Abuelos y nieto

Siempre que el estado de salud lo permita, los abuelos pueden ser una buena opción para cuidar eventualmente a sus nietos. Imagen: Thinkstock.

Abuelo:
1ª acepc.:
Padre o madre
de su padre o de su madre.
2ª acepc.:
Persona anciana

Canguro:
Persona, generalmente joven,
que se encarga de
atender a niños pequeños
en ausencia corta de los padres.

(Diccionario de la RAE)

En el año 2001, Bob Levey, un reconocido columnista del diario Washington Post, publicó un artículo titulado “Cuando los abuelos arriesgan la seguridad de sus nietos” en el que, tras describir una escena en la que una pareja de abuelos permitía a sus pequeños nietos jugar en los peligrosos toboganes de un recinto infantil, sin prestarles atención, se preguntaba si los abuelos estaban en condiciones de proporcionar seguridad a sus nietos, cuando los tenían a su cargo.

La idea de la escasa idoneidad de los abuelos para confiarles la vigilancia de sus nietos durante la infancia, para hacer de “canguros”, se extendió por la sociedad norteamericana, y el binomio abuelo/nieto, en el que el primero se cuidaba del segundo, ha tenido desde entonces mala prensa.

Ahora, en un artículo publicado en la prestigiosa revista Pediatrics del mes de noviembre, investigadores de la Escuela de Salud Pública de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, y de la Tufts University, en Boston, han analizado, en una población de 5.000 niños nacidos en los Estados Unidos durante los años 1996 y 1997, y controlados durante los siguientes 3 años, la posible relación entre las características de las personas que cuidaron de la seguridad de estos niños durante su primera infancia y el número de traumatismos accidentales producidos durante esta vigilancia que tuvieron que ser atendidos en un hospital.

Este cuidadoso análisis ha demostrado que cuando los responsables de la seguridad del niño fueron sus abuelos, el riesgo de sufrir traumatismos accidentales infantiles se reducía en un 50%, tomando como referencia comparativa el riesgo de aquellos niños que habían sido vigilados por otros miembros de la familia e, incluso, por la propia madre, cuando ésta no trabajaba fuera de casa.

Desde mediados del pasado siglo se viene asistiendo a trascendentes modificaciones en el comportamiento personal de los miembros de la familia como estructura social básica, que afectan específicamente a la participación de la madre en el trabajo fuera de la casa. En el mundo occidental, el dual reparto de papeles (“la madre se cuida de la casa y de los hijos, y el padre trabaja fuera”) viene siendo sustituido, progresivamente, por la presencia de ambos fuera de la casa durante la jornada laboral. La casa, privada de los padres desde primeras horas de la mañana, necesita, para los niños que aún no acuden a guarderías, de la presencia de otras personas, familiares o no, que se ocupen de ellos, que los vigilen, para evitar que se “hagan daño”. Surge entonces la figura del “canguro”, definida por el Diccionario de la Real Academia como la “persona, generalmente joven, que se encarga de atender a niños pequeños en ausencia corta de los padres”.

¿Pueden ser los abuelos (de los que domina todavía socialmente su imagen tópica de ancianos, jubilados, deteriorados biológicamente y con todo el tiempo libre) una opción segura como cuidadores eventuales de sus nietos en la primera infancia?

La investigación realizada en los Estados Unidos (que ha tenido una inmediata y amplísima repercusión mediática) no ha hallado justificación a las dudas acerca de la calidad de la protección que puedan ofrecer los abuelos a los nietos que vigilan eventualmente y, en consecuencia, reivindican para ellos un papel muy útil para la protección de los accidentes infantiles, en el espacio familiar, casi desierto, durante el horario laboral de los padres.

De todas formas, en la práctica cotidiana, la contestación a la pregunta ¿son idóneos los abuelos para cuidar circunstancialmente a sus nietos pequeños, haciendo el papel de canguros, a pesar de no ser jóvenes, como dice el diccionario de la RAE?

La inmediata respuesta debe ser: ¡depende!; depende del estado físico y psíquico del abuelo o de la abuela y de su predisposición a cuidar a los niños. En este sentido, es muy importante asegurarse de que, tomada la decisión de encomendar a uno de los abuelos la vigilancia de un nieto en su primera infancia, no haya motivos objetivos, en lo que sabemos acerca del estado de salud del propuesto vigilante, para que ronde por la cabeza de los padres la inquietante pregunta del poeta latino Juvenal en sus Sátiras: Y ahora “¿Quién vigilará a los vigilantes?” (“Quis custodiet ipsos custodes?”).