Bol de comprimidos

Es práctica creciente en la industria alimentaria que nutrientes extraídos de un alimento específico sean añadidos a otros alimentos habituales en la dieta. Imagen: Thinkstock.

“El placer de comer
lo compartimos con los animales;
el placer de la mesa
es específico de la especie humana”
.
(A. Brillat-Savarin,
Physiologie de Goût,
Paris, 1826)

Dos artículos publicados los días 16 y 17 de la pasada semana en The New York Times analizan las consecuencias que la moderna tecnología de los alimentos tiene y puede seguir teniendo para un placer específico de la especie humana como es el placer de la mesa.

En ambos textos los protagonistas son los nutrientes, esas sustancias químicas que serían ingredientes básicos de cada alimento, su quintaesencia, ya que de ella dependen los beneficios para la nutrición del cuerpo humano, como son las vitaminas, los minerales, los anti-oxidantes (licopeno, vitamina E, beta-caroteno, etc,), los ácidos grasos omega-3, la proteína de la soja, los probióticos, etc.

Es práctica creciente en la industria alimentaría que nutrientes extraídos de un alimento específico sean añadidos a otros alimentos habituales en la dieta, como la leche y el pan, para “fortificarlos”, lo que está dando lugar a las más extrañas combinaciones.

En el primer artículo, titulado “Superfood or Monster from the Deep? (¿Superalimento o monstruo de las profundidades?), la ilustración de su cabecera nos presenta al presunto monstruo alimentario de las profundidades marinas, una sorprendida sardina depositada sobre la mesa de una cocina, ante un par de extraños cocineros, cuyo cuerpo es una naranja, de la que un gajo hace las veces de una aleta dorsal. La monstruosa representación es una metáfora de la sardina que, pescada en las costas del Perú, se sirve con el desayuno en las mesas norteamericanas, reducida a su nutriente esencial, los ácidos grasos omega-3, combinados con un zumo de naranja que se anuncia como saludable para el corazón (Tropicana Healthy Heart orange juice).

El director de marketing de la compañía Tropicana, propiedad de PepsiCo, afirma muy convencido: “La gente que beba dos vasos de este zumo de naranja al día, lo hará sin el gusto del pescado y con todos sus beneficios”. El objetivo es, pues, lanzar al mercado nuevos productos que prometan los beneficios del aceite de pescado, con su contenido de ácidos grasos omega-3, pero sin su olor y su sabor, es decir, sin el pescado. La textura, el olor, el color y el sabor de los alimentos naturales son cualidades eliminadas cuando su nutriente esencial es proporcionado en cápsulas o convertido en polvo.

El alimento reducido a su nutriente esencial o más significativo y presentado como materia farmacéutica, se asemeja tanto al fármaco/medicamento (el tomate reducido al licopeno, un antioxidante, y presentado como Ly-O-Mato â ) que, incluso ha dado lugar, en esta pujante industria, a un neologismo, muy usado ya en el mercado: “nutracéuticos”, extraña y rechinante palabra híbrida en la que se ha combinado forzadamente un proceso biológico (nutrición) y una profesión (farmacéutico).

El segundo artículo “Instead of Eating to Diet, They´re Eating to Enjoy” (En lugar de comer para la dieta comen para disfrutar), cuenta las historias de quienes en los Estados Unidos se están revelando contra la tiranía del consumo mayoritario de los alimentos preparados y fortificados, en función casi exclusiva de sus nutrientes, tanto endógenos como exógenos, y han optado por “el placer de las dietas compuestas por alimentos frescos, cocinados en casa, con aceite de oliva, y por buscar en el mercado de su barrio verduras y frutas de temporada y cultivadas en la región”; una tendencia calificada como “positive eating” (Comer positivo).

La presión sin límites de esta nueva industria de los nutrientes podría conducir, en algunos casos, a un modo de nutrición humana en el cual el papel de los alimentos que componen la dieta (entendidos éstos como un variadísimo sistema de transporte de nutrientes que aporta, además, placeres adicionales para nuestro bienestar, relacionados con la vista, el color, el olor, el sabor y la textura, según sea la anatomía de cada uno de ellos, desde la naranja a la sardina), quede reducido a simple materia prima para la fabricación de nutritivas preparaciones farmacéuticas.

Dentro de la cultura de la salud, el conocimiento de lo que es una dieta saludable, y de los nutrientes que deben aportar de forma equilibrada sus diversos componentes alimentarios, no es ni mucho menos incompatible con el placer de la mesa.