Ojo de miedo

Esta expresión, la del miedo, es universal e innata en todos los seres humanos. Imagen: Thinkstock

“The movements of expression
in the face and body,
whatever their origin
may have been,are in themselves
of much importance
for our welfare”

(Ch. Darwin)

En un artículo publicado en la revista Nature Neuroscience por miembros del departamento de Psicología de la Universidad de Toronto, se llega a la conclusión de que la expresión facial del miedo no es tan sólo una señal para la comunicación social de un estado emocional, sino que, además, incrementa la percepción del riesgo en el individuo atemorizado y le coloca en mejores condiciones para la inmediata respuesta corporal integrada, que fue descrita en 1915 por el fisiólogo Walter Cannon, con el propósito de luchar o huir (“fight or flight”), una reacción biológica ante el violento estrés, que le ofrezca oportunidades de sobrevivir. Aunque, como escribiera Montaigne en un brevísimo ensayo acerca de esta emoción, “el miedo unas veces nos pone alas en los pies y otras nos deja clavados y trabados” (Michel de Montaigne, Ensayos completos, Cap. XVIII, Del miedo, Ed. Cátedra).

En el siglo XIX, el médico francés J.B.F Descouret, en su libro “La Medicina de las Pasiones” (traducido del francés por P,F. Monlau Barcelona, 1857) definía al miedo como “un penoso estado del alma con perturbación de los sentidos, producido por la rápida percepción de un peligro real o imaginario” y describía la cara que lo expresa con “las cejas elevadas y fijas en su contracción, los párpados retraídos que impelen hacia fuera el globo del ojo, la boca abierta y el mirar azorado”.

Las modificaciones de la expresión facial provocadas por la emoción del miedo, integradas por los investigadores canadienses en unos prototipos gráficos computerizados, son, también, la elevación de las cejas, la amplia apertura de los párpados y los ojos proyectados hacia delante, añadiendo, como dato importante, la dilatación de las ventanas nasales. Es evidente que esta expresión facial del miedo se hace más nítida y rotunda cuando se incrementa la intensidad de la emoción y transita hacia los grados, de imprecisos límites, del terror, el espanto, y el pavor (“I use the word terror for extreme fear”, escribía Darwin en su clásico libro “La Expresión de las emociones en el hombre y en los animales” (The Expression of the Emotions in Man and Animal , B&R Samizdat Express 2008).

La expresión facial del miedo, que es universal e innata en los seres humanos, hasta ahora había sido básicamente interpretada como una señal de comunicación social o pro-social, que intentaba dar a entender que el individuo que la exhibía en su rostro se encontraba amenazado por un peligro inminente, por lo que solicitaba ayuda.

Sin embargo, Charles Darwin, ya había sugerido, en el siglo XIX, que las modificaciones faciales ligadas a la expresión del miedo no eran configuraciones arbitrarias de la cara para comunicar socialmente un estado emocional, sino que deberían entenderse como las consecuencias visibles de una preparación del cuerpo atemorizado para una mejor percepción del peligro que le acechaba, al mantener “los ojos muy abiertos y aumentar el campo visual y la velocidad del movimiento de los ojos, junto con una respiración trabajosa y las alas de la nariz ampliamente dilatadas”.

Los hallazgos del grupo de Toronto resucitan la tesis de Charles Darwin al evaluar desde el punto de vista funcional, dentro de una concepción adaptativa y defensiva de la expresión facial del miedo, no sólo las modificaciones oculares, con una mayor capacidad para percibir el peligro, sino las modificaciones nasales que facilitan, mediante una dilatación de sus ventanas (detectada con resonancia nuclear magnética), un mayor flujo aéreo y un incremento de la inspiración y, en consecuencia, unas mejores condiciones fisiológicas para, según las circunstancias, “luchar o huir”.

Darwin también entendía que la expresión facial del miedo era la antítesis de la expresión facial del disgusto, en la que el individuo disgustado baja sus cejas, cierra los ojos y retrae las alas de la nariz. Esta opinión ha sido confirmada, también, por los autores canadienses al comparar el prototipo computerizado de la expresión facial del miedo con su anti-prototipo, que es la expresión facial del disgusto: mientras que en el prototipo de la expresión facial del miedo se incrementa la capacidad de percepción y la vigilancia de la causa del miedo, en el prototipo de la expresión facial del disgusto se reduce la capacidad de percepción ya que, el afectado por esta negativa emoción, cierra sus ventanas y no quiere saber nada del mundo exterior.

En pleno siglo XXI, estos hallazgos confirman que las emociones, y sus expresiones faciales, “tienen un propósito biológico, por lo que no deben considerarse como un lujo prescindible ya que, en último término, contribuyen a regular la supervivencia” (A.R. Damasio “The feeling of what happen. Body and Emotions in the Making of Consciousness”, Harcourt, 1999) y también que “cualquiera que sea su origen, son, en sí mismas, de gran importancia para nuestro bienestar” (Charles Darwin).