Bebé riendo

Cuando la madre contempla la cara feliz de su hijo, en su cerebro, se observa la activación del área responsable del sistema de recompensa. Imagen: Thinkstock.

El cerebro es más amplio que el cielo
colócalos juntos
contendrá el uno al otro
holgadamente
y tú
también
“…
(Emily Dickinson,
Poemas,
Tusquets, 1988)

En un artículo publicado en la revista Pediatrics, investigadores del Baylor College of Medicine, en Houston, Texas, y del University College, en Londres, demuestran, mediante imágenes funcionales del cerebro obtenidas con resonancia nuclear magnética funcional, que cuando una madre contempla con placer la cara sonriente de su hijo, con pocas semanas de vida, se activa una extensa área de su cerebro conectada con las neuronas que elaboran y liberan la dopamina, una sustancia neurotransmisora, un área implicada en el denominado proceso de recompensas, cosa que no sucede cuando la cara del bebé muestra una expresión neutra o triste.

En el análisis de las secuencias de esta fascinante demostración se integran: un estímulo que resulta placentero para la mirada maternal, la activación de un área cerebral de la madre en la que abundan unas neuronas específicas que elaboran y liberan la dopamina (neuronas dopaminérgicas), área en la que se despliega un complejo sistema cerebral compuesto por núcleos celulares y conexiones, por el que transcurren las secuencias del proceso biológico que convierte a determinados estímulos en una recompensa (“reward”) cuya experiencia nos agradaría repetir una y otra vez (“coming back for more”).

Es el sistema cerebral de recompensa el que hace que el individuo desarrolle conductas aprendidas que responden a hechos placenteros o desagradables. La recompensa de la madre es el gozo que le provoca contemplar la expresión facial de felicidad en su hijo.

En el año 2000, el Premio Nobel de Fisiología y Medicina fue compartido por tres investigadores, Avid Carlsson, Paul Greengard y Eric Kandel, “por sus descubrimientos sobre el sistema de señales bioquímicas entre las neuronas del sistema nervioso” y, concretamente, sobre las funciones neurotransmisoras de la dopamina.

En investigaciones realizadas en la década de los años 50, A. Carlsson, en la Universidad de Göteborg, Suecia, demostró que la dopamina, hasta entonces considerada como una simple amina precursora de otro neurotransmisor ya conocido, la noradrenalina, era, en realidad, una importante sustancia neurotransmisora cerebral elaborada en neuronas específicas y liberada en las sinapsis (lugares de encuentro donde se producen los contactos entre las fibras nerviosas terminales de las neuronas y unos receptores del cuerpo neuronal), como demostró Paul Greengard, de la Universidad Rockefeller, en Nueva York, otro Premio Nobel del año 2000.

La dopamina está implicada en el control de los movimientos corporales, como se demuestra por el hecho de que la enfermedad de Parkinson es debida a su ausencia en determinadas áreas cerebrales (sustancia nigra, núcleo estriado, área ventral tegmental del tronco cerebral, situada inmediatamente bajo el tálamo, y sus conexiones con el núcleo accumbens, localizado en el lóbulo frontal), una ausencia que provoca deficiencias marcadas en la movilidad, la motivación, la atención y la función cognitiva, las cuales pueden ser paliadas por la administración de una sustancia precursora, la L-dopa.

Es en este sistema cerebral, en el que predomina la elaboración neuronal de la dopamina y su liberación a nivel de las sinapsis, en el que asienta el proceso de la recompensa, mediante el cual se “refuerzan” muy variados estímulos que provocan experiencias subjetivas placenteras, hasta el punto que se buscan una y otra vez, dado el impacto hedónico que producen (alimentos, bebidas, encuentros con otras personas, sexo, abusos de drogas y estimulación cerebral).

En determinadas circunstancias, la búsqueda del estímulo placentero a través del sistema de recompensa, y de la dopamina como mediador bioquímico, se convierte en obsesiva y en una necesidad incontrolable para determinados alimentos como el chocolate (“craving”) y, en el caso de que el estímulo sean drogas (cocaína, anfetaminas, alcohol, nicotina, opiáceos, etc.) en una dependencia, o adicción, ya que éstas incrementan la disponibilidad biológica de la dopamina en las sinapsis entre el sistema de recompensa y la corteza cerebral.

En este sistema cerebral de recompensa el papel clave de la dopamina es incuestionable, aunque sea discutida la fase del proceso en la que actúa: mientras que para la hipótesis clásica la dopamina sería la “sustancia neurotransmisora del placer” a nivel cerebral responsable del impacto hedónico, otras hipótesis más recientes sostienen que actuaría en una fase previa, anticipando el resultado placentero del estímulo y presentando a éste como el incentivo preeminente. Según esta hipótesis, la liberación de la dopamina sería la inmediata respuesta a aquellos estímulos que predicen una recompensa, activando la conducta apropiada del individuo, y la expresión facial y corporal que la pone de manifiesto ante los demás.

Cuando la madre contempla arrobada la cara feliz de su hijo, en su cerebro, convertido en transparente por la moderna tecnología diagnóstica, se observa la activación del área responsable del sistema de recompensa, lo que implica un incremento del fluir de la dopamina, el neurotranmisor que “anticipa” o “participa” en la compleja elaboración de la placentera emoción maternal.