magdalenas

Proust hizo una evocación de la magdalena. Imagen: Thinkstock

“En cuanto reconocí el sabor
del pedazo de magdalena
mojado de tila
que mi tía me daba
(aunque todavía no había descubierto
y tardaría mucho en averiguar
el porqué ese recuerdo
me daba tanto placer
)…”
(Marcel Proust,
Por el camino de Swann, En busca del tiempo perdido,
Plaza y Janés, 1964)

La ingestión de alimentos se asocia
con la liberación de dopamina
en el núcleo estriado dorsal,
y el grado de placer
que produce la comida
se correlaciona con la cantidad
de dopamina liberada”
(E. Stice y colaboradores, 2008)

La sensación de placer provocada por la ingestión de determinados alimentos (que puede llegar a ser tan potente y persistente como en la muy famosa evocación de la magdalena, de Marcel Proust), está asociada a la liberación de dopamina en el cerebro, un neurotransmisor que activa a la parte posterior o dorsal del núcleo estriado.

Pues bien, los resultados obtenidos en una serie de mujeres, en un estudio realizado conjuntamente por las universidades norteamericanas de Oregon, Texas y Yale, y publicados en la revista Science, sugieren que en aquellas participantes cuyo número de receptores para la dopamina en la parte dorsal del núcleo estriado de su cerebro era muy escaso, se atenúa o se retrasa alcanzar la sensación placentera que buscan, por lo que siguen ingiriendo más alimento con la intención de conseguirla, hasta caer en la saciedad, entendida como la “hartura producida por satisfacer con exceso el deseo de comer” (Blog. Entre el hambre y la saciedad).

Esta atenuación e incluso anulación del placer que provoca la ingestión de determinados alimentos (un placer utilizado como premio o recompensa en el aprendizaje de los animales, y conocido en inglés como “food reward”), se observó sobre todo en aquellas mujeres que presentaban en el examen de su genoma un alelo (definido éste como una de las dos formas alternativas de un gen que controla el mismo carácter) localizado en el fragmento TapIA del gen DRD2, que es el que expresa el receptor D2 de la dopamina y de cuya operatividad depende el número de receptores específicos para este neurotransmisor que contiene un cerebro.

El núcleo estriado dorsal juega, pues, un papel muy importante en la consecución del placer provocado por la ingestión de alimentos, una sensación placentera que es procesada en dicho núcleo; pero para que esta sensación se produzca, la liberación de la dopamina debe ser captada por unos receptores específicos para este neurotransmisor. El interés del estudio que comentamos radica en el hallazgo de que en las mujeres obesas el número de estos receptores está muy disminuido, cuando se compara con el de los no obesos. En consecuencia, estos resultados sugieren que los individuos en los que se demuestra casi un bloqueo de la activación del núcleo estriado durante la ingestión de alimentos existe el riesgo de que desarrollen obesidad, sobre todo en aquellos con determinadas variaciones genéticas que afectan al gen DRD2, del que depende la población de receptores para la dopamina en el citado núcleo cerebral.

Para los autores de esta interesante investigación sobre las bases biológicas del placer que procura determinados alimentos al ser ingeridos, es posible que, en el futuro, mediante intervenciones terapéuticas, sea a través de correcciones de la conducta respeto la comida, o mediante nuevos fármacos que remedien la insuficiente activación del núcleo estriado tras la ingestión de alimentos, se pueda prevenir o tratar este problema que afectaría a la obesidad epidémica que nos inunda, irónicamente una de las grandes cuestiones pendientes en la salud pública del mundo del exceso, el que vive a este lado de la amplia brecha que lo separa del inmenso mundo de la escasez y de la pobreza.