Guepardo cazando

Comer demasiado rápido o hasta hartarse puede conducir a la obesidad. Imagen: Thinkstock

Vorax, acis:
El que nunca se harta”
(Cicerón)

“Devorar:
Tragar con ansia
y apresuradamente

(Diccionario de la RAE)

El guepardo que logra alcanzar al antílope en velocísima persecución, y matarlo en breves segundos por asfixia, lo desgarra de inmediato a dentelladas y lo engulle hasta hartarse con rapidez, es decir, con voracidad, antes de que acudan otros predadores más poderosos que le arrebaten la pieza tan trabajosamente cazada, porque en ello le va la comida y la vida.

En un artículo publicado en la revista British Medical Journal por investigadores japoneses de las universidades de Osaka y Tokio, se llega a la conclusión de que en las mujeres y los hombres japoneses que acostumbran a comer muy rápidamente, así como en los que lo comen hasta hartarse, el riesgo de desarrollar sobrepeso y obesidad se eleva de manera significativa, después de haber eliminado estadísticamente la implicación de otros factores de riesgo para la obesidad, entre ellos el aporte total de energía ingerida.

La combinación de estas dos conductas nada recomendables en cuanto al modo de comer (comer con excesiva premura y comer hasta sentirse completamente lleno) incrementa aún más la asociación estadística de estos comportamientos anómalos con el sobrepeso y la obesidad.

No pocas son las palabras con las que se denomina ese trastorno de la conducta humana que consiste en comer con rapidez y con ansia insaciable, y entre ellas destaca la palabra voracidad, definida como “un ansia insaciable de comer”, derivada de voraz, y este adjetivo (del lat. vorax, -ācis), como “dicho de una persona que come desmesuradamente y con mucha ansia (Diccionario de la RAE), es decir, con un deseo vehemente e inmoderado.

El médico francés JBF Descuret, en su clásico libro La Medicina de las Pasiones (existe una edición traducida al castellano por Pedro Felipe Monlau, y publicada en la Imprenta de D. Juan Oliveres, Barcelona, 1857) escribía que las definiciones más recomendables para la gula eran la intemperancia en el comer, la glotonería y el defecto del que come con avidez y con exceso. Entre las palabras usadas para nombrar a aquel que come con avidez y exceso, Descuret recoge en su libro las siguientes: comilón, “el que come a grandes bocados y sin otro objeto que comer”, tragón, “aquel que traga más bien que come, ya que empieza el segundo bocado antes de acabar el primero” y glotón, “el que devora la comida con ruido y todo lo engulle, más voraz que tragón”.

Para Erich Fromm (Anatomía de la destructividad humana, Siglo XXI Editores, 1986), la voracidad humana sería, en el plano psicosomático, síntoma de un vacío interior, de una deprimente oquedad íntima. Aunque conviene recordar que la voracidad, en la cultura de nuestro tiempo, no sólo se hace patente en el comportamiento del ser humano a la hora de ingerir los alimentos, sino como una conducta consumista también voraz e insaciable a la hora de satisfacer otros tipos de deseos, muchos de ellos lejos de ser necesarios para un moderado y razonable estilo de vida.

El hombre o la mujer que engullen rápidamente, con avidez, hasta la hartura, no se comportan con esta voracidad a la hora de comer por el temor a la aparición del depredador, por el miedo a que les sea arrebatada el alimento necesario para vivir, sino por un ansia anómala, irrefrenable, que nace de lo profundo de una fisiología alterada, en la que los sistemas de señales que informan al cerebro desde el estómago que recibe los alimentos, y que deben marcar el ritmo de la ingestión y cuando ésta deba detenerse, se encuentran con su regulación trastornada.

Fuente: British Medical Journal