Simio pensativo

La función de la mano ha de entenderse en estrecha relación con la función intelectual. Imagen: Thinkstock.

“Lo que el cuerpo humano
tiene de exclusivo…
reside quizá,
como en ninguna otra parte,
en la mano”

(José Gaos, 1945)

Dado que la cultura de la salud es la cultura del cuerpo, parece lógico dar cabida en este espacio semanal de reflexión sobre la salud y el bienestar del cuerpo a una noticia que, procedente de uno de los foros científicos más exigentes (la revista Science), rápidamente propagada por la prensa impresa y digital, ofrece una primera respuesta a la pregunta: ¿cómo ocurrieron los cambios evolutivos que dieron lugar, hace 6 millones de años, a partir de la mano del chimpancé, al desarrollo de la exclusiva mano humana?

En los últimos años se había descubierto que aquellas regiones del genoma constituidas por ADN que no codifica ni expresa proteínas, y que, por lo tanto, no funcionan como genes, lejos de ser áreas inactivas y despreciables (“áreas basura” fueron llamadas), contienen millares de elementos reguladores que actúan como “interruptores” que activan o desactivan los genes.

Un grupo de investigadores de la Universidad de Yale, liderado por James Noonan, cuyo campo de interés es la evolución humana y el papel de la regulación de los genes en esta evolución, tras realizar un análisis comparativo de los genomas del ser humano, del chimpancé y del macaco rhesus, entre otros, sospecharon que nuestra evolución podía haber sido dirigida no tan sólo por cambios en las secuencias de los genes (mutaciones), sino por cambios ocurridos en aquellas áreas del genoma ocupadas por el ADN hasta ahora calificado como “basura” (“junk DNA”).

James Noonan y su grupo buscaron secuencias de ADN “basura” que aparecieran modificadas en el genoma humano cuando se comparaba éste con el de otros primates; el resultado fue que lograron identificar una secuencia de ADN, a la que denominaron HACNS1, conservada en la mayoría de los vertebrados, la cual, desde la divergencia evolutiva entre chimpancés y humanos, ocurrida hace 6 millones de años, había acumulado variaciones en 16 pares de bases del ADN, algo especialmente sorprendente dado que los genomas de los chimpancés y los seres humanos son extremadamente similares.

El grupo de Yale ha demostrado experimentalmente, utilizando el embrión de ratón, que la implantación en su genoma de la secuencia HACNS1 humana, activa los genes en el esbozo del dedo pulgar, en la muñeca y el tobillo, activación que no se consigue si lo que se implanta es la secuencia HACNS1 extraída del genoma del chimpancé o del macaco rhesus. Este hallazgo les permite sugerir que la modificación de la secuencia HACNS1 de ADN (que no es un gen) puede haber contribuido a los trascendentales cambios evolutivos acaecidos en las extremidades de los seres humanos, que, a la larga, le han permitido tener manos y caminar erguidos.

Mientras que en los mamíferos la mano está ya muy especializada, preparada para funciones muy específicas: correr (como el caballo, la cebra, es decir, en los solípedos), cavar (como en el oso o en el armadillo, con garras largas y potentes) volar, nadar, adherirse, e incluso únicamente para colgarse balanceándose de los árboles (como sucede en el mono perezoso, casi un inválido en el suelo), lo que caracteriza a la mano del ser humano es su versatilidad funcional, consecuencia, en gran parte, de la gran especialización de su dedo pulgar, en potencia, en tamaño y en oposición a los otros dedos.

Tres son las funciones que cumple la mano humana actuando sobre su contorno: conocer, hacer y expresar.

La mano humana conoce, cuando toca, palpa, es decir, cuando encuentra y compara resistencias, cuando discrimina la temperatura, y cuando recompone el contorno de un volumen; la mano de un ciego o nuestra mano en la oscuridad, buscando la llave que nos dé la luz, conoce la fría y lisa superficie del cristal, la resistencia de la madera, la firmeza de una gruesa pared, hasta que, tanteando, consigue lo que busca. La mano sabe lo que es sentir el latido de la vida entre sus dedos. La mano del médico, y sobre todo la mano del cirujano, tiene una experiencia apasionante acerca del conocimiento táctil de lo vivo, de lo reactivo del propio hombre.

La mano humana hace cuando agarra, ase, toma, golpea o cuando hace todo esto y más cosas, a través de un objeto intermediario, de un instrumento. La mano -dijo Aristóteles- es como el alma, “instrumento de instrumentos”, y al decirlo así, dejó ya constancia del alto rango de la mano humana.

Cuando la mano hace, con instrumentos o sin ellos, está realizando una función técnica; el hombre es precisamente «horno faber» porque posee manos en toda su plenitud funcional; el trabajo es una consecuencia de la acción inmediata de sus manos, y con éstas y con los instrumentos, el hombre ha ido imponiendo sus ideas al mundo que le rodea, dominando la naturaleza.

La mano humana, por último, expresa, posee una función expresiva. De una manera continua está expresando básicamente nuestro temperamento, nuestro carácter. Decía el poeta francés Paul Verlaine:
«Porque las manos tienen su carácter,
son todo un mundo en movimiento… »

Sobre esta modulación de fondo las manos expresan, de una manera circunstancial, nuestro estado de ánimo, como la mano inquieta y angustiada que se cierra sobre sí misma, la que aprieta y destroza el cigarrillo sobre el cenicero, las manos gozosas, que palmotean su alegría. Estas tres funciones consideradas de manera aislada, puede decirse que en la mayoría de las ocasiones se presentan de manera conjunta.

La función de la mano ha de entenderse, por último, en estrecha relación con la función intelectual, ya que la inteligencia del hombre se expresa haciendo, y la acción del hombre es primariamente manual.

¿Tienen manos, en pleno sentido, los demás animales con estructuras morfológicas similares a las del hombre? La respuesta es negativa desde lo que representa ahora la mano humana. En primer lugar, los animales de los que se dice que tienen manos son cuadrúmanos, y el hombre es bímano. En los animales cuadrúmanos sus manos no están diferenciadas con respecto a los pies; ambos pares de manos tienen «plantas», puesto que se apoyan en el suelo y no “palmas” como en la mano del hombre. Y es que estos animales conservan una horizontalidad habitual frente a la verticalidad del ser humano. Es su actitud erecta la que convierte las extremidades anteriores y posteriores en superiores e inferiores, y la que crea la mano en sentido propio. Ya los antiguos naturalistas definían al hombre como «animale rationale, loquens, bimanum et erectum».

Es un hecho que la cultura de la salud se construye, día a día, sobre el conocimiento teórico y la experiencia personal de la realidad biológica del propio espacio corporal, sobre la cultura del cuerpo, sobre su uso apropiado, con sus limitaciones en el tiempo y en el espacio, sobre las consecuencias negativas derivadas de su largo y continuado uso y de sus abusos, así como de sus relaciones, muchas veces conflictivas, con los otros cuerpos, en variados escenarios y contextos. Y en este espacio corporal la mano, junto a la palabra, es, a mi entender, una de las “exclusivas” del ser humano (C.Pera “La mano y la palabra“, 1968), mientras que el filósofo José Gaos emparejó como exclusiva humana a la mano con el tiempo (José Gaos, 2 exclusivas del hombre: La mano y el tiempo, Fondo de Cultura económica, México, 1945).