Bodegón dieta mediterránea

Alrededor del 50% de los adultos en Italia y España tiene sobrepeso. Imagen: Thinkstock.

“La famosa dieta mediterránea
cada día es
más difícil de distinguir
de la dieta m
edia
consumida en la Unión Europea”
.
(Joseph Schmidhuber,
FAO, 2008)

En el mundo globalizado, la dieta mediterránea va, en los últimos años, de boca en boca, convertida en una expresión dominante cuando se habla de hábitos alimenticios, no sólo en la prensa, impresa y digital, especializada en los temas de salud, sino en todo el universo mediático. En España, el Diccionario de la RAE incluye una definición bastante precisa: “Régimen alimenticio de los países de la cuenca del mar Mediterráneo basado preferentemente en cereales, legumbres, hortalizas, aceite de oliva y vino.”

Estudios epidemiológicos, algunos muy recientes, como uno realizado en la Universidad de Florencia vienen demostrando que seguir la tradicional dieta mediterránea tiene indudables ventajas si se quiere disfrutar de una vida lo más saludable posible, ya que reduce la mortalidad prematura por enfermedad cardiovascular y por cáncer, la incidencia de sobrepeso y obesidad e, incluso, de las enfermedades de Alzheimer y de Parkinson. En consecuencia, la dieta mediterránea es presentada hoy, desde los puntos de vista de la salud individual y pública, como un instrumento eficaz para mejorar la calidad de vida y alcanzar la longevidad.

Pero, en realidad, lo que está sucediendo, según un Informe de la FAO (Food and Agriculture Organizations) de la Naciones Unidas, escrito por Joseph Schmidhuber, economista, dado a conocer el 28 de Julio de este año en Roma, y del que se ha hecho eco The New York Times el pasado 24 de Septiembre, es extremadamente preocupante: un análisis de los hábitos dietéticos en la población de Grecia, cuna, con España, Italia y Marruecos, de la tan traída y llevada dieta mediterránea, muestra que las tres cuartas partes de la población griega adulta padece sobrepeso u obesidad. Esta es, según las Naciones Unidas, la proporción más elevada de toda Europa para los adultos, mientras que dos tercios de los niños tienen sobrepeso y, lo que es peor para el futuro como terreno propicio para el desarrollo precoz de enfermedades crónicas, el porcentaje de sobrepeso en los niños de 12 años se elevó en un 200% desde 1982 hasta el año 2002, y sigue subiendo aún con mayor rapidez.

Un consumo elevado de calorías y su menor gasto por insuficiente actividad física, ha hecho que Grecia sea el país de la Unión Europea con la media más alta del Índice de la Masa Corporal y el porcentaje más elevado de sobrepeso y obesidad.

Italia y España, los otros dos países que se supone consideran a la dieta mediterránea como patrimonio cultural, no andan muy lejos de estas preocupantes cifras, ya que alrededor del 50% de los adultos tiene sobrepeso, comparado con el 45% de Francia y Holanda.

El Informe de la FAO llega a la conclusión de que en Grecia la dieta tradicional está en peligro de extinción, sustituida progresivamente, sobre todo en los niños y jóvenes, por las comidas rápidas. Probables razones para esta negativa convergencia de la dieta mediterránea con la dieta media de la Unión Europea son, para Joseph Schmidhuber, la mayor renta per cápita, la extensión invasora de los supermercados, el sistema de distribución de los alimentos y la irrupción de la mujer en el mercado laboral, lo que supone menos tiempo para cocinar y, como consecuencia, comer con más frecuencia fuera de casa.

Lo preocupante es que la tan alabada y publicitada dieta mediterránea, una dieta casi perfecta para frenar el deterioro ineludible del cuerpo humano y conseguir una longevidad saludable y merecedora de ser vivida, se encuentra en decadencia en el propio país que más contribuyó a su popularidad, y que (como afirma Joseph Schmidhuber) más que una realidad creciente se ha convertido en una “noción”: la gente tiene una idea más o menos aproximada sobre en qué consiste la dieta mediterránea, habla, quizá en exceso y superficialmente, de ella, pero, a la hora de la verdad, no la aplica a su estilo de vida. En definitiva, “mucho ruido y pocas nueces”.

Es muy probable que fuera más eficaz, para conseguir su recuperación por la población mediterránea, disminuir el acento y los recursos económicos destinados a los discursos culturales sobre la dieta mediterránea y apostar por el diseño y la implementación de estrategias, integradas con programas concretos de la salud pública destinados a promover la cultura de la salud, que es la cultura del cuerpo, en cuyo ámbito debe ocupar un papel fundamental el conocimiento y la aplicación de esta dieta tradicional en la historia de los pueblos mediterráneos.