Mujer sufre

Imagen: Thinkstock.

Horror: Sentimiento intenso
causado por algo
terrible y espantoso
.”
(Diccionario de la RAE)

Lo que es excitante
es lo que está prohibido
por la moral dominante

(Alain Robbe-Grillet)

Durante la última semana del mes de Abril, las noticias acerca de los recién descubiertos horrores perpetrados por un ciudadano austriaco, Josef Fritzl de 73 años, en un sótano de su casa, en la pequeña ciudad de Amstetten, han ocupado lugar muy preferente en los titulares de la prensa de todo el mundo, impresa y digital. A lo largo de 24 años, su hija Elisabeth, de la que dijo que había sido secuestrada por una secta, malvivió encerrada bajo tierra, en un espacio mínimo y tenebroso, sometida a la violencia de repetidas violaciones y al dolor y al riesgo de hasta seis partos, violencia coercitiva prolongada en los hijos/nietos nacidos de esta relación incestuosa. Una historia horrenda de abuso de poder, violencia física y sexual, desprecio del tabú del incesto y flagrante ruptura del orden establecido, familiar y social.

El ya mediático rostro del tal Fritzl, con puntiagudas cejas sobre unos ojos claros, y con la hortera coquetería de su escaso y empinado cabello y el fino bigote que amplía su delgado labio superior, parece interrogar a los lectores con mirada fría y arrogante: ¿soy un loco o un malvado?

A las personas que se comportan de manera especialmente extraña e incómoda para la convivencia, sea en el espacio familiar o social, conductas percibidas por los otros cuerpos humanos no tan sólo como disparatadas, sino incluso como inaceptables por peligrosas, se les ha calificado en tiempos no lejanos como víctimas de la locura (madness, folie, narrheit) y, en el nuestro, como víctimas de una enfermedad mental que para su diagnóstico debe ser descrita, de manera sistemática y exhaustiva, mediante un consensuado lenguaje internacional (Pera, C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela, 2006).

Sin embargo, dar un nombre a la aberración de este ser humano, asiento de una mente profundamente extraviada, causante de esta historia de horrores en cadena, que vive en apariencia una vida “normal” entre sus conciudadanos, no es cosa fácil. La prueba está en que, cuando tras la inmediata aparición de los llamativos titulares, la prensa escrita y digital recoge con premura la opinión de sus expertos, las opiniones difieren de forma significativa.

Así, por ejemplo, uno de ellos afirma taxativamente en el titular de su breve y bien construida respuesta: “No hay enfermedad” (El País, Alberto Fernández Liria, 30/04/2008). El argumento es que “no hay enfermedad a la que atribuir un comportamiento así”, es decir, que se encuentre incluida en la nosografía o listado de las enfermedades mentales, actualmente en vigor. Pero en el trasfondo de su argumentación hay, desde su perspectiva, un motivo que especialmente le preocupa: el riesgo de “asociar, una vez más, y por un motivo falso, la enfermedad mental grave con la violencia”.

En su opinión, Josef Fritzl es un malvado, no un enfermo mental, ya que estaría en posesión de una “capacidad de manejo certerísima de la realidad”. Es cierto que el esquizofrénico que se paseaba no hace mucho por las calles de su ciudad con la cabeza recién cortada de su madre en sus manos ensangrentadas, andaba profundamente desorientado psíquicamente, mientras que el malvado austriaco ha intentado, a lo largo de 24 años, separar su vida en dos espacios: el superior -lo visible- en el que representaba con su familia lo socialmente admisible, y el inferior -lo oculto, “a puerta cerrada”- en el que ha llevado a la práctica, con violencia y crueldad, sin ningún tipo de contención psicológica y moral, las fantasías transgresoras generadas por su depravada mente.

Al calificar de malvado al causante de estos horrores y negar la existencia en él de una enfermedad (en realidad, un trueque semántico) pone de manifiesto su principal preocupación ideológica que es el riesgo de “ver enfermos mentales donde sólo hay malvados”, aunque sea a costa de dejar en el aíre una pregunta sin respuesta precisa que sea “pensada desde el cuerpo”: ¿qué tipo de trastorno cerebral/mental, como probable consecuencia de una desgraciada conjunción de factores genéticos, ambientales y de su historia personal, ha condicionado un extravío tan monstruoso del comportamiento social?

Otro de los expertos requeridos por la prensa, con una reflexión más extensa y retórica (El Mundo, Enrique Rojas, 1/5/2008), también es tajante en su titular, aunque en un sentido opuesto: “Josef Fritzl es un manual de psiquiatría andante”. “¿Se trata de un enfermo? -se pregunta- y su respuesta es: “rotundamente sí. Sólo un enfermo con una patología grave puede tener una conducta así”. Para, más adelante, afirmar con una frase memética: “Fritzl es un psicópata de libro… con un atroz trastorno de la personalidad”.

Más allá de las dificultades semánticas, conceptuales e ideológicas que surgen a la hora de calificar al individuo causante de tanto horror, no cabe duda de que Josef Fritzl es un ser humano que cabría incluir, sin duda, dentro de “los anormales” (Foucault M., Les Anormaux, Gallimard, 1999), en este caso un monstruo social, entendido éste como “una extrema desmesura que afecta gravemente a sus comportamientos sociales, una desmesura ética calificada como maldad o perversidad”. Y es que la expansión semántica de las palabras monstruo, monstruoso y monstruosidad se ha trasladado progresivamente desde el ámbito corporal al ámbito de los comportamientos humanos, en los dominios de la sociología y de la ética. Fue a finales del siglo XIX y principios del XX cuando lo monstruoso entró en el campo de la conducta humana, y a los hombres y a las mujeres de los que se pensaba que habían acumulado en sus comportamientos con los demás un grado elevado de maldad se les aplicaba, como metáfora, el calificativo de monstruos morales (Pera. C. ¿Qué hacemos con los monstruos? Conferencia en “Monstruos e Exclusión Social”, Asociación Galega de Saúde Mental, Santiago de Compostela, 26 de Noviembre, 2007).

Cuando emerge de improviso en una comunidad un monstruo moral el problema que plantea su abominable presencia gira, en última instancia, alrededor de la pregunta clave que, a lo largo de la historia, se han planteado los seres humanos “normales” ante la presencia, fascinante y tremenda, de los cuerpos y de las mentes monstruosas. Esa pregunta, formulada tanto individual como colectivamente, ha sido y es: ¿qué hacemos con los monstruos? y, en este caso, ¿qué hacemos con los monstruos morales? sobre todo con aquellos de los que se dice que no son enfermos mentales.

¿Cuáles son los límites entre ambos? ¿Acaso no padecen también estos monstruos morales una especie de enfermedad, entendida, en estos casos, como “una pasión dañosa o alteración en lo moral o espiritual” (Diccionario de la RAE), una metafórica “enfermedad del alma” incubada lentamente en la interacción entre la propia corporeidad y su entorno vital, aunque se ignore el asiento de sus huellas biológicas?

Una “enfermedad del alma” que convierte al ser humano en un desalmado, capaz de concebir y ejecutar minuciosamente, día a día, una estrategia perversa dirigida a generar, en su espacio más íntimo, el mal y el horror más absolutos.