen, entre otras, a las arterias coronarias (ateroesclerosis coronaria), sería interesante explorar la posible existencia de una asociación entre los distintos tipos de calvicie masculina y el infarto de miocardio como manifestación aguda de la enfermedad coronaria, una asociación que parecía sugerirse en alguna investigación previa (Lesko,1993).

Esto es lo que se han planteado investigadores de las divisiones de Epidemiología y Bioestadística de las universidades de Arizona, Carolina del Norte y Johns Hopkins (Baltimore), en un artículo publicado en el American Journal of Epidemiology del mes de marzo de 2008, en el que llegan a la conclusión de que la existencia de la calvicie en un individuo no puede ser considerada como una medida subrogada de su actividad androgénica, aunque ésta sea un importante factor de riesgo para la provocación de un infarto de miocardio.

Para profundizar más en la posible asociación entre calvicie masculina e infarto de miocardio, los autores examinaron también la relación entre los distintos tipos de calvicie androgénica y el grosor de la capa íntima de la arteria carótida (determinado con técnicas avanzadas de diagnóstico mediante imágenes), una capa en la que se depositan progresivamente las placas de ateroma, como un signo precoz del desarrollo de la ateroesclerosis, entre aquellos participantes sin síntomas clínicos de esta enfermedad cardiovascular; no hallaron diferencias en el grosor de la capa íntima carotídea entre unos participantes y otros, con lo que parecen demostrar la escasa relevancia de la calvicie androgénica como indicador del desarrollo inicial de la ateroesclerosis en su fase libre de síntomas.

La palabra calvicie (del lat. “calvicies” y ésta de “calvarium”, el cráneo, y de “calva”, la cabeza sin pelo) nombra vulgarmente a la “falta de pelo en la cabeza”, mientras que, desde el punto de vista médico, la palabra alopecia (del latín “alopecĭa”, y ésta literalmente del griego ἀλωπεκία, con el significado de zorro/a, ya que hace referencia a las frecuentes perdidas parciales del pelo en estos animales), es la que se utiliza para definir clínicamente la “pérdida anormal del pelo”.

De todas las formas de calvicie la más frecuente es la denominada alopecia androgénica, causada por una miniaturización de los folículos pilosos promovida por la testosterona, la hormona sexual masculina, en individuos genéticamente susceptibles, tanto en la calvicie masculina (caracterizada por una pérdida de pelo en el área frontal y en el vértice de la cabeza) como en la femenina, en la que se suele conservar el pelo frontal y se pierde en la coronilla.

La testosterona, y su metabolito activo la dihidrotestosterona (generada por la acción de una enzima, la 5-alfa-reductasa tipo II), actúan sobre unos específicos receptores androgénicos localizados en la papila dérmica sobre la que asienta el folículo piloso con efectos aparentemente paradójicos: mientras que aumentan durante la adolescencia el tamaño de los folículos pilosos en las áreas de la piel dependientes de los andrógenos, como en la barba, más tarde pueden disminuir el tamaño de los folículos pilosos de la cabellera si están genéticamente predispuestos, dando lugar a la calvicie o alopecia androgénica.

En los individuos jóvenes de ambos sexos con calvicie androgénica se detectan niveles elevados de la enzima 5-alfa-reductasa tipo II así como de los receptores para los andrógenos situados en los folículos pilosos mientras que, por el contrario, tienen niveles más bajos de la citocromo P.450 aromatasa, una enzima que convierte a la testosterona en estradiol, que es un estrógeno, desactivando, en consecuencia, su actividad androgénica.

En los folículos pilosos genéticamente susceptibles a la calvicie la dihidrotestosterona se encaja en el correspondiente receptor androgénico y el complejo bioquímico resultante de esta unión es el que activa a los genes responsables de la gradual disminución del tamaño de los folículos pilosos, que dan lugar a unos cabellos cortos y finos que dejan al descubierto, o escasamente recubren, la piel de la “calva”.

La pérdida anormal del cabello, la calvicie, ha sido históricamente pensada desde el propio cuerpo que la sufre, y también valorada por los otros cuerpos que la observan, desde distintos puntos de vista, hasta convertirse en una cambiante construcción cultural. El cráneo masculino, mondo y lirondo por la calvicie, ya fue preferido al cráneo que conserva una frondosa cabellera, por Sinesio de Cirene (370-c.414), un curioso personaje, iniciado en el neoplatonismo en la escuela de la famosa matemática y filósofa pagana Hipathia de Alejandría, que llegó a ser obispo cristiano de la ciudad de Ptolemais en la Cirenaica. En su “Elogio de la Calvicie” (Eloge de la calvitie, Arléa, Poche, 2003), escrito como respuesta a un “Elogio de la cabellera” de Dion Crisóstomo (c. 40-120),de quien se consideraba su discípulo, se incluyen afirmaciones retóricas de este tipo: “Si veis una frente totalmente desprovista de cabello, miradla como domicilio de la inteligencia” y…” puesto que todos los hombres cuya naturaleza es en verdad distinguida son calvos, como yo lo soy, es preciso que aquellos que no lo son utilicen la navaja para corregir y ayudar a la naturaleza”.

William Shakespeare (1564-1616), con una calvicie precoz que afectaba ampliamente a su frente y al vértice craneal, se consuela pensando que “lo que no le ha otorgado al hombre en pelo -y sí a las bestias- se lo ha dado en entendimiento”, y, en la misma línea de pensamiento afirma que “hay muchos hombres que tienen más pelo que inteligencia” (La Comedia de los Errores, Acto II, Escena 2).

Porque es, sin duda, un consuelo para el que sufre una calvicie precoz ligada a la naturaleza humana, pensar que se trata de un trueque, al parecer ventajoso, de cabellera por inteligencia, un intercambio que ha sido teorizado, más de veinte siglos después de Sinesio de Cirene, por el escritor norteamericano Eugene Field (1850-1895) en su irónico texto “Baldness and Intellectuality” (Calvicie e Intelectualidad), un ensayo en el que la alopecia precoz es considerada, con desmesurado optimismo, como “un seguro signo de inteligencia”.

Sin embargo, y por muy diversas razones, no todos los hombres con calvicie androgénica se sienten cómodos con su apariencia y han recurrido históricamente a distintos tipos de prótesis para recubrir, total o parcialmente, su desnudo cráneo con pelucas y bisoñés, mientras que algunos, aceptan técnicas quirúrgicas que tratan de restaurar el cabello perdido. La Internacional Society of Hair Restoration Surgery (Sociedad Internacional de Cirugía para la restauración del cabello) ofrece en su página web sus servicios de restauración capilar, a pesar de las opiniones contrarias de Sinesio de Cirene y de William Shakespeare, y del extendido look de la cabeza completamente rasurada, sobre todo entre los deportistas. Es cuestión de gusto.