Hombre corriendo en la playa

Hacer deporte regularmente puede ayudarte a conservar tu salud. Imagen: Thinkstock.

Comer en exceso
es como un veneno
mortal para el cuerpo
y es la causa principal
de todas las enfermedades

(Moses Maimonides)

Es imposible la felicidad
si la mirada descubre,
alrededor de la vida individual,
la enfermedad social
y la corrupción que
destroza la vida colectiva

(Emilio Lledó)

En el número de Julio del American Journal of Medicine, Joseph S. Alpert, profesor de Medicina en la Universidad de Arizona, en Tucson, y redactor jefe de la revista, confiesa que sus pacientes, perplejos ante la abundancia de consejos contradictorios sobre la salud, le han solicitado reiteradamente la escritura de una lista de breves recomendaciones acerca de la mejor estrategia a seguir en su diario vivir para aumentar la probabilidad de que sus vidas sean saludables, felices y longevas.

Por lo que se ve, el profesor Alpert, un reputado cardiólogo, a la vista de esta insistencia, decidió, por una vez, dejar a un lado la exactitud y precisión del lenguaje estrictamente científico y redactar, a modo de breviario, doce recomendaciones cuyo cumplimiento parece razonablemente necesario para aproximarse a ese desideratum de una vida que valga la pena ser vivida durante largos años.

El contenido del breviario del profesor Alpert, un texto inteligente, escrito con un estilo irónico y cordial, merece ser comentado en uno de los breves ensayos sobre la salud y bienestar del cuerpo que venimos acumulando, semana a semana, en el espacio de este blog, siempre desde la triple perspectiva de una equilibrada y dinámica conjunción entre el bienestar físico, el mental y el social, y no sólo como la ausencia de enfermedad (OMS, 1977); una triple perspectiva que ya fuera postulada en 1977 por George Engel como medicina biopsicosocial.

Dentro de la estructura genérica de los breviarios, diseñada como una secuencia de recomendaciones para un “camino de salvación” en los de orientación religiosa, el del profesor Alpert (un breviario para vivir con buena salud una vida longeva y feliz) contiene, como es habitual, cosas que se deben hacer, cosas que no se deben hacer, y cosas que dependen del azar y del destino, por lo que no las podemos modificar.

Con esta planteamiento, el breviario para la salud del profesor Alpert deja claro, para comenzar, que sin los genes apropiados, recibidos de padres longevos, no hay esperanza de alcanzar la longevidad, uno de los deseos de quienes solicitaron sus consejos.

Entre las cosas que se deben hacer, el breviario recoge dos fundamentales, una dieta saludable, con todas las características de la dieta mediterránea (muy escasa en grasas saturadas y abundante en grasas monoinsaturadas y poliinsaturadas, rica en frutas y verduras, comedida en “hidratos de carbono blancos” como el azúcar, harina blanca, arroz y patatas) y una actividad física realizada de forma regular, entre 40 y 60 minutos cada día. Muy relacionados con las dos recomendaciones anteriores, se incluyen dos consejos más: el control del peso corporal (¡no engorde!) y el consumo moderado del alcohol en las comidas, con preferencia por el vino tinto.

Pero dado que el cuerpo humano es vulnerable, y se encuentra sometido a un progresivo deterioro biológico, Alpert incluye también entre las cosas que se deben hacer, el control médico periódico de aquellos datos biológicos (presión arterial, azúcar sanguíneo, colesterol total y sus tipos, triglicéridos, etc.) que funcionan como marcadores de enfermedades degenerativas como la hipertensión arterial, la ateroesclerosis, las enfermedades cardiovasculares y la diabetes, así como medidas preventivas (la vacunación contra la gripe y los programas de chequeos del cáncer en diversas localizaciones).

Desde una concepción integrada u holística del bienestar humano, como la predicada por la medicina biopsicosocial, a la que parece adherirse el profesor Alpert, entre las cosas que se deben hacer se incluyen no sólo las que afectan al bienestar físico, sino al bienestar mental y al bienestar social, como son el cultivo de actividades alejadas del trabajo cotidiano, la lectura de libros interesantes y la conversación con personas a las que se quiere o aprecia, y con las que uno se siente a gusto.

Entre las cosas que no se deben hacer se incluyen las adicciones a sustancias o estilos de vida que acentúan el deterioro biológico, ejemplarizadas por el hábito de fumar.

En la historia de la Medicina y de las relaciones entre pacientes y médicos, la solicitud de un texto breve que resuma las conductas más recomendables para conseguir y mantener el estado de salud, durante el mayor tiempo posible, no ha sido infrecuente. Si bien el breviario de Alpert fue solicitado por pacientes anónimos, en tiempos menos democráticos, en los que la tiranía fue la regla, era casi siempre algún poderoso el que solicitaba a un médico preclaro en su tiempo la escritura de algún régimen para la salud.

Ese fue el caso del famoso texto de Regimen sanitatis (1200), también conocido como La Preservación de la juventud, escrito por el judío Moses Maimonides, filósofo, teólogo, astrónomo, médico y rabino, nacido en Córdoba el año 1135, que llegó a ser médico de la corte real de Saladino, en Egipto (Sherwin B. Nuland, Maimonides, Shocken, New York, 2005).

El Regimen sanitatis de Maimonides fue escrito a petición de un paciente poderoso, el sultán Al Malik Al Afdal, hijo mayor de Saladino. Autor de diez obras médicas, Maimonides es considerado como un precursor de la medicina biopsicosocial, como recordó recientemente la profesora Sydney Bloch de la Universidad de Melbourne, en un interesante ensayo publicado en la revista The Lancet (2001).

El sultán Al Malik Al Afdal, a los 30 años de edad, y tras una vida llena de excesos, aquejaba síntomas muy desagradables, no sólo desde el punto de vista físico (anorexia, vómitos, estreñimiento e indigestión) sino también psíquico (melancolía). El régimen para la salud preparado por Maimonides para el sultán, original en su planteamiento y minucioso en su contenido, se convirtió en un pequeño tratado sobre la salud y el modo de conservarla, dividido en cuatro capítulos, en el que predominan las medidas preventivas sobre las curativas.

En el primer capítulo se ocupa de la dieta siguiendo, por lo general, los escritos de Hipócrates y Galeno, y aconseja, entre otras cosas, comer una cuarta parte menos de la cantidad que llegaría a provocar saciedad, evitar las comidas grasas, beber vino con moderación para promover la digestión, comer pan integral y seleccionar cuidadosamente frutas y verduras.

En el segundo, a modo de miscelánea, incluye varios temas: preferencia por los remedios curativos moderados sobre los drásticos, como la sangría y los purgantes, una reflexión sobre el papel de la naturaleza y del médico en la curación, y una digresión sobre dimensión psicológica de la terapéutica.

En el tercero, el más original e importante, Maimonides elabora una teoría acerca de las interacciones entre el cuerpo y la mente, claves en su planteamiento biopsicosocial de la práctica médica, introduciendo el tan repetido concepto de “una mente sana en un cuerpo sano”: “existe una completa armonía, un estado de equilibrio entre las varias actividades del cuerpo que cumplen las funciones corporales, con inclusión del pensamiento y la imaginación”. Para Maimonides, el bienestar físico depende del bienestar mental y viceversa, así como de vivir la vida con moderación.

En el cuarto capítulo, Maimonides se ocupa de medidas higiénicas resaltando la importancia para la buena salud del aire fresco, de la luz solar y de la calidad de los alimentos, con algunos comentarios sobre el baño y la práctica sexual.

En resumen, el texto de Maimonides es un compendio de buenos consejos, válidos a la altura de nuestro tiempo, para vivir una vida lo más saludable posible.

Para terminar, dos apostillas a las pretensiones de quienes solicitaron, en su día, al profesor Joseph S. Alpert, consejos para vivir no solo con salud, sino con felicidad y longevidad.

En cuando a la pretensión de felicidad, el problema está en la infelicidad que viene de fuera (del mundo que vive en la pobreza extrema, el hambre, la enfermedad y la violencia), una infelicidad que se compagina mal con la deseada felicidad personal . Como ya hemos comentado en otra ocasión en este blog, aquí está la clave del provocativo título (“Elogio de la infelicidad“) de un lúcido libro del filósofo Emilio Lledó. En todo caso, esa inevitable infelicidad que nos rodea, a no demasiada distancia de nuestra pretendida felicidad, debe ser estímulo y acicate hacia esas otras metas que llenan el horizonte ideal en el que se conforta y orienta la vida, porque una felicidad personal es imposible si no tiende, de alguna forma, a la compasión y a la felicidad de los demás.

Y en cuanto a la pretensión de longevidad, sólo cabe recordar otras palabras, también aquí reproducidas en otra ocasión, las del sabio Michel de Montaigne en sus Ensayos: “La utilidad del vivir no está en su duración sino en su uso: alguno ha vivido largo tiempo y ha vivido poco: aplicaos a ella mientras podáis. De vuestra voluntad depende, y no del número de años, el vivir bastante”.