Paul Ehrlich

En la fotografía, Paul Ehrlich. Imagen: Thinkstock.

“The brain is a sanctuary site”
(Marc-André Bellavance, 2008)

En el progresivo deterioro biológico ineludible al cuerpo humano preocupa sobremanera el que afecta a las funciones de su cerebro, de modo especial cuando el deterioro se acentúa y se acelera a causa de la interferencia de la enfermedad de Alzheimer. De aquí el interés que despiertan las investigaciones que pretenden profundizar en el conocimiento de los muy específicos mecanismos defensivos que, interpuestos a modo de barrera entre la circulación sanguínea y el sistema nervioso central, procuran mantener al cerebro como territorio de acceso restringido, dentro del espacio biológico global del organismo humano. Por otra parte, es bien conocido que otras enfermedades neurológicas, además del Alzheimer, pueden modificar, directa o indirectamente, la función y la permeabilidad de dicha barrera, como sucede en la esclerosis múltiple, el SIDA, las encefalitis y meningitis e, incluso, en los trastornos psiquiátricos.

En un artículo publicado hace unos días en la revista Journal of Neuroinflammation, investigadores de la Universidad de South Dakota, EEUU, partiendo de la base de que tanto los niveles elevados de colesterol como las rupturas de la barrera interpuesta entre la circulación capilar sanguínea y el tejido cerebral (barrera hematoencefálica) han sido implicados en los mecanismos que pueden conducir a la génesis de la enfermedad de Alzheimer, así como de investigaciones que sugieren que la cafeína puede proteger contra dicha enfermedad, llegan a una doble conclusión:
a) La ingestión crónica de cafeína protege contra la ruptura de la barrera hematoencefálica inducida por una dieta rica en colesterol;
b) La cafeína, y sustancias similares, podrían ser útiles en el tratamiento de la enfermedad de Alzheimer.

La existencia de una barrera hematoencefálica fue demostrada experimentalmente en el 1885 por Paul Ehrlich, (Premio Nobel de Medicina en el año 1908, compartido con Ilya Mechnikov, “como reconocimiento a sus trabajos sobre la inmunidad”), al observar como la inyección en la corriente sanguínea de la rata de azul tripán (un colorante soluble en agua utilizado para tinciones in vivo de las células) se distribuía por todos sus tejidos orgánicos, excepto por el sistema nervioso central (cerebro, médula y retina). Treinta años más tarde, su discípulo Edwin Goldmann demostró el fenómeno opuesto, es decir, que la inyección de colorantes vitales en el líquido cefalorraquídeo de la rata quedaba confinada en el cerebro, ya que no se distribuía por los restantes tejidos orgánicos.

Ahora sabemos que la barrera interpuesta entre la sangre que circula por el tejido cerebral y el propio cerebro (Blood-Brain-Barrier) está constituida básicamente por las células endoteliales que recubren interiormente las paredes de los vasos capilares cerebrales como un tapiz, sin resquicio alguno. La impermeabilidad de esta barrera endotelial depende, a nivel de la microcirculación cerebral, de las muy ajustadas uniones entre los bordes de cada célula endotelial, de tal modo que no dejan el más mínimo hueco para la filtración, completada por la existencia de una membrana basal en la que está embebida el endotelio. Pero eso no es todo, ya que los capilares de la circulación cerebral están envueltos por una serie de células cuyas interacciones son básicas para la función de la barrera: los pericitos, con capacidad contráctil y, sobre todo, por las aplanadas proyecciones terminales de los astrocitos (células pertenecientes a la neuroglia que es el tejido conjuntivo específico del sistema nervioso), que funcionan como parte muy activa de esta muy compleja barrera defensiva, ya que promueven su maduración, y las proyecciones de las propias neuronas.

Es ésta, sin duda, una barrera muy especial ya que, al contrario de lo que sucede en otros territorios orgánicos, impide la difusión pasiva a través de la membrana constituida por lípidos de las células del endotelio, de aquellas moléculas que sólo son solubles en agua (hidrosolubles), así como de las de gran tamaño (macromoléculas). Se estima que el 98% de las moléculas pequeñas y la totalidad de las macromoléculas quedan excluidas de compartimiento cerebral.

Cuando la barrera hematoencefálica está intacta el territorio cerebral mantiene estable un microambiente muy especial, distinto al del resto del organismo, apropiado para proteger la elevada excitabilidad de las neuronas, un ambiente que ha sido comparado metafóricamente a un santuario, entendiendo esta palabra (del latín sanctuarium, lugar “santo”) como un “lugar de refugio o de seguridad”, interpretación originada en el hecho de que en las iglesias y otros lugares considerados como sagrados, aquellos que eran perseguidos por la ley no podían ser apresados.

Este carácter de santuario del cerebro, procurado por la barrera hematoencefálica, tiene consecuencias negativas frente a aquellos fármacos (macromoléculas o moléculas solubles en agua) que no pueden atravesarla (a menos que se transformen en liposolubles), por lo que los objetivos perseguidos se acantonan allí, ocultos y protegidos, como sucede con el virus del SIDA y con las células tumorales que colonizan el cerebro como metástasis; para estos virus y para las células malignas, el cerebro protegido por la barrera es un santuario, como se dice de lugares inaccesibles, por motivos orográficos y/o políticos, donde se ocultan terroristas muy buscados.

No obstante, para solventar estas dificultades de acceso, la barrera hematoencefálica dispone de transportadores específicos, expresados por las células endoteliales, capaces de trasladar, en una y otra dirección, moléculas nutrientes de gran tamaño necesarias para el metabolismo y la actividad cerebral, como la glucosa, vital para la producción de energía, y los aminoácidos, imprescindibles para la síntesis de proteínas.

Si se acepta la metáfora de los memes (análogos funcionales y fonéticos de los genes) definidos como “elementos culturales auto-replicantes transmitidos por imitación”, calificados, incluso, como “virus de la mente”, que pueden llegar a alterar la conducta de la persona o personas fuertemente contaminadas, es evidente que no corresponde a la barrera que convierte al cerebro en un santuario biológico, la función de seleccionar y frenar, en su caso, la continua invasión cerebral de palabras, frases hechas y conceptos simplistas convertidos en memes en esta sociedad de la información y del conocimiento, sino a una barrera intelectual.

Es a una barrera intelectual construida culturalmente mediante la aplicación de un pensamiento crítico y libre (que sólo puede desarrollarse mediante la educación desde la libertad y desde la asunción de la tolerancia hacia las opiniones de los otros) a la que corresponde evitar que memes con fuerte y simple carga dogmática que buscan la hegemonía ideológica y el poder, se repliquen a sus anchas en innumerables cerebros, de los que se adueñan y a los que aglutinan, según su fuerza memética, en grupos o en multitudes que se convierten en mentes acríticas, radicales, fundamentalistas, monocordes, ruidosas, intolerantes y agresivas para los otros (Pera, C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela, 2006).