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Aunque la actividad sexual declina progresivamente con la edad, son muchas las personas mayores sexualmente activas. Imagen: Thinkstock.

“Los placeres del amor (“aphrodisia”)
son cosas necesarias
que interesan al cuerpo
y a la vida del cuerpo en general”
(
Aristóteles
Ética Nicomáquea)

La actividad sexual, con el horizonte de la ancianidad a la vista, o ya de lleno en esta etapa de la vida, ha sido asunto relevante de la pasada semana en revistas médicas generalistas, e incluso en la prensa diaria, hasta el punto que el British Medical Journal le ha dedicado la portada de su último número bajo el título “The Sex Lives of Older People”, un editorial y un comentario de su editora Fiona Godlee, en el que, entre otras cosas, afirma que “el sexo es un placer que, a menudo, se asume que escasea cuando los años aumentan”.

El desencadenante de este interés por la sexualidad “normal” en los hombres, cuando los años se acumulan (y no por los “problemas sexuales” habituales en esta fase de la vida) ha sido un artículo publicado en la revista The American Journal of Medicine del mes de Julio de 2008, por miembros del departamento de Urología de la Universidad de Tampere (Finlandia), en el que llegan a la conclusión de que la práctica regular del acto sexual en los hombres con 55 o más años de edad, no sólo protege contra el desarrollo de una disfunción eréctil o impotencia, sino que parece tener un impacto beneficioso sobre la salud en general y sobre la calidad de vida. En consecuencia, los autores aconsejan a los médicos interrogar a sus pacientes, sin ambages y sin sonrojo, acerca de su sexualidad, considerada ésta como un componente significativo de una vida saludable, y también animarlos a mantener, dentro de sus posibilidades, una práctica regular del acto sexual.

Cabe recordar que, hace aproximadamente un año, en un artículo publicado en The New England Journal of Medicine, cuyo propósito era estudiar la influencia del envejecimiento de la población (en este estudio compuesta por mujeres y hombres) sobre su actividad sexual, se llegaba a la conclusión de que, aunque dicha actividad declina progresivamente con la edad, son muchas las personas mayores (entre 57 y 85 años) que se mantienen sexualmente activas, aunque las mujeres de estas edades lo sean menos que los hombres.

Cicerón, en su Diálogo sobre la vejez, había enumerado las cuatro razones que aducen aquellos que la encuentran miserable: “la primera, porque debilita el cuerpo; la segunda, porque nos aparta de los negocios; la tercera, porque nos priva de casi todos los placeres y la cuarta, porque no dista mucho de la muerte” (Pera,C. Pensar desde el cuerpo. Ensayo sobre la corporeidad humana, Ed. Triacastela, 2006). Uno de los placeres a los que se refiere Cicerón es el placer sexual.

Platón, en “La República”, cuando se ocupa de la educación de los guardianes de la ciudad, nos recuerda que son tres los componentes del dominio de los placeres, el vino (“potoi”), la mesa (“edodai”) y el amor con los actos que procuran el placer (“aphrodisia”), y respecto a éste último, Michel de Montaigne escribe, interpretando al filósofo griego, que “el hombre es juguete de los dioses y para burlarse de nosotros la naturaleza ha hecho que nuestro acto más turbio sea el más común, para así igualarnos y emparejar a los locos y a los sabios; a nosotros y a los animales”.

Y es también el morigerado Montaigne, en su ensayo titulado “Sobre unos versos de Virgilio” (Ensayos completos, Libro tercero, Cap.V, Ed. Cátedra) quien se lamentaba: “¿Qué les ha hecho a los hombres el acto genital, tan natural, tan necesario y tan justo, para no atreverse a hablar de él sin vergüenza y para excluirlos de las conversaciones serias y ordenadas? Es que cuanto menos proferimos de palabra, más nos permitimos engordar el pensamiento.”

Para Michel Foucault, el deseo que lleva al acto sexual, el propio acto ligado al placer que provoca, y el placer que suscita el deseo, se despliegan en el tiempo en una dinámica circular que se autoalimenta (Foucault, M. Histoire de la sexualité, L´usage des plaisirs, Gallimard, 1984).

No cabe duda que la actividad sexual, cuando es apropiada a la edad y al estado de salud, es parte importante de un estilo de vida saludable, ya que, en principio, puede ejercer una influencia positiva no sólo sobre el bienestar físico, sino sobre el psicológico y el social. En una publicación de la Agencia de la Salud Pública del Canadá (Junio, 2006) se recordaba que aunque el envejecimiento (con el progresivo deterioro biológico) implica una serie de cambios físicos, psicológicos y sociales que pueden influir negativamente en la realización del acto sexual y en su carácter placentero, no obstante no puede negarse que de la actividad sexual regular se derivan una serie de beneficios para la salud. Entre éstos se incluían el ejercicio físico necesario para culminar con éxito el acto sexual, que se equipara al cumplido para subir dos tramos de una escalera, y la liberación a nivel cerebral de endorfinas y de la hormona de crecimiento, entre otros hechos fisiológicos.

Sin embargo, aunque la actividad sexual haya sido comparada con la actividad física de cada día, como caminar a paso vivo o correr, y algunos estudios sugerían que un paciente que había sufrido un infarto de miocardio y que era capaz de realizar la actividad física diaria antedicha estaba en condiciones de realizar el acto sexual sin experimentar síntomas cardíacos, no obstante, observaciones más recientes sostienen que el acto del coito difiere sensiblemente del ejercicio físico diario en lo que se refiere a la activación del sistema nervioso simpático (liberación de adrenalina y noradrenalina), la cual puede contribuir al desarrollo de extrasístoles y arritmias ventriculares en las personas susceptibles, como son aquellas que sufrieron, en algún momento de su vida, un infarto de miocardio.

En todo caso, el hombre que busque el placer de la aphrodisia cuando ya siente en su cuerpo el deterioro biológico del envejecimiento, y más todavía cuando éste se combina con alguna enfermedad cardiovascular y sus complicaciones, debe huir tanto del defecto como del exceso, ambos comportamientos contrarios a una buena salud, mediante el ejercicio de la sensatez o moderación, ya que como recomienda Aristóteles en su Ética Nicomáquea (Ética Nicomáquea. Ética Eudemia, Gredos, 1985) “en el dominio de los placeres… el término medio es la moderación (sophrosyne) y el exceso, la intemperancia”.