Árbol caído

Un árbol cae sobre un lago. Imagen: Thinkstock.

“As a tree falls,
so shall it lie”
(“Cuando un árbol cae,
así permanecerá”)
Proverbio inglés
del siglo XVI

El árbol que cae, empujado con violencia por la fuerza del viento, así quedará, como imagen del árbol caído, porque, en tanto que vegetal, es incapaz de levantarse por sí mismo. Sin embargo, en el reino animal y, desde luego, en los seres humanos, tropezar, caer y levantarse es una metáfora de la vida misma, considerada como una secuencia de caídas y de incorporaciones, metáfora que tiene su fundamento en la imagen del propio cuerpo que tropieza y cae, una y otra vez, mientras pueda levantarse, a veces a duras penas, según las lesiones sufridas, para seguir su camino sin más, o pedir auxilio.

Sin embargo, en los muy ancianos, con 90 y más años, es relativamente frecuente, tras una caída, aún en ausencia de graves lesiones traumáticas, que sean incapaces de incorporarse y, como consecuencia, que permanezcan horas y horas en el suelo, lo que puede acarrear graves consecuencias para su vida. Así lo demuestra un reciente estudio del Instituto de Salud Pública de la Universidad de Cambridge (Reino Unido).

En dicha investigación, el objetivo propuesto ha sido averiguar, en una población de ancianos con 90 o más años, que habían sufrido una caída en su casa o en una residencia geriátrica, y que habían sido incapaces de levantarse sin ayuda, cuánto tiempo permanecieron por término medio en el suelo, así como explorar la utilidad de los sistemas de alarma habitualmente utilizados en los ancianos que viven solos.

Un 54% de los ancianos que se cayeron en su casa o en una residencia geriátrica fueron encontrados en el suelo, ya que no habían podido levantarse por sí solos, y un 30% de estos ancianos llevaban en el suelo de una a más horas. Por otra parte, en las mujeres ancianas, la probabilidad de no poder incorporarse, tras una caída, es hasta seis veces mayor.

Como era de esperar, el estudio demuestra también que la existencia de un déficit de la capacidad cognitiva (pacientes con demencia senil o enfermedad de Alzheimer) es un factor que predice la incapacidad del anciano que se cae para levantarse sin ayuda. Coincide con este dato el hecho de que, en los ancianos que vivían en residencias geriátricas, por lo general más deteriorados desde el punto de vista cognitivo, la probabilidad de levantarse sin ayuda tras una caída era unas 16 veces menor, cuando se compararon con los ancianos que cayeron mientras vivían en sus casas.

Estos hallazgos ponen de manifiesto que es bastante más frecuente de lo que se suponía que los muy ancianos que se caen permanezcan bastante tiempo en el suelo, sin poder levantarse. Esta es una peligrosa situación para un cuerpo que yace más o menos inmóvil, o agotándose en inútiles esfuerzos, ya que, independientemente de las lesiones que hubiera sufrido al caer, puede generar graves consecuencias generales y locales:
- incontinencia urinaria que empapa la ropa y el cuerpo,
- hipotermia,
- deshidratación,
- úlceras de decúbito provocadas, en áreas con mínima protección adiposa, por la continuada presión corporal sobre el suelo,
- neumonía e,
- incluso, la muerte, si la llegada del auxilio se retrasa.

Lo que falla en el cuerpo del muy anciano es, sobre todo, la capacidad reactiva de su sistema de soporte y movimiento (que es la conjunción anatómica y funcional que integra esqueleto, articulaciones y músculos), un sistema que, con el deterioro biológico de la ancianidad, se muestra incapaz de oponerse a la fuerza de la gravedad de la tierra donde se encuentra inmovilizado contra su voluntad. Es, sobre todo, la progresiva pérdida de la masa muscular en el muy anciano la que minimiza la normal función antigravitatoria de sus músculos, esa función que mantiene al cuerpo en pie y le permite incorporarse, si llega a caer.

¿De qué modo se pueden evitar o, al menos, disminuir estas dramáticas situaciones en la extrema ancianidad? Por una parte, el desarrollo tecnológico de sistemas de alarma que avisan cuando hay que acudir en auxilio de los ancianos caídos, es una medida que, en principio, puede limitar el tiempo de permanencia en el suelo tras una caída. No obstante en la investigación epidemiológica realizada por los autores británicos, los sistemas de alarma, disponibles ampliamente en la población de ancianos analizada, no fueron usados en la mayoría de las caídas, lo que condicionó que permanecieran largo tiempo en el suelo.

Este dato confirma que, además de los sistemas de alarma, es muy importante implementar programas específicos de ejercicios físicos apropiados para que los ancianos con mayor riesgo de caídas, aprendan a incorporarse por sí solos, ensayando posiciones corporales intermedias, según en la postura en la que se encuentren tras la caída, utilizando para levantarse, aunque sea con gran dificultad y trabajo, el impulso de las extremidades, superiores e inferiores, apoyadas en el suelo, y, conseguir, de este modo, alejarse de la dramática imagen del árbol irremediablemente caído.