“Los supermercados
arrojan a la basura
cada año
1,6 millones de toneladas
de alimentos pasados de fecha,
según cifras del
Gobierno británico”

(BBC NEWS/Health, 11 Julio 2008)

La grave crisis económica que se ha extendido con dramática rapidez por los países más desarrollados, los situados a este lado de la brecha (que también es digital) que separa abruptamente el mundo de la riqueza y del despilfarro del mundo de la pobreza y del hambre endémica, está haciendo emerger una nueva e inesperada pobreza en las calles de sus ciudades; la de aquellos que, de la noche a la mañana, han perdido su trabajo y no “tienen para comer”.

Es esta una pobreza que, al contrario de la mendicante y estática pobreza diurna, desplegada estratégicamente por las aceras, sólo aparece, ya cerrada la noche, cuando huidizas figuras humanas, con aire furtivo, confluyen apresuradas a las puertas de los supermercados, a la hora del cierre, con idéntico objetivo: rebuscar en unos contenedores, repletos de productos alimenticios recién pasados de fecha o deteriorados, para conseguir, a veces en airada competencia con otras personas en la misma situación precaria, alimentos para su subsistencia, aunque sean técnicamente inseguros.

Como se escribe en el diario La Vanguardia del 27 de Noviembre en un reportaje ilustrado, los nuevos pobres de la gran ciudad son “los ciudadanos que buscan alimentos entre sobras y desperdicios” y que, al perder su trabajo debido a la crisis económica, han caído inesperadamente en la indigencia, por lo que, avergonzados, procuran ocultar sus rostros ante la cámara del fotógrafo.

Un simple análisis simbólico de esas dolorosas escenas, en las que los grandes contenedores de los supermercados, repletos de alimentos caducados, son asaltados e incluso volcados, con premura y avidez, por ciudadanos caídos en la pobreza generada por el brutal fracaso económico de una sociedad que había apostado por la opulencia, que malviven en la gran ciudad ocultos durante el día, son la demostración de un doble fracaso de la política universal contra el hambre, ahora en pleno mundo desarrollado. Una política que las grandes instituciones mundiales, como la ONU (Naciones Unidas) y la FAO (Organización de la ONU para la Alimentación y la Agricultura), han sintetizado en dos impactantes lemas: Seguridad alimentaria (“Food security”) y Alimentos seguros (“Food Safety”) como derechos humanos universales.

En lo que atañe al primer lema, y en el contexto de la sociedad opulenta, las imágenes de los que acaban de perder su trabajo, compitiendo por conseguir alimentos desechados, de acuerdo con las normas de la sociedad, porque no tienen para comer, es un paradójico e hiriente fracaso de la seguridad alimentaria (Food Security), esa seguridad que ya fuera definida en la Cumbre Mundial de los Alimentos (World Food Summit) celebrada en Roma en el año 1995, como “el derecho de toda persona a tener acceso a alimentos seguros y nutritivos, junto con el derecho a disponer de alimentos adecuados y el derecho fundamental de todos a no pasar hambre”. Un derecho universal que la FAO vuelve a definir, de manera más concisa, como el “derecho a disponer, cada día, de los alimentos adecuados para vivir una vida activa y saludable” (The Right to Food, FAO, Roma 2005).

En lo que se refiere al segundo lema, es un fracaso de la política dirigida, dentro de la amplia denominación de seguridad alimentaria, a conseguir la seguridad de los alimentos (Food safety) que se consumen; una política cuyo objetivo es el seguimiento, paso a paso, de lo que ocurre con los alimentos, desde su fuente originaria hasta llegar a la mesa (“desde la granja al tenedor”), para “asegurarse” de que, al final del proceso, sean alimentos seguros, es decir, inocuos y apropiados, desde el punto de vista nutritivo, para el consumidor.

Lo cierto es que los alimentos recuperados por lo nuevos indigentes de las grandes ciudades en los contenedores de los supermercados, son, como mínimo, dudosamente seguros, aunque esté recién cumplida la establecida fecha de caducidad.

Es precisamente en las dudas acerca de la declarada inseguridad de los alimentos recién caducados y arrojados cada noche por los supermercados, en contenedores específicos, en las que se ha fundamentado, en parte, el estilo de vida alternativo conocido como freegan (palabra nacida de la contracción entre “free” –libre- y “vegan” –vegetariano-, que rechaza todo alimento animal, aunque no sea ésta una exigencia de dicho modo de vida); unos grupos urbanos, bien organizados, muy activos en los Estado s Unidos y en el Reino Unido y presentes en la red (http//freegan.info), que se manifiestan como radical oposición a una sociedad basada en el sistema económic o consumista, extremadamente competitivo y moralmente conformista. Los freegans, que viven como okupas, reciclan todo lo que desecha la sociedad consumista que ellos rechazan, desechos entre los que los alimentos ocupan un lugar preferente.

Convertidos, desde hace años, los contenedores repletos de alimentos caducados que cada noche aparecen a la puerta de los supermercados, en símbolos del despilfarro de la sociedad de consumo, ya no sólo acuden los freegans a vaciarlos cada noche, como miembros activos de su contestatario movimiento, con el objetivo primordial de hacer patente su rechazo radical al consumismo de la sociedad en la que viven, sino que también lo hacen ahora, por absoluta necesidad, por hambre, los nuevos indigentes generados por esta sociedad, “alegre y confiada”, que (víctima de la abusiva especulación y del consumismo desbordado, y muy alejada éticamente de toda moderación) se encuentra sumida en una profundísima crisis no sólo económica sino ideológica , cuya duración es incierta.